HORIZONTE DE SUCESOS | El fin y el principio

0

En este espacio hemos reflexionado mucho sobre el tiempo. En términos generales puede ser visto como una línea recta que empezó en algún punto de la existencia y continúa extendiéndose infinitamente o, quizás, hasta que gire en una curva y se devuelva por el otro extremo.

Pero nosotros no lo vemos así. Me gusta pensar que al tiempo le agregamos un aspecto humano que se proyecta en el hecho de que este tenga cortes que van desde medidas muy grandes, que no podemos abarcar aunque sumemos muchas vidas, y otras muy pequeñas como los segundos o microsegundos. No es mala idea imaginar que se trata del ritmo acompasado del corazón de nuestra especie.

Para los humanos no es un vector, sino segmentos que vamos sumando a nuestras vidas. Incluso el tiempo se nos acaba cuando llega la muerte, o bien, se nos acaba la vida en este tiempo. Y así se nos va la vida corriendo detrás de un fantasma que nos arropa y acaba con la ilusión de que podemos controlarlo, incluso que podemos ahorrarlo.

«Si no me lo pregunta nadie, lo sé, pero si intento explicarlo, ya no lo sé”, decía San Agustín para referirse al tiempo, y creo que nos pasa a todos cuando intentamos explicarlo o dar una idea más o menos coherente.

Pero también sucede que parece un ritmo envolvente, como si el tiempo fuera un río que nos va llevando y nos sumergiera en las emociones colectivas del momento, con todos sus estruendos sobrecogedores, tristezas y alegrías.

Por eso no es descabellado pensar que nos sincronizamos con las estaciones y los años que corren, que sintamos la premura por tener lo que haga falta porque vienen las fiestas de diciembre y la nostalgia de todo lo que se va con el año que se despide: los malos momentos, las muertes, rupturas y todo lo «malo».

Heathcliff Cedeño