EstoyAlmado | El ascensor

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Manuel Palma

Para quienes nos criamos en casa, en tierra firme, un ascensor no debería ser un problema en la vida. Es un aparato para subir y bajar de edificios. Pero cuando vives en un edificio y no lo tienes por tiempo indefinido, entonces comprendes lo necesario que puede ser para la cotidianidad. Subidas agotadoras por las escaleras, piernas adoloridas de niños que se niegan a dar un paso más, y abuelos/abuelas que sufren en cada escalón los dolores de la tercera edad mientras cargan a cuesta los víveres de la semana. La jornada se vuelve un calvario cuando se sube al piso más alto en un edificio cuya altura roza el cielo. Aún así, en medio de la procesión por las escaleras alguien siempre bromea con el asunto: “¿Hola, vecina, haciendo ejercicio, no?”.  “Yo voy a mi ritmo”, dice quien descansa prolongadamente y ve desfilar por las escaleras a medio edificio.

Si el ascensor se la pasa dañado es por corrupción de quienes recogieron dinero para repararlo, estafas de técnicos que se aprovechan de la impericia de los vecinos o por incapacidad de la mayoría de los vecinos de pagar precios que cambian inescrupulosamente, aunque la tasa del dólar se ha mantenido estable desde diciembre. Para cuando la mitad de los vecinos reúnan con mucho sacrificio el dinero para la reparación, el presupuesto aumentó; lo recogido apenas servirá de abono para comenzar los trabajos. En el proceso de reparación habrá que hacer otro gran esfuerzo para completar el dinero. Todo eso ocurre frente a la indiferencia de unos pocos que nunca pagan la avería, pero son quienes más usan el aparato y cuestionan con saña cuando vuelve a fallar.

La reparación del ascensor no es garantía de que todos lo usen. De sus sesenta años, Edén lleva más de 20 subiendo por la escaleras del edificio donde vive. Uno a uno sube jadeante escalón por escalón, agarrada firme del pasamano y dosificando en cada paso su sedentario cuerpo. Aunque llega siempre exhausta a su casa, nunca usa el ascensor. Nunca. “Le tengo respeto”, dice como para matizar el miedo que le tiene a ese bicharango.

A veces en el piso 12 cuando se prepara para bajar por las escaleras, se abren las puertas del aparato. Los vecinos que desconocen su fobia a los ascensores, la invitan a meterse. “Venga, venga”. Por segundos Edén se para en el borde, tentada a meterse. Pero titubea, y con mirada zigzagueante declina la oferta. Huye por el camino que siempre ha considerado más seguro: las escaleras. Edén tiene su propia escala de certidumbre. Elige con cuáles miedos debe lidiar, y por ahora el del ascensor no está dispuesto a afrontarlo.

En cambio Luis, de 83 años, nunca le temió al ascensor. Lo usaba con la tambaleante seguridad que le otorgaba algunos grados de alcohol en la sangre. Pero eso quedó atrás. Por la pandemia Luis ahora casi no lo usa, pues evita salir a la calle. Para él hoy el ascensor representa la nostalgia de una libertad que quedó en el pasado. Es su septuagenaria esposa quien hace las compras, aunque últimamente desarrolló el miedo de subirse al ascensor. Por eso cuando lo usa, lo hace acompañada, nunca sola. Le aterra que se dañe y se quede adentro de esa cápsula asfixiante que parece volverse más pequeña cuando las puertas no abren y todo se apaga.

Elvira, una de las más jóvenes del edificio, resuelve el miedo de montarse en el ascensor llevando consigo su celular. Se siente segura con su teléfono móvil si algo le pasa dentro del aparato. Cuando entra desarmada (sin celular), distrae su temor pensando en problemas más severos: la comida, los altos precios, las deudas, el tratamiento odontológico pendiente, la escoliosis en su columna que no la deja dormir. Por ningún motivo no deja que el ascensor la domine mientras baja o sube en él, aunque respira aliviada cuando las puertas por fin se abren.

Victoria, de 6 años, teme montarse en el ascensor y conseguirse al diminuto perro del piso 16. Le atormentan sus ladridos escandalosos. Cuando el ascensor abre las puertas, ella con mirada escrutadora se asegura que el can no vaya dentro. Si se lo encuentra se tapa los oídos, y rápidamente da unos pasos hacia afuera en el pasillo. En cada piso cuando las puertas abren, el canino ladra con furia y estruendo para intentar que nadie más se monte, pues el aparato es su feudo territorial hasta que él y su dueña lo usen.

Los hermanos Víctor y Daniela, de 6 y 8 años respectivamente, desconfían del ascensor. “¿Es seguro?”, pregunta siempre la niña antes de subir. Ambos viven en una casa en tierra firme. Para ellos es nuevo montarse en una cabina metalizada hasta subir al apartamento de su maestra donde reciben clases de nivelación.

Es en el piso 6 cuando el ascensor hace un chirrido escalofriante. Quien lo usa por primera vez se le ensanchan los ojos o, por segundos, se llevan las manos al pecho. Elvira siente que nunca quedó bien desde la última vez que lo repararon. Su esposo, Alejandro, cree que lo dejaron a medio reparar para que cuando se dañe una vez más. De ese modo el condominio tendría un nuevo motivo para sacarle más dinero al edificio. ¿Quién se aguanta vivir sin ascensor? Las personas de la tercera edad del edificio no resistirían en subir y bajar a diario. ¿Y los niños, las citas médicas, la compra del pescado los miércoles en el camión de la esquina? ¿Y el botellón de agua, por dónde se sube? Solo Edén está acostumbrada a subir, cual montañista que sube cumbres en un tris.

Todo sería mejor si el segundo ascensor, dañado y abandonado hace décadas, también funcionara. Así las cargas de pasajeros se distribuyeran mejor, y cuando uno falle se usa el otro. Lástima que la disociación antichavista impidió que la alcaldía lo reparara sin costo alguno. Cuando se hicieron las diligencias, un reducido grupo de vecinas gritó azarosamente que los funcionarios venían a invadir los apartamentos. Histeria, alarma. El pánico cundió en cada piso, y las puertas de cada apartamento fueron cerradas intempestivamente. Mientras tanto, la cuadrilla de técnicos de ascensores esperaba en la puerta del edificio, asombrada de saber que el miedo ofuscó a toda una comunidad. Al cabo de un rato la cuadrilla se marchó para siempre, dejando a la mayoría de vecinos arrepentidos de contar con los dos ascensores 100% operativos, igual como cuando se inauguró el edificio en los años 70.

Hoy la oportunidad regresa. La alcaldía de Caracas propone reparar el edificio, incluyendo el ascensor. A cambio los vecinos deben reciclar: separar el cartón, el vidrio y plástico y demás desechos sólidos y entregarlos a las autoridades como forma de pago.

Ojalá esta vez el miedo no los paralice, y que el ascensor sea motivo de orgullo comunitario y logro colectivo. Ojalá Edén se atreva a montarse en el ascensor. Sería una buena señal para todos.