Punto y seguimos | El placer de gastar

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Al parecer, las colas eran larguísimas. Una gran cantidad de personas se congregó en un nuevo local de Las Mercedes – Caracas- , emocionadas y afanadas por tomarse un café de entre 3 y 7 verdes, principalmente porque era de la marca “Starbucks”, una franquicia gringa de cafeterías asociada con la trasnacional Nestlé; adorada por brejeteros de todo el mundo y reconocida como símbolo del consumismo puro y duro, o ejemplo perfecto de lo que la canadiense Naomi Klein explicó en su libro No Logo, el poder de las marcas: Ya no se vende – o consume –  un producto, sino la marca misma. O dicho de otro modo, el café es lo de menos, lo que a la gente le interesa es el logo y la foto para el Instagram.
Pues bien, el fulano Starbucks de las Mercedes, ubicado en uno de estos famosos bodegones “multiser” de nuestra nueva realidad nacional (supermercado, cafetería y restaurante todo en uno) resultó ser más falso que un billete de 15, o mejor dicho, pirata en términos de uso legal de marca. Personalmente, que se fusilen a cualquiera de estas empresas depredadoras me resulta encantador; aunque confieso que me gusta más cuando la copia no está perfecta sino transformada con un toque de humor y sabiduría popular, pero bueno, tanto no se le va a pedir a un empresario de bodegones. Esto no es más que una trampilla dentro de un sistema avieso, diseñada para que esa Venezuela ávida de gastar y derrochar pueda dilapidar con felicidad sus buenos siete dólares en un café aguado servido en vaso de plástico.
Que la marca del lugar esté ingeniosamente pirateada, generando publicidad y posicionamiento en redes sirve para ejemplificar el camino peligroso por el que estamos transitando. Nadie en este país puede decir que no espera que la economía se reactive y dejemos de lado tanta roncha, la cosa es cómo y para qué, o, muy especialmente, para quienes. No hay que ser un entendido en materia económica para darse cuenta de que este “florecer” del sector terciario (servicios) no puede tomarse como un indicativo absoluto de una reactivación de la economía general del país, cuando los datos de producción de los sectores que si generan desarrollo permanecen bajo secreto sumarial, o cuando la economía está de facto dolarizada en pleno bloqueo, o cuando los salarios en moneda nacional son insuficientes para costear todos esos bienes y servicios en dólares y sin control real de precios, o simplemente, cuando nos damos cuenta de que lo que realmente está creciendo sin parar es la desigualdad, la brecha entre los que tienen y los que no.
Después de años de bloqueo y sanciones que apuntaron a quebrar las conquistas del chavismo, con énfasis en aquellas que probaron – con aumento en la calidad de vida de todos –  que otra manera de hacer las cosas era posible; parece que dieron en el talón de Aquiles. La idea o imaginario de “reactivación” y de mejoras, llega a través de una ilusión de consumo: ¿Estamos mejor porque ahora hay muchos productos disponibles en los anaqueles? ¿Estamos mejor porque ahora se puede ir a gastar en variedad de supermercados con sobreprecios y mensajes en inglés? ¿Estamos mejor todos?
Una de las grandes falacias del capitalismo es aquella que te dice que los pobres son pobres porque quieren, por falta de esfuerzo. Nada te explican del robo, la acumulación, la explotación y la negación de los derechos y oportunidades que ejerce una minoría sobre las mayorías, a las que ilusionan enseñándole que el gran universo del consumo está a su alcance, con mucho esfuerzo, claro. O peor aún, la mentira de la mentira, esa en la que el sentido de la vida está dictado por el dinero, esa que hace que decenas de personas hagan fila en un supermercado del este de Caracas, buscando un café de marca (aunque sea de imitación) para sentirse “parte del mundo” o para sentir alegría, o satisfacción. ¿Son realmente esos el sentido y las emociones que una Revolución quiere activar? ¿“El placer de comprar”? Miles queremos que todo mejore, pero no así. No luchamos durante tantos años para volver a ser mas pitiyanquis, consumistas y superficiales que antes. Pensémoslo bien ¿era esto lo que queríamos ser? o mejor ¿es esto lo que somos?
Mariel Carrillo