Cuentos para leer en la casa | Dos cuentos de Carlos Marianidis

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Un punto azul

Cuando M-41 apareció sin su abrigo y nos contó lo que había visto, no le creímos. Pensamos que se trataba de una broma.

—¡Les digo que es cierto! ¡Vengan conmigo y les muestro!

Salimos del aula y comprobamos que no mentía: de un lado de la escuela había sol y en el otro, el viento movía una niebla que solo dejaba ver, al fondo, las rocas del cerro. No faltó el desconfiado que quiso asegurarse, fue y volvió hecho una sopa.

—Es verdad –suspiró X-20, feliz–. ¡Cae agua! ¡Y está tibia!

Alrededor de las diez, nos sorprendimos otra vez. Z-89 entró agitado, anunciando que afuera era de noche.

—¡Eso es imposible! –gritamos todos. Pero lo seguimos.

No lo podíamos creer. La única que reaccionó fue 12-K, que cruzó valientemente hasta el centro del patio y desapareció tras el mástil. Boquiabiertos, al rato la vimos salir de la oscuridad.

—¡Sí! –gritó, con su cabello iluminado por luciérnagas–. ¡Es de noche! ¡La noche existe! ¡Igual que en los cuentos!

Lo más increíble fue al regreso, cuando la tormenta eléctrica del mediodía hizo que, por unos minutos, todas las cosas (personas, robots, árboles plásticos) se vieran de un modo imposible de explicar. Parecía que, encima del blanco, gris y negro, les había caído una cantidad de colores fabulosos, brillantes, inventados por algún mago.

Mi papá, que es astrónomo, dice que todo se debió a un eclipse que desvió la luz de un modo extraño. Que es algo que no se repetirá hasta dentro de un siglo. También dice que existe un lejano astro donde estas cosas pasan a menudo. Y hasta hay algunos hechos fantásticos que allá suceden cada día, sin pausa.

A simple vista, es un punto azul claro, pero mirando por el telescopio se puede ver que tiene todas esas cosas que había aquí hace miles de años, cuando nuestro planeta todavía era cálido y giraba: agua, plantas verdaderas, amaneceres, noches estrelladas y… ¡colores! ¡infinidad de colores!

—¿Se darán cuenta del hermoso hogar que tienen? –dice mi padre a veces, mientras ve a través del tubo de metal. Luego me sienta en sus rodillas para que yo también pueda mirar.

Entonces, sueño que estoy allá. Que el cielo tiene nubes que cambian de forma, que se tiñen según las ilumina el sol y que eso pasa todos los días, y que hay ríos que hacen crecer árboles y lluvias que hacen brotar plantas de mil colores y perfumes…

Ya lo tengo decidido. Cuando sea grande, estudiaré para ser astronauta y me iré a la Tierra.

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El poeta 

En la hostería del pequeño pueblo escondido entre los cerros, un anciano y un joven hicieron la apuesta más extraña. Se desafiaron mutuamente a realizar –de un día para el otro– una obra de ingenio. La misma debía cumplir con dos condiciones: que fuera de la mayor simpleza y, además, tuviera algún valor para aquel que la poseyera.

A la mañana siguiente, los vecinos se reunieron en el valle para conocer las dos creaciones, pero, sobre todo, para saber quién había ganado.

Ante la sorpresa general, el joven solo mostró un papel que guardaba en el bolsillo de su camisa. En él había escrito un gran título y varias líneas en forma de columna vertical. A continuación, las leyó: eran frases ardientes en las que resaltaban algunas palabras desagradables y, otras, ofensivas y hasta sacrílegas, que rimaban infantilmente entre sí.

A unos metros, el anciano quitó la manta que cubría su invento. Era un vehículo que consistía en una silla de madera montada sobre dos ruedas de bicicleta, que en su parte superior tenía atada una oxidada propela de barco.

El muchacho dijo: —Yo traje una poesía. ¿Y eso qué es?

—¿Acaso no lo ves? –respondió el viejo–. Es un helicóptero.

—¡Vamos! –rió el joven–. Lo que has hecho tiene forma de helicóptero, pero eso no significa que lo sea. Nadie podría elevarse ni mucho menos, volar con él.

—Estamos iguales –se defendió el hombre de la barba blanca–. Lo que tú has hecho tiene forma de poesía, pero eso no significa que lo sea. Y tampoco nadie podría elevarse, ni mucho menos volar con ella…

Hubo un largo silencio.

—…sin embargo –continuó diciendo el anciano–, tú has ganado la apuesta. Porque por mucho que yo me esfuerce, quite y agregue, jamás conseguiré que este armatoste vuele. Pero tú, que tienes el don, si te esfuerzas, quitas y agregas lo que hace falta, algún día llegarás a ser poeta.

Y cuando eso ocurra, no importa dónde estemos… ¡todos podremos volar contigo!

El Autor

Carlos Marianidis

(Buenos Aires, Argentina, 1959). Estudió violín en Conservatorio Municipal de Morón, teatro en Escuela Nacional de Arte Dramático y psicología en Universidad de Buenos Aires. Escribe poesía, cuento, teatro y novela. Ganó –entre otros– los siguientes premios: Educar para la Paz (UNESCO de Buenos Aires, 1981), Pablo Neruda de poesía (Embajada de Chile, 1992), Ariel Bufano de teatro (Universidad de Morón, años 2000, 2001 y 2002), a la Creación Artística (Universidad de Belgrano, 2001), el Casa de las Américas (Cuba, 2002) y el Des-contar el Hambre de la FAO, en 2008. En su producción de novelas cabe destacar El valle de las utopías (2011) y Nada detiene a las golondrinas (2002) –con ediciones en Cuba, Colombia y México–, que integra el catálogo de la Internationale Jugendbibliothek de Munich, Alemania.