VITRINA DE NIMIEDADES | Autocrítica: ¿trampa o desafío?

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Rosa E. Pellegrino

El foco de expertos, analistas, opinadores y gente común, como usted y yo, estuvo puesto esta semana en Barinas. Por su valor simbólico y por su peso en el mapa político, los resultados de las elecciones celebradas en la entidad llanera el 9 de enero sacan de nuevo conceptos a los que se vuelve cuando queremos entender qué pasó. Dentro de la lista está uno que parece fácil de comprender, pero es difícil de asir al momento del debate: la autocrítica.

Más que un concepto, esa palabra encierra un mundo de posibilidades y de riesgos que, si no se atajan a tiempo, solo nos garantizarán un momento de reflexión, un agotador debate y un futuro incierto, es decir, una fina cadena de trampas. El primer peligro se encuentra en la comprensión misma de ese ejercicio: si ya cuestionar a otro es un acto complejo, poco complaciente y difuso, aun cuando nos muevan los sentimientos más nobles, criticarnos puede ser un camino más tortuoso.

Cuando el objetivo somos nosotros como individuos, muy pocas veces hay medias tintas: o nos damos latigazos con furia, sin clemencia, sin contemplación, olvidando todo lo bueno que hicimos; o nos tratamos tan bien que damos por hecho que el problema al final no es nuestro. Mejor dicho, sin asco alguno: la culpa es del otro. Nada más difícil que vernos con justicia.

Si hablamos de nosotros como colectivo, el riesgo es mayor. Hay muchos escollos por superar: el riesgo de sentir que los errores señalados, al final, son ajenos a nosotros. Son de otros que forman parte del grupo al que pertenecemos, pero no son nuestros. No es nuevo, ni es algo contra natura: se nos ha formado para no errar, por mucho que repitamos que equivocarse es de humanos. Es hasta un instinto natural molestarse ante el error, porque debería ser un estímulo para hacerlo mejor. O eso se supone.

Quizás, el riesgo más grande de la autocrítica en sentido colectivo es la despersonalización de ese debate: es más probable verle las costuras al compañero o compañera que tenemos al lado que sentirnos responsables. Y, como uno podría imaginarse, casi siempre habrá una respuesta, para nada complaciente y dirigida a alimentar un debate destinado a terminar mal.

Con todos esos riesgos, sería tonto pensar que la autocrítica es un ejercicio fatuo e innecesario. Requiere una profunda honestidad, habilidad para debatir sin caer en la trampa de señalar a otro cuando la responsabilidad es completamente de uno y el talento casi celestial para no sentirse ofendido, porque no se trata del valor del individuo sino de afrontar las circunstancias. Pero, sobre todo, es un ejercicio continuo si se quiere cambiar favorablemente una situación, para no perder el norte.

Llevada a la alta política, la autocrítica es una de las tareas más completas, complejas y retadoras que pueda afrontar una organización partidista. Porque el objetivo no es solamente determinar qué está mal, es construir los cambios necesarios, enfrentar las amenazas al proyecto en desarrollo y comprender siempre que no es asunto de individuos, es colectivo. Es, sobre todo, un desafío a la franqueza, la justicia y la lealtad. Vaya reto…

Rosa E. Pellegrino