Cuentos para leer en la casa | Buenas tardes

0

Si la pistola la vendí hace siete años, si desde entonces ignoro su destino, no entiendo como usted ahora, señor juez, no lo puedo entender, me viene a implicar en un delito al que soy ajeno y al que desconozco totalmente. Cierto, ya sé, el expediente dice que el arma fue encontrada al lado del cuerpo del delito, pero las pesquisas han demostrado que el arma la poseyó un comerciante portugués veterano de Angola, quien la habría comprado a un joven cuyo paradero se desconoce; la pistola, señor juez, ha pasado por manos de muchas personas, con ella se han ejecutado numerosos delitos, las averiguaciones por fin han conducido hasta mi persona y yo no niego que fui quien la compró cuando el arma no había tenido aún ningún uso, hasta donde yo sepa, pero eso no prueba, señor juez, mi responsabilidad en ninguna de las acciones delictivas que con ella se han cometido, señor juez. El militar que me la vendió la obtuvo del ministerio, y este despacho, según tengo entendido, señor juez, la importó de una fábrica belga de armamento. Entonces, señor juez, mi inocencia es incuestionable; si en su criterio el delincuente es el  primer propietario de esa arma, ordene de inmediato, la extradición del fabricante belga y, una vez logrado a través de los canales diplomáticos regulares que establece el Derecho Internacional y los acuerdos bilaterales entre aquel país y el nuestro, proceda a su enjuiciamiento y condena, señor juez, buenas tardes…

—Ciudadano, además de ser el confeso vendedor de un arma con la que se han perpetrado innumerables delitos, tiene el agravante de pretender darle consejos al juez con el ánimo de confundirlo, despistarlo y desviar la bien encaminada acción de la justicia. Tome nota, secretario, y usted, agente, proceda al encarcelamiento del indiciado, buenas tardes.