Cuentos para leer en la casa | La muerte del tiempo

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Primero lo concebí como una idea utópica y vaga, un arrebato de la ansiedad de los últimos días o un pensamiento loco. Después se me volvió una obsesión martirizante que tenía que llevar a cabo ineludiblemente, a costa y a pesar de lo que fuera. Finalmente me convencí que era posible despescuezar al Tiempo, tomarlo entre estas mis manos y someterlo a una lenta cuan justificada extinción hasta la nada, reducirlo al no ser que fue antes del principio universal o de su propia génesis, detenerlo y hacerlo consumirse en sí mismo. Uno es un empleado cualquiera de una oficina cualquiera situada en cualquier extremo de la ciudad: tiene una esposa, dos hijos pequeños y un apartamento alquilado en un sector jalonado con igual fuerza por las clases media y baja.

Desde un tiempo para acá ando buscando al Tiempo y estoy por encontrarlo. Uno lee el periódico en el autobús cuando consigue asiento, toma el marroncito en la barra de la fuente de soda y a las ocho de la mañana está clavado frente a la máquina sumadora hasta las doce del mediodía. Cuando lo consiga —cuandoloconsiga, digo— le voy a retorcer su pescuezo lleno de otoños y de espesos infinitos. Después hace el mismo rito de las dos a las cinco de la tarde; uno es lo que se dice un ciudadano común, o lo que es lo mismo pero dicho en otras palabras, un venezolano medio: un prototipo, un hombre promedio. Mi admiración por Bolívar creció cuando leí «Mi delirio sobre El Chimborazo». Últimamente Juan José casi no nos deja dormir, el carajito pasa toda la noche llora que llora. Él sí pudo, digo Bolívar, encontrar al Tiempo y decirle unas cuantas verdades. Ya se orinó el pañal, ya se le salió el chupón de la boca, ya se cansó de estar bocabajo, ya le volvió a dar la fiebre a Juan José.

Lástima que no haya completado su obra liberándonos de ese señor metiche y prepotente. Últimamente ha estado muy enfermizo el muchacho, aunque Marisela dice que yo tengo la culpa, que lo tengo engreído pero no, el muchacho está mal requete mal. A mí me ha sido más difícil dar con él porque las huellas de Humboldt el mismo Tiempo, para cubrirse las espaldas, se cuidó de borrar. Por eso cuando el despertador suena tengo que hacer un gran esfuerzo para levantarme de la cama, pues si a las seis no estoy en la parada del autobús, ni por casualidad llego a tiempo a la oficina. Me dejé de buscarlo por el Ávila los fines de semana; me he convencido que al Tiempo ya no le gusta el campo, ahora se la pasa merodeando por algún lugar de la ciudad. Allí empieza la primera guerra del día por tomar el primer bus, que si no, no llegas a tiempo al trabajo, no marcas la tarjeta a la hora y te levantan otro memorándum de este color. Lo difícil cuando lo encuentre va a ser identificarlo porque el muy muérgano puede tomar apariencia de niño, de joven o de anciano, pero presiento que lo tengo cerca, que uno de estos días lo atrapo inventando lluvias o en su hobbie de alterar los pronósticos del Observatorio. Otra vez me toca ir parado y apretujado como sardina en lata, entre tetas y muslos y brazos levantados que cargan el ambiente de ese olor humano al que nunca nos vamos a acostumbrar a pesar de ser tan nuestro y de nuestra esencia y de venirlo arrastrando desde el tercer día de la Creación y, vea usted, huele a todo menos a barro, ese olor que se revuelve con el monóxido de carbono y provoca náuseas y nos pone la cara brillosa y amarillenta. Fue un Jueves Santo que no quise ir a la playa ni al campo y preferí quedarme en la ciudad desolada cuando me encontré con el Tiempo sin esperármelo, así me lo encontré: estaba descansando sus siglos recostado de un viejo, venerable samán en el parque Los Caobos. Tiempo y árbol parecían hermanos amorosos, cómplices de los mismos misterios, apoyado uno del otro formando una extraña figura de signo de interrogación.

Hoy me quedaré sin leer el periódico porque maldad es pensar que voy a tener chance de hacerlo en la oficina; allí estarán esperándome con su exasperante indiferencia el bloque de papeles llenos de facturas, recibos, órdenes de pago, ingresos y egresos, curvas de ganancias y de pérdidas, cuadros comparativos y un sinnúmero de números entre coordenadas (condenadas) y abscisas que, como ya es costumbre, empezarán a bailar su neblinoso baile del hambre al irse acercando el mediodía. ¡He allí el Tiempo! Por un momento me sentí paralizado, sobrecogido por la enigmática aparición que tenía frente a mí, pero me sobrepuse casi inmediatamente porque había llegado mi hora, la hora de mi vida que toda la vida había esperado y buscado con inquebrantable obsesión; había llegado también la última hora del Tiempo. A las doce tengo que arrancar para casa para llevar a Juan José a donde el médico. Probablemente a la una ya me habrán atendido y de ahí mismo partiré para el trabajo. Por la tarde iré a pagar el alquiler que ya me pasaron el tercer aviso y a medida que pasa el tiempo aumentan los intereses moratorios. Se hizo el que no me advirtió pero cuando le puse la mano en la nívea y abundosa barba levantó su mirada de lluvia y con su siempre complejo de superioridad me preguntó qué quería, restregándome antes un simple mortal en plena cara que me hizo sentir hormiga negra, o menos todavía, mínima polilla. Te jodiste Tiempo, te jodiste; siempre han dicho que tú sabes más por viejo que por diablo, pero aquí van a acabar viejo y diablo de una sola vez. Continuó inmutable sus insultos llamándome criatura insensata y ante esa inexcusable ofensa le deslicé mis manos hasta el pescuezo; entonces se achicó. Pago el apartamento y una llovizna pertinaz congestiona el tráfico, toda la ciudad se paraliza por varias horas y así pasó un rato interminable con la cara achatada contra el vidrio de la puerta del por puesto. El Tiempo está temblando, está asombrado, sin duda, está cagado. Te jodiste, Tiempo, te jodiste. Por fin llego a la casa y me sale Marisela con que el carajito ha empeorado; paso toda la noche de hospital en hospital, toda la noche de llanto en llanto y a las cinco y media de la mañana, todavía oscurito, el incansable despertador vuelve inmisericorde a sonar.

Me levanto forzosamente poniendo por delante un maldito sea que sale por la rendija de la ventana y recorre todo el camino hasta la oficina, la oficina, la oficina. De pronto se me vuelve niño, no es muy agradable apretarle el pescuezo a un infante de tres años, pero me doy cuenta de su truco, espermatozoide que te vuelvas te retuerzo el pescuezo. Tres veces se me cae la pasta del cepillo dental y se desliza por el hueco del lavamanos, babosa y juguetona, como nunca falta, no voy a acabar hoy de cepillarme. Hace tiempo vienes convirtiendo mi vida en una bola de ansiedad, en una espiral de angustia; mientras uno vive a contrarreloj, tú nada más que te la pasas amontonando nubes para que algunas damas maten su ocio haciendo té canasta en prrroooo de los damnificados de las lluvias, te la pasas soplando tempestades, levantando olas, convirtiendo bellas mujeres en huracanes y lanzándolas contra las islas del Caribe, ensañándote miserablemente contra todos nosotros y me pregunto yo ahora: ¿Hay derecho? Esta vez me dejó el primer autobús, no tendré tiempo de tomarme el marroncito ni de tragarme la tostada; tengo que coger una carrera directa hasta la oficina y de todas formas voy a llegar tarde, tarde, tarde. Hoy la Avenida Baralt está más escandalosa y congestionada que nunca, hoy los números comenzarán su danza del hambre más temprano.

Al Tiempo no le quedó más remedio que sincerarse y volver a su estado clásico: el viejo sabelotodo y metidoentodo, de arcaica barba y mirar patriarcal y supremo. No le quedó otra alternativa cuando mis manos fueron reduciendo el espacio que ocupaba en el mundo su pescuezo salpicado de arrugas inmemoriales. Él también tenía una nuez de Adán que hizo ¡traqui! de repente y allí se me nubló el pasado y un relajamiento agradabilísimo se hizo en el ambiente y me destempló los nervios: ya no me atormentaban los punzantes recuerdos del ajetreo de los días, la prisa de Caracas hacia su fin, el ruido de la máquina sumadora, los llantos de Juan José a la medianoche, la tostada atravesada en la garganta, el olor que nunca debió salir de las axilas y menos en cambote en el autobús, el puntual y diario marcar de la tarjeta y el despertador y el cliente moroso y la alucinante danza de los números en las horas cercanas al mediodía. Todo, todo quedó como una remota experiencia imperceptible y sin efecto, como uno de esos sueños borrosos y ambiguos que no podemos recordar a plenitud. Quedó demostrado una vez más que antes que el Tiempo fue el Verbo y el anciano hubo de recurrir a la palabra para persuadirme, pero solo le salió un balbuceo seco y grotesco. Sí, me iba a persuadir de que meditara antes de seguir hundiéndolo en la noche estática y eterna, en la irreversible noche de su fin, que meditara sobre la anarquía que iba a provocar en el destino de cada quien en particular y de la humanidad en general al alterar y entrecruzar y yuxtaponer la posición desde la eternidad de los signos del zodíaco pero yo no le hacía pizca de caso.

Estaba convencido que la muerte del Tiempo implicaba mi propia muerte pero eso era lo que menos importaba ahora. Advertí que a medida que apretaba me iba llenando de intempestivas arrugas y la fuerza se me extinguía poco a poco y una súbita artritis me demolía los huesos. Sabía que en el universo iba a entrar en función un conjunto de fuerzas insospechadas, espectaculares y diabólicas, abortadas de la Nada absoluta que precedió al mundo. En eso la lengua del anciano cayó rodando a mis pies, como un almanaque roto. Primero el Tiempo se puso verde como la primavera y luego fue tomando el color ceniciento del verano, de la sequía, de la muerte. Me di cuenta que su cuerpo estaba flácido y lo solté. El samán cayó hacia un lado y hacia el otro el viejo con ojos de reloj y barba llena de épocas. Yo empecé a morir lentamente pero antes pude escuchar el trotar de miles de potros desbocados que iban hacia todas partes y que en vez de ojos tenían unos almanaques en forma de esferas que giraban vertiginosamente, por lo que se hacía imposible precisar qué día era hoy, pues seguramente ya el Jueves Santo había pasado. Los caballos se alejaron, el ruido de sus cascos sin herrar se fue extinguiendo y de pronto todo se detuvo en el estallido infernal de un despertador japonés que hirió la mañana con sadismo.

De: Sábado que nunca llega, Monte Ávila Editores Latinoamericana C.A., 2020

Earle Herrera