Earle Herrera se volvió dolor

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Confieso que me costó escribir de Earle y nunca supe por qué, primero fue esperando que fuera un falso positivo, como ocurrió con Frasso y Diógenes, luego los textos de Mercedes Chacín, Hindu Anderi, Rocío Cazal, Clodovaldo Hernández y Gabriel Jiménez Emán, en los cuales todo estaba dicho, aparte de la hermosa edición digital de Épale en honor al pana caído, pero lo más seguro fue, el inmenso dolor que me causa la orfandad de los amigos, que duele más, tal vez, que la de nuestros progenitores. El llanto no es suficiente, diría Mecha.

Earle era un tótem de nuestra generación, léase emblema colectivo al que una tribu de poetas bien bebidos (o vividos, tal vez quise decir), o un individuo venera y otorga un valor protector como dirían los diccionarios. Lo bonito del asunto es que yo nunca había bebido con un tótem, como ocurrió en la década del 70, cuando tantas veces fue compañero de mesas en Sabana Grande. La última vez que lo vi fue en la Filven más reciente, hablamos un rato y nos sacaron fotos con varios amigos. Creo que Carlos Azpúrua anduvo en una de esas, si la guardó quisiera una copia, porfa.

De un talento extraordinario cultivó la literatura en todos sus géneros, incluyendo el periodismo, que si no es como algunos dicen, una disciplina literaria, él lo convertía. Además de humorista y cultor de la crónica que escribía todos los días en varios periódicos, fue también investigador de la obra de Aquiles Nazoa, con quien estuvo homenajeado en la Filven del 2020. Por eso, no sería exagerar hablar del humor y amor de Earle Herrera, parafraseando el título de aquel hermoso libro de Aquiles.

Amante del bolero, escribió un libro inspirado tal vez en el bolero Morir de amor de Charles Aznavour pero que tituló, Desmorir de amor, del cual desgajamos estos versos: “Ya no le canto al desengaño el amor / ha tocado a mis puertas cuando no lo esperaba / cuando no lo creía y lo daba por muerto / (…) / Voy a desmorir pronto a desmorirme todo / a desenterrarme y volver a entregarme / para que me queme lo que ayer me quemó”.
Dolor y tristeza quedó.

CIUDAD CCS / HUMBERO MÁRQUEZ