PUNTO Y SEGUIMOS | Ahhh, la libertad

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En marzo cumplimos oficialmente dos años en pandemia. De la desesperación e incertidumbre iniciales parece que la humanidad ha cumplido con aquella máxima de que somos animales de costumbres, y hoy existe una suerte de convivencia forzada con la covid-19; eso para quienes creen que la enfermedad existe, ya que unos cuantos miles de negacionistas andan por la vida sin un simple tapabocas y negándose a vacunarse, siendo agentes de contagio de terceros, en nombre de su derecho a la “libertad”. Estos “librepensadores”, que le han dado mansamente todos sus datos al Meta de Zuckerberg y a cualquier compañía que les ofrezca información vital y confiable como “¿quién fuiste en tu reencarnación anterior?” se autoproclaman abanderados antisistema, y aseguran hacerle un gran daño a las transnacionales farmacéuticas al no usar sus vacunas. Viven -dicen- fuera de la Matriz.
Existe una gran diferencia entre plantarse y ejercer el derecho humano a decir no, y proclamarse “libertario” en rebeldía sin causa o sin sustento. En este mundo de noticias falsas y postverdad, donde las personas parecen elegir siempre con el hígado antes que con el corazón o el cerebro, resulta muy fácil negarse a los sacrificios colectivos en nombre de supuestas libertades individuales. Ir contra el sistema es entender -en primer lugar- que el sistema es el capitalismo y que no nos oprime solo explotando nuestra mano de obra. Para sobrevivir y mantener su reinado, ha mutado y se ha perfeccionado haciéndonos creer que tenemos, justamente, libertad; pero si a esta la entendemos como el derecho personal de vivir para acumular cosas a costa de lo que sea, entonces no somos libres. Porque si, tenemos el derecho (incluso el deber) de cuestionar, y pensar que la covid-19 fue una enfermedad generada en un laboratorio, o a calcular que a muy pocos les viene muy bien que se mueran millones, o que nada mejor que una gran amenaza para que unos aprovechados se hagan multimillonarios mientras la mayoría entra en crisis, pero eso no nos exime de tener que aceptar verdades incómodas como que el virus existe y ya se ha llevado a más de 5 millones de personas, muchas de las cuales pudieron no infectarse de contar con tapabocas, agua corriente, vacunas o contactos conscientes.
El capitalismo acaba con la idea del cuidado, la minimiza, la defenestra. Cuidarse y cuidar a otros es bastión de lo que nos hace humanos, y en el planeta en que vivimos, el cuidado se lanza a la población más maltratada y vulnerable, las mujeres. No se plantea como una necesidad común, como un derecho y deber de todos, y es por ello – entre otras razones – que tantas personas normalizan descuidar al prójimo escudándose en una distorsionada necesidad de “no ser esclavos de nadie”, y digo distorsionada, porque esclavos ya son. No hay nada más pro sistema que el “sálvese quien pueda” o creerse todas las teorías conspiranoicas sin pasarlas por el filtro de la investigación, el estudio o el pensamiento crítico (porque estamos claros que conspiraciones sí que hay). De la “Matriz” no se sale con un acto san sencillo como dejar de ponerse una vacuna.
Cuando se vive en un lugar donde todo y todos somos considerados mercancías, lo verdaderamente revolucionario es mantenerse humano, y eso pasa por asumirnos como sujeto colectivo, por priorizar la solidaridad y el cuidado, por elegir la vida del común a largo plazo sobre la vida de pocos en el corto, por entender que abandonando al de al lado te abandonas a ti mismo, y que, aunque sea incómodo y quizá -quizá- una conspiración más de los dueños del mundo, lo cierto es que usar una mascarilla no va a quitarte nada, pero es posible que le de una oportunidad de salud a otro, a un familiar, un vecino o a cualquiera. Ridículos más grandes seguramente hemos hecho todos, y a cambio de nada, así que este 2022 queridos defensores de la libertad, mejor pónganse a cultivar la tierra, que eso sí que atenta contra el sistema que tanto dicen odiar.
Mariel Carrillo