GOLPE DE TIMÓN / ¿A quién le sirve la Celac?

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Modesto Emilio Guerrero*

Hasta un intelectual célebre como Noam Chomski (Caracas 2009), muy poco cercano a la vida y la historia latinoamericana, comprende que los pueblos pobres y los estados-nación del continente no tendrán destino y estarán condenados a otros cien años de soledad, si no son capaces de construir una entidad supraestatal, multicultural y compleja, pero superior al desvalido contorno actual, tan útil a los imperios del mundo.

La presidencia argentina de la Celac por un año pondrá a prueba una vez más ese dilema, concebido por Francisco de Miranda, puesto a andar por Bolívar con la anfictionía de Panamá y el apoyo a la distancia de personalidades ya glorificadas como Pétion, Morelos, Morazán, San Martín, Artigas y otras.

Sin el valor estratégico de una aproximación supraestatal queda sepultado el sacrificio de las dos generaciones fundadoras de 1804 (Haití) a 1824 (Ayacucho), pero también habrían sido inútiles los esfuerzos de decenas de figuras políticas, militares y literarias (Bilbao, Ugarte, Sarmiento, Pocaterra, Vargas Vila, Rodó, etc.) quienes transitaron el siglo XIX y todo el XX buscando caminos para esa idea.

El drama histórico de la Celac surge de un hecho simple: las clases dominantes y jefes políticos del continente prefieren ser pajes de pacotilla de uno o varios imperios que protagonistas de otra escala política continental.

Ese drama es reforzado por la actitud intermedia y dual de otros líderes que se limitan a proclamar la idea, pero se limitan a las medias tintas. Parten del supuesto errado de que los imperios serán “amigos sin interés” o pueden “olvidar y perdonar” sus deudas o ser amigables y benévolos por su tibieza.

En 200 años no hubo una sola evidencia que demuestre ese supuesto. Por eso es falso.

Tiene razón Oscar Laborde cuando titula en Tiempo Argentino que el “único destino posible es el de la integración”. Es cierto como idea teórica, como proclama programática y estrategia. Pero no ha sido cierta y corre el riesgo de desdibujarse en el tiempo y dejar de ser “el único destino posible”. Dependerá de lo que haga y no haga la Celac.

Veremos cómo asumen esa idea indispensable las próximas generaciones. Sobre todo, qué dicen y hacen los gobiernos de la Celac para que la idea no desaparezca de la política, el periodismo, la literatura y de las memorias nacionales.

Los líderes de la Celac están obligados a sembrar esa idea desde las escuelas y los medios, incluso si los medios no quieren. Solo así se podrá construir un destino cierto para una idea incierta, o en palabras de Hegel, producir lo nuevo acercando la realidad a la idea.

América Latina, y hasta ahora solo Europa, cuenta con un programa histórico de integración desde hace 200 años. Esa es nuestra utopía. Ni África ni Asia ni Oceanía o la Antártida, abrazan una utopía similar.

La unidad de los estados del norte de nuestro hemisferio es la demostración empírica de dos cosas: que se podía lograr la integración latinoamericana en Panamá y, al mismo tiempo, que la condición era que la idea no fuera traicionada. Triunfó la traición.

El largo camino a la integración ha sido frustrado muchas veces. Por los imperios, pero también por los gobiernos y líderes estatales que representan a clases dominantes.

Entre el Congreso Anfictiónico de Panamá y la creación de la Celac hubo no menos de 24 intentos oficiales de varios países de retomar ese camino. Y la misma cantidad de frustraciones.

Después del Congreso Anfictiónico en Panamá lo más serio y avanzado de esos intentos es la Celac. Por dos razones: fue el resultado más profundo de la derrota del ALCA y segundo,  porque se apoyaba en un Estado mediano pero con muchos recursos para promoverlo.

Venezuela ya venía ensayando el programa de la Celac desde PetroCaribe, asistiendo mediante la Citgo a más de 5 millones de negros e indígenas pobres dentro del propio territorio norteamericano. Y con otros programas sociales a más de 40 millones de pobres latinoamericanos. También desde el ALBA. Lo primero fue cortado por el bloqueo, lo segundo lo frustraron a medio camino.

Hay una diferencia con la Celac. Para Hugo Chávez, su promotor más entusiasta, era la plataforma para un nuevo tiempo histórico en el continente, no una vulgar herramienta de diplomacia y lobbie económico mezquino.

Ese es el dilema de la Celac. El presidente Alberto Fernández ha dicho para que no quiere la Celac («La Celac no nació para meterse en la vida política de ningún país»). Falta saber para qué la quiere.

Mientras se resuelve ese dilema, la Celac, basada en la utopía republicana más vieja del continente, corre el riesgo de desaparecer en la hojarasca de los advenedizos y en los tiempos borrascosos de una globalización al servicio del 1% de la especie.

Si eso ocurriera, la Celac y los pueblos pobres del continente quedarán como la estirpe de los Buendía, condenados a otros 100 años de soledad luego de 200 de frustraciones.

*Periodista, escritor. Biógrafo de Hugo Chávez.