Punto de quiebre | Le quitó la vida porque no le dio dinero para comprar caña

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Yudexis se había ido a Colombia en busca de “un mejor destino”

Con su bebé de apenas tres meses de nacido a cuestas, Yudexis Reyes, de veintitrés años de edad, se traslada todos los días desde Soacha hasta el norte de Bogotá para vender bolsas de basura en la calle 72, mientras el padre del bebé labora como obrero en una construcción.
Ella siempre vivió en Punto Fijo, ciudad venezolana al noroccidente de Venezuela. Tuvo tres hijas de su primera pareja, dos de las cuales eran gemelas. Una tenía 8 años y otra 9. Un buen día, debido a las redes sociales y las “maravillosas aventuras” que le contaban sus amigas que se habían ido del país, decidió marcharse a Colombia para probar suerte y dejó a las tres niñas al cuidado de su abuela. Contrario a lo que le habían pintado, Yudexis se las vio negra los primeros días, pues sus “amigas” le dieron la espalda y le dijeron que no se podía quedar con ellas. Se le acabaron las pocas reservas de dinero que llevaba y tuvo que pedir limosnas en los semáforos y varias noches le tocó dormir en la plaza. Menos mal que el frío no estaba tan inclemente por aquellos días.

Una tarde estaba descansando en una plaza de Ríonegro (Antioquia) y conoció a un hombre, que se quedó embobado con su belleza. Ella le mintió y le dijo que era venezolana y que estaba viviendo en casa de unos familiares. Se vieron varios días seguidos en la misma plaza. Y ella le contó la verdad. Se hicieron novios y él se la llevó a vivir con él en una pieza que había alquilado. A partir de entonces se le comenzaron a acomodar las cosas a Yudexis. Consiguió un empleo en una tienda, pero a los meses salió embarazada. Tuvo al niño y a los meses quedó en cinta de nuevo.

En menos de 3 años le había parido dos niños a su marido, pero se la llevaban muy bien y lo que él ganaba les alcanzaba para sobrellevar el grupo familiar. Pero no podían faltar los problemas, los chismes, la envidia y ellos no tuvieron la suficiente madurez para enfrentarlos y se planteó la separación.

El patán

Volvió el calvario para Yudexis, pues ahora debía asumir sola todo lo que implica ser migrante en un país como Colombia, donde –a decir de la tía Felipa– sobran los xenófobos, homofóbicos, racistas, traicioneros y malagentes.

Pero Yudexis era muy linda y los embarazos prácticamente no habían causado grandes estragos en su figura, por lo que no se le hizo difícil conseguir otro hombre. Éste que se buscó –el colombiano Octavio Panesso– no le llegaba ni por las patas al padre de sus dos hijos.

Octavio trabajaba también en una construcción, pero era un hombre ordinario –un cualquierón, diría la tía Felipa– tenía un carácter muy fuerte y para colmo, era muy dado a gritarle y en ocasiones le propinó varias palizas, aunque al día siguiente le pedía perdón y le traía algún regalito. A los meses, ella salió embarazada y allí arreciaron las discusiones porque el hombre no quería al bebé e incluso un día le insinuó que él no estaba seguro de que fuera de él. “Hija, vente para tu casa, ese hombre tiene cara de malo y es un bruto, se le nota a leguas. Allá en Venezuela no tendremos mucho, pero éramos felices y nunca nos faltó un plato de comida”, le dijo su madre una vez que la fue a visitar.
Yudexis sabía que todo cuanto le decía su madre era verdad, pero no quería dar su brazo a torcer. Pensaba que regresarse al país era un retroceso en su vida.

Y dale con la caña

Papi deja ya de tomar, ya estás todo borracho. Qué borracho voy a estar yo, ahora es que me cabe miche. Además, mañana tienes que trabajar. Coño déjame en paz y anda a cuidar al bebé que debe estar llorando. Pero papi, hazme caso, anda, ya has tomado bastante. Pero qué buena vaina, te me vas para adentro y deja la ladilla. Mamita, estás despierta. Sí aquí estoy en la cama con el Octavio Andrés. Necesito veinte mil pesos. Tas como loco, lo único que nos queda es lo de los pasajes y la comida de esta semana.

Anda vale dámelos, yo mañana consigo. Te dije que no Octavio, tú lo que quieres es comprar más caña, no me voy a ir mañana a pie solo porque tú quieres seguir tomando. Carajita del coño, que me des la plata. Pero por qué me pegas, te volviste loco. Te pego porque eres mi mujer, y ¿para dónde vas? Me voy para allá afuera a agarrar aire, no te soporto cuando estás así y deja los gritos que vas a despertar al niño. Entonces vete para la verga, carajita del coño. ¿Y por qué me vienes a abrazar ahora, no me acabas de mandar para la verga?

Yudexis se dejó abrazar, pero casi de inmediato sintió que algo caliente le penetraba la barriga y la desgarraba por dentro. Pensó en su bebé que dormía dentro de la casa, recordó a sus hijas que había dejado en Venezuela y sus otros dos hijos que estaban en Río Negro. Sintió que las piernas no la podían sostener y que la vista se le iba nublando. Octavio Panesso entró a la casa, metió algo de ropa en un bolso y desapareció. Una hora después sus vecinos del barrio Los Robles la ayudaron y la trasladaron hasta el hospital de Meissen. Estuvo cinco días en terapia intensiva, hasta que finalmente falleció pues la puñalada le había perforado los intestinos, le paralizó los riñones y ameritaba un trasplante de urgencias de hígado. El bebé quedó al cuidado de unos vecinos hasta que llegaron sus familiares, quienes tuvieron que hacer de tripas corazones para poder cremarla y trasladar sus cenizas a Venezuela. Octavio Panesso sigue desaparecido y, a decir de la tía Felipa, el caso ni siquiera es investigado, debido a que Yudexis era una migrante venezolana.

WILMER POLEO ZERPA | CIUDAD CCS

puntodequiebre.ccs@gmail.com