CRÓNICAS Y DELIRIOS | Anécdotas de escritores

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Igor Delgado Senior

—En París, promediando el siglo XIX, se organizó una reunión de psiquiatras para analizar colectivamente el caso de un enfermo mental que tenía deslumbrados a todos los galenos, por su inteligencia y sagacidad. Y como el evento coincidía con el arribo a Francia de un célebre alienista norteamericano, éste fue invitado a la reunión para que observase de cerca al paciente. Allí estarían también el gran escritor Balzac y algunos otros intelectuales y periodistas.

El encuentro se realizó como estaba pautado; y al concluir el mismo, los psiquiatras franceses le pidieron opinión sobre el enfermo al colega norteamericano, y éste expresó muy emocionado: “Nunca había visto algo así, el hombre es genial, hay que ver cómo se expresa e hilvana las ideas, hipnotiza con la fuerza de sus palabras y su gestualidad, en mi opinión se trata de un caso único, me llevaré copia del expediente”.

De inmediato, sus colegas lo sacaron del error: “¡La persona a quien usted se refiere es el escritor Honorato de Balzac, el paciente es el sujeto que casi no habló!”

—Andrés Bello, nuestro eximio polígrafo, sostenía correspondencia con un amigo cuyas colosales faltas de ortografía le desesperaban. En cierta ocasión, después de una velada, el amigo se despidió diciéndole:

-Esta semana le escribiré sin falta.

-¡Oh, no se tome ese trabajo! –le respondió Bello–, escríbame como siempre.

—Un joven compañero fue de visita a la casa del poeta Juan Sánchez Peláez; y la esposa de éste, después de abrirle la puerta, le pidió que se sentara y esperara pues el poeta estaba ocupado.

El visitante advirtió entonces cómo Sánchez Peláez, caminando alrededor de un patio, miraba hacia el cielo, entrecerraba los ojos, fruncía los labios y pronunciaba susurros ininteligibles. El joven, un tanto asombrado, le preguntó a la señora si le ocurría algo a su marido, y ella respondió: “No, chico, no te preocupes, es que Juan está buscando un adjetivo”.

—La ensayista Irene Vallejo trae a colación la vez que en los años setenta se juntaron para comer en Barcelona, algunos integrantes del boom latinoamericano: Vargas Llosa, Gabriel García Márquez, Bryce Echenique, José Donoso, Jorge Edwards. Entraron en un restaurante donde había que apuntar el pedido y entregárselo por escrito al camarero; pero ellos, bebiendo y conversando, se desentendieron del menú y de las aproximaciones interrogativas de los camareros. Al final tuvo que interrumpir el maître, irritado por tanta cháchara apasionada y tan poco interés gastronómico. Se les acercó y, sin reconocerlos, preguntó con molestia: “¿Es que nadie sabe escribir en esta mesa?”.

—La siguiente anécdota tiene un valor agregado porque me la refirió Earle Herrera (¡De nuevo, mi afecto permanente donde te halles, camarada!).

Míster H.H., al retirarse luego de 25 años comentando libros para el New York Times, fue agasajado con una cena de honor por los directivos del periódico, en la cual se exaltó mediante emocionados discursos la gran trayectoria del homenajeado.

Después del ágape y para la edición del día siguiente, un reportero le preguntó:

-Señor H.H., al cabo de tantos años cumpliendo su tarea como difusor de obras y ediciones, ¿en qué ocupará ahora el tiempo libre?

-Bueno, no hay ningún problema, me dedicaré a leer todos los libros que reseñé…

—A la entrada de una galería de arte en Madrid, Jacinto Benavente, poeta, escritor, dramaturgo, ambidiestro y Premio Nobel de Literatura (1922), se topó con otro poeta de su misma generación que iba acompañado por un jovencito.

–¡Jacinto!, ¿cómo estás?, te presento a mi sobrino  -dijo el amigo.

–Sí, yo lo conozco bien, él fue sobrino mío la semana pasada  –respondió Benavente con ironía.

—Jorge Luis Borges, según lo recordara siempre, consiguió empleo en la biblioteca  municipal del barrio porteño de Boedo, y allí pasaba el tiempo a sus anchas vocacionales clasificando volúmenes, leyendo y escribiendo, mientras sus compañeros de trabajo, una caterva de rústicos ignorantes se dedicaba a hablar sin pausa de los campeonatos de fútbol, tomar mate y  jugar dominó.

Sucedió que por casualidad, uno de dichos trabajadores encontró en el diccionario la referencia “Borges, Jorge Luis” junto con los datos de su vida y obra, y entonces entre gritos corrió para espetarle: “¡Mirá, Jorge Luis, se llama igual que tú!”.

Otro episodio. Años más tarde Borges firmaba ejemplares en una librería, cuando un caballero se acercó con El Aleph y le dijo: «Maestro, usted es inmortal». Enseguida, Borges le contestó: «¡Vamos, hombre!, no hay por qué ser tan pesimista».

—Relataba García Márquez que viviendo en México con su esposa Mercedes y sus hijos pequeños, terminó de escribir a fecha fija Cien años de soledad porque debía al casero nueve meses de alquiler.

Bajo tal compulsión, ordenó las 700 cuartillas de labor para remitirlas a una editorial argentina con la esperanza de su publicación, y junto con Mercedes llevó  el paquete al correo. Allí, el empleado de turno, luego de ubicarlo en la balanza, determinó que el flete ascendía a 83 pesos. El Gabo, como sólo tenía 45 pesos, cortó dicho paquete por la mitad para que se enviase primero esa parte del trabajo y retornó a la casa.

Ya en el hogar, ubicó el calentador portátil que usaba para aliviarse el frío de las piernas, un secador de pelo y la batidora de la cocina; y siempre junto con Mercedes los llevó a un sitio de empeño en el cual le dieron por todo 50 pesos.  Se devolvieron entonces a la oficina de correos, donde finiquitó las diligencias de la otra mitad por 48 pesos (¡solamente le sobraron dos!). García Márquez termina la anécdota expresando que Mercedes, “verde y encojonada”, lo miró fijamente y le dijo: “¡Ahora solo falta que la novela sea mala!”

—Alejandro Dumas asistió a una fiesta que ofrecía el rey Felipe II de Francia, de quien el escritor había sido secretario cuando el monarca era  Duque de Orleans. El rey, al ver que Dumas estaba  acompañado de una corista de porte algo vulgar, le reclamó:

–No acepto que traiga a palacio a ninguna de esas cocottes con quienes usted se reúne.

–Majestad, esa es mi esposa y le ruego que no la insulte  –contestó el novelista.

Así fue como Dumas salió de palacio para casarse, según expresa Alfredo de Musset, con una gorda y alegre casquivana llamada Ida Ferrier; aunque otros refieren que se casó porque la fémina gozaba de una sustanciosa dote.

—Augusto Monterroso detalla que cuando Manuel Scorza tenía infinidad de problemas para cobrarle sus derechos de autor a cierta editorial, fue invitado a un Congreso de Escritores en una capital latinoamericana. Dentro de las actividades y ante las cámaras de televisión, el Presidente de la República dijo señalándolo:

–Es alto honor para nosotros tener aquí al gran novelista peruano Manuel Scorza. ¿Qué mensaje nos trae, señor Scorza?

–Señor Presidente, yo no traigo mensaje, traigo una factura –respondió el escritor.