MICOMENTARIO | La punta del iceberg que somos

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Armando José Sequera

Los diarios personales, aunque se escriban con sinceridad y procurando mostrar lo que su autor considera es la verdad, reflejan apenas la punta del iceberg que somos.

No todo cuanto pasa por nuestra mente lo vertimos en ellos, ni el yo que se refleja en las páginas que elaboramos como parte de nuestra rutina es totalmente quien uno es.

Somos más complejos que las palabras con las que nos describimos.

Aunque evitemos, como en mi caso, juzgar a nadie o tomar revancha por agravios pasados o actuales, algunos trazos de moralismo y deseos de venganza se asoman entre los pensamientos y pretenden llegar hasta los dedos que acometen el teclado.

Los juicios e ideas que expresamos en los diarios, e incluso los que no, son parte de nosotros. Algunos son atavismos de nuestra parte animal. Sin embargo, no porque no los incorporemos, nos convertimos y los convertimos a ellos –a los diarios–, en deshonestos.

Lo sé porque llevo uno de estos registros individuales desde diciembre de 2012. Lo he titulado Armandiarios, en plural, aunque solo sea uno continuado. El vocablo ya forma parte de mi persona.

En él –o ellos–, expongo no solo mi cotidianidad sino también ideas, textos nuevos sin desarrollar, informaciones de prensa y vivencias colectivas del país del que soy arte y parte.

Por supuesto, opino con libertad sobre temas que conozco y otros que no tanto. Al escribir, tengo presente que si bien estas incursiones en mi acontecer son, en primera instancia, para mí mismo, es posible que más adelante interese a otras personas y todo él o fragmentos suyos se hagan públicos.

Estaba pensando en esto, cuando se produjo otra de mis llegadas al lugar correcto, en el momento exacto. Me topé con el texto de José Saramago que aparece el día 2 de febrero de 1995, en su diario –convertido en libro–, Cuadernos de Lanzarote II.

Como puede verse, hay coincidencia con lo que yo estaba pensando o, mejor dicho, yo coincidí con lo que él dijo 26 años antes y con mejores palabras. Cito:

“Por mucho que se diga, un diario no es un confesionario, un diario no pasa de una manera incipiente de hacer ficción. Quizá pudiese llegar incluso a ser una novela si la función de su único personaje no fuese la de encubrir a la persona del autor, servirle de disfraz, de parapeto. Tanto en lo que declara como en lo que reserva, solo aparentemente aquel coincide con éste. De un diario se puede decir que la parte protege al todo, lo simple oculta lo complejo. El rostro mostrado pregunta disimuladamente: “¿Sabéis quién soy?”, y no solo no espera respuesta, sino que tampoco está pensando en darla”.