LETRA VEGUERA | El cuaderno de Arreaza

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Desde el momento en que fue anunciada su candidatura para intentar sacarnos a los barineses del atolladero que significó la (primera) derrota de Argenis Chávez, muchos respiramos con alivio y su apellido, Arreaza, comenzó a circular por los vericuetos de nuestras neuronas buscando las consonancias que nos abriera por lo menos una ovalada ventanilla del llamado marketing político-electoral y desde allí imaginarlo galopando a lo largo y ancho de este llano donde el diablo de vaina no se llevó al Catire Florentino.
Al día siguiente ya Jorge estrenaba su apellido para la contienda: Arrasa; marca cuyo indiscutible valor simbólico permitió que una campaña de cortísima duración, acechada por caimanes de distintos charcos y aves de mal agüero, sirviera de embalaje para recorrer poblados rurales y ríos mitológicos, hablar de cerca con las gentes, escuchar sus letanías, probar la sazón de sus menjurjes, sus propiedades mágico-religiosas para la sanación del cuerpo y del espíritu.
Se portó como un roble en medio de un huracán de fuego. Visitó el viejo y destartalado hospital Dr Luis Razzeti, comprobó la obsolescencia de los equipos médicos, vio con sus propios ojos el desplome de las áreas agrícolas y pecuarias que eran la niña de los ojos del Comandante Chávez, la corroída sede e inoperancia del Centro Técnico Productivo Socialista «Florentino», las precarias condiciones de los productores y las calamidades implantadas desde hace tiempo en las poblaciones de los ejes llanero y andino que surcan nuestro estado.
Lo hizo asido al ideario de Hugo Chávez y proclamando a viva voz el vigor del Plan de la Patria que dejó como sustancia de su legado.
Arreaza no logró superar, como él mismo lo ha dicho, «numéricamente» a Sergio Garrido, lo cual convierte a Argenis Chávez nuevamente en derrotado.
Pero Arreaza hoy tiene en sus manos la herencia viviente de los «pataenelsuelo» de Chávez: los testimonios compartidos, la carne viva de las esperanzas fallidas como consecuencia de una gestión de gobierno desconectada no solo del propio Hugo Chávez, sino, y sobre todo, de las necesidades y reclamaciones históricas del pueblo más chavista y primitivo que haya podido conocer.
Esos quejidos, que hicieron flotar la esperanza, Arreaza  los lleva adosados a su condición política: apuntados uno a uno en su cuaderno, le confieren la voz obligante y ética de trazar el camino de vuelta a Chávez.
Cuatro años no son veinte. Desde hoy pasarán rápido.
Es urgente rescatar el vínculo que rompió la «minimonarquía» sifrina que rodeó a los hermanos del Comandante Chávez.
Federico Ruiz Tirado