Cuentos para leer en la casa | Los dedos de la muerte

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Cuentos de Earle Herrera

Hoy homenajeamos a Earle Herrera, admirable  periodista y narrador, cuya reciente ausencia lamentamos profundamente. Su obra  como cuentista posee cualidades particularmente originales, en la búsqueda de producir el encuentro entre la mirada interior de sus personajes y la dicotomía conflictiva y compleja que contiene al observador que hay en cada uno de sus personajes, con los diversos caminos que el entorno real puede despertar, creando, con frecuencia, realidades espeluznantes, a partir de ese  contraste de lo real y lo imaginario en la mente humana.

Excelente narrador de mundos donde realidad y fantasía  se conectan, sorprende al lector  construyendo con maestría  un mundo de sensaciones  vivibles, cuya lectura nos lleva a olvidar los límites entre lo real y lo ficticio. Su obra narrativa señala una de las voces dignas de destacar en la representación de la generación de los setenta, final del siglo XX, y lo conocido a inicios del presente XXI.

Cuento fantástico

Desperté esta extraña y triste mañana y me encontré con que todos mis dedos estaban convertidos en largos lápices. Asombrado me estrujé la cara ante la duda de si estaba totalmente despierto y lo que conseguí fue rayármela por todas partes. Caminé durante largo rato por el cuarto y una vez recuperado de la sorpresa y resignado a mi nueva y absurda fisonomía, decidí que debía buscar la manera de adaptarme a ella.

En una página en blanco de mi diario intenté registrar tan traumática metamorfosis, pero me di cuenta que cada dedo, o mejor (oh, tantos años llamando dedos a las partes más delgadas de mis manos), que cada lápiz escribía algo distinto: El lápiz pulgar, en trazos gruesos, escribió sobre la muerte de alguien. El meñique, el más débil de todos, apenas trazó una endeble línea recta y se acostó sobre ella. El índice dibujó un sol negro de polos achatados y se quedó señalando hacia él. El medio, con firme grafía anotó: “El centro y no el fin de la vida, es la muerte, hacia ella todos convergemos: Nos arrastra una pasión centrípeta”. El anular se quejó de su condición de reo y maldijo al anillo que hace tantos años lo aprisiona. Los lápices de la mano izquierda lo único que hacían era garabatear, como borrachos, pero de pronto todos a la vez escribieron la misma frase, por lo que hube de leerla cinco veces: “Mañana, amo nuestro que siempre nos has esclavizado, amanecerás convertido en tintero, y te vamos a beber”. Yo, aterrado, para no darle la oportunidad a su venganza, me los clavé de un solo golpe en la garganta.

(De: Antología Cuentos fantásticos venezolanos. Libros de hoy, Diario de Caracas, 1980, Caracas).