Libroslibres | La crónica maravillada de Earle Herrera

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Finalizando el año 2021 recibimos la triste noticia de la muerte física de Earle Herrera. Fue una noticia devastadora, pues Earle se veía lleno de vida y de vigor para escribir, enseñar y ejercer sus funciones en la Asamblea nacional, entregado como estaba a sus labores y deberes. Fue, además de ello, una persona de calidad humana muy grande, humorista, echador de cuentos, narrador, cronista y poeta. Provenía del oriente del país y realizó sus estudios en la Universidad Central de Venezuela, donde se hizo profesor en la Escuela de Periodismo. Lo conocí a mediados de los años 70 entre la UCV y Sabana Grande, allí nos encontrábamos en librerías, cafés, bares y bulevares donde las conversas eran abundantes, siempre con el norte de una transformación social para nuestro país y dentro de un ideal socialista y más humano de convivencia, lo cual explicó que décadas después compartiéramos ese ideal al calor de las ideas de Hugo Chávez Frías comenzando el siglo XXI. Siempre resalté entre sus libros La magia de la crónica (1987) y El reportaje, el ensayo De un género a otro (1988); en el primero lleva a cabo el que considero el más completo recorrido sobre este tema en nuestro país, pleno no sólo de información y datos de relieve, sino escrito con una soltura envidiable. El otro es su libro La neblina y el verbo.

Orlando Araujo uno y múltiple (1992), donde compartimos nuestra admiración por el escritor barinés. Earle es uno de los narradores relevantes de mi generación, tal lo demostró con sus libros de relatos A la muerte le gusta jugar con los espejos (1978), Los caminos borrados (1979) y Sábado que nunca llega (1982); donde nos muestra un variado repertorio de voces y personajes de su región natal.

Su permanente producción de crónicas y artículos lo convierten en lo que podemos llamar un verdadero monstruo del periodismo, activo prácticamente en todos y cada uno de los géneros, diarios y revistas de relieve en el país, de las que sobresalen aquellas que escribía en las páginas de El Nacional hasta esas a las que nos tenía acostumbrado en Ciudad Caracas, donde terminó publicando una columna diaria bajo el título de El Kiosco de Earle, nombre tomado de un importante programa televisivo que nuestro amigo condujo cada sábado en Venezolana de Televisión, repasando aspectos de la realidad social y política de nuestro país. A todo ello se agregan las intervenciones siempre oportunas y graciosas de Earle en el seno de la Asamblea nacional. Su bibliografía sobre periodismo alcanza la veintena de títulos.

Coincidimos una vez en una feria del libro en Caracas, donde se le rindió un reconocimiento a su obra, en los espacios de la Casa Nacional de la Poesía Aquiles Nazoa, en el Parque del Este, donde tuvimos ocasión de seguir disfrutando con cuentos y anécdotas de los viejos tiempos, junto a Luis Alberto Crespo y otro grande del humor, Roberto Malaver. De veras, desconocía que Earle estuviera tan delicado de salud, pues se veía rozagante y exultante. De repente se marchó hacia otro lugar del universo, el lugar de la memoria infinita. Un abrazo desde aquí poeta, amigo, hermano del alma. Siempre estarás en nosotros.

CIUDAD CCS / GABRIEL JIMÉNEZ EMÁN