DATE CON LA CIENCIA | Cabalgar los nuevos tiempos

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Pensar implica tener la capacidad de discernir y penetrar la realidad

 “Tú ya no puedes mirarte ni mirarme, no sabes

lo extraño que es ser pez u hombre.

Somos, te digo, inverosímiles, caprichos

de una madre delirante

que cuaja infinitas e insensatas formas en el mar”.

José Watanabe, en El fósil

La noche de este 15 de enero, el presidente de Venezuela envió el Mensaje Anual a la Nación. En 2021, ya había lanzado el reto de pensar como país. Pero, este enero, la invitación a pensar, propuesta por Nicolás Maduro, incluyó una interpelación histórica: pensar para cabalgar los nuevos tiempos y atender los cambios epocales. «Nuestro pensamiento debe ir adelante», exhortó el jefe de Estado, tras mencionar el futuro que viene con el uso de las redes sociales digitales y la necesaria disrupción cultural.

Después de ver la opinión publicada, resulta tentador quedarse en las circunstancias, y no preguntarse de cuáles cambios epocales estamos hablando. El futuro que nos espera —según algunos ‘análisis’ compartidos, a finales de 2021, por ‘expertos’ que ayudan a reproducir la lógica capitalista del colonialismo digital— está marcado por el metaverso: «Todo lo rutinario se vuelve virtual y opera por esquemas de suscripción»; «las redes sociales digitales son la base del entretenimiento del futuro. Ser parte de ellas significa experimentar algo auténtico y descubrir la información en forma dinámica»; «los patrones de consumo estarán mediados por la inteligencia artificial»; «desconectarse de la nueva multiplicidad virtual no será una opción»; «con las redes digitales, el mundo estará viendo un nuevo inicio, un renacimiento, que traerá grandes oportunidades para satisfacer todos esos requerimientos y cambios de pensamiento». En apariencia, uno podría decir que, tal vez, alguna razón existe para creer que, con el metaverso, podría haber un renacimiento de otra humanidad. Pero, yendo a la raíz, ¿acaso este nuevo inicio no será más que un reseteo de la economía capitalista?

Es innegable que el capitalismo, en su crisis sistémica, ha venido perdiendo su capacidad real de satisfacer las necesidades materiales que prometió garantizar a un porcentaje muy reducido de la población planetaria (el 20 %); sector al cual necesita comprometer para la legitimación de la acumulación de capital (vale recordar que el 80 % de la población del planeta siempre le ha sido irrelevante a este sistema). Consciente de dicha realidad, el sistema ha generado un mecanismo virtual de generación de ‘satisfactores’ a las necesidades que resulta muy potente para el control social y una transformación cultural favorable a la dominación y a la explotación. Estos dispositivos son las llamadas redes sociales digitales.

La crisis del capitalismo, anclada a un agotamiento sistemático de las condiciones del planeta, aspira a un aislamiento social que propenda a la desarticulación política de la gente, para frenar las protestas sociales de diferente índole activadas, en los últimos años, contra el sistema. Logrado este objetivo, en lugar de sujetos, todos nos convertiríamos en objetos, imbuidos en burbujas, que responderíamos a un nuevo orden mundial de control societal, extraordinariamente funcional al capitalismo direccionado por el 1 %.

El nuevo orden establecido con la pandemia de covid-19 así pareciera evidenciarlo. Esta pandemia es un laboratorio donde todos son condenados a vivir en tubos de ensayo; es decir: en confinamiento, vida virtual. Como lo decía la ministra de Ciencia y Tecnología de Venezuela, Gabriela Jiménez-Ramírez, en una de sus reflexiones sobre las redes sociales digitales, la pandemia ha desnudado completamente la penitencia que hay detrás de las tecnologías de información. Infortunadamente, hemos visto a millones de personas hipnotizadas por el celular y por las distintas aplicaciones de mercado, con las redes digitales de la angustia. ¿Qué objetivo hay detrás? Que la gente viva apartada, aislada de las realidades sociales; que la gente esté desconectada de la naturaleza no humana y humana, de la vida. Decía la ministra: es como si quisieran que lo real fuera lo informático, lo digital. Así nos alejan de las experiencias auténticas del mundo físico.

Hay un tema más: la interfase digital, al ser parte de nuestra acción cotidiana, transforma nuestra subjetividad (los recursos simbólicos que usamos en nuestra gestión identitaria, la presentación de nosotros mismos, la comprensión que tenemos del mundo). Las formas de hacer, pensar, sentir, de relacionarlos que se configuran con el uso de las redes sociales digitales modifican los procesos psicosociales a través de los cuales nos convertimos en sujetos. Mientras una persona pase más horas en el metaverso, este moldea más su (inter)subjetividad. Lo preocupante de este asunto es que, dada la novedad de los dispositivos relacionales de este entorno, las formas de regulación, apropiación crítica y análisis de los procesos que se estructuran en su seno se encuentran rezagadas y no permiten, en la mayoría de los casos, tener una comprensión más profunda de las lógicas que subyacen al mundo virtual y los impactos que estas provocan.

Al convertir las redes digitales en el epicentro de la vida, el capital marca la pauta. De modo que, si nuestro sur es hacer una revolución política y cultural contracorriente, debemos tener plena conciencia de los impactos de las redes sociales digitales, como armas del colonialismo. No podemos tener una pata coja en la capacidad de control de las redes virtuales; este tema es esencial si queremos hacer irreversible el socialismo.

El reto de pensar para cabalgar los nuevos tiempos implica tener la capacidad de discernir y penetrar la realidad. La reflexión que conlleva pensar «los cambios» pasa por develar los mitos-trampas del capitalismo que nos hacen perdernos en una maraña de artificios para justificar renovaciones, pero no revoluciones. No en vano la sabiduría popular pregona que el capitalismo prefiere ceder los anillos, para no perder los dedos.

Nerliny Carucí y Guillermo Barreto