SENTIDO COMÚN | ¿La nueva Colombia será por la vía electoral o por la armada?

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—No me verás –dijo el coronel Aureliano Buendía–. Ponte los zapatos y ayúdame a terminar con esta guerra de mierda. Al decirlo, no imaginaba que era más fácil empezar una guerra que terminarla.

Gabriel García Márquez en Cien años de Soledad

Las organizaciones revolucionarias en Colombia no lograron tomarse el poder por la vía de las armas, si bien una larga, heroica y sorprendente resistencia se desarrolló allí.  Hoy por hoy la vía armada solo conviene a la élite mafiosa, para mantener control social mediante la política del miedo; para continuar los negocios de acumulación de tierras por despojo, drogas, armas y justificar políticas tributarias y de seguridad excluyentes y regresivas; por eso atacan el Acuerdo de Paz.

Tal vez duela leerlo porque la lucha armada se romantizó y porque, en efecto, allí dejaron el pecho pegado millares de gentes del común muy lindas, como Camilo Torres, Mariana Páez o Simón Trinidad, prisionero en Estados Unidos; estudiantes, obreros, amas de casa, religiosos etc., engrosaron valerosamente las filas de ejércitos revolucionarios para transformar el estado de cosas de toda la colombianidad, siendo verdaderos modelos éticos de humanidad.

Pero, más allá del romance, la guerra es horrible, y sobre todo una tan larga. La gente se muere no solo de tiros en combates, sino despedazada por las bombas y las motosierras del régimen, en la soledad de los caminos, de los callejones, en las salas de tortura; de dolor en el desgarro del exilio. En Colombia hay pilas de cadáveres sin identificar y con ellos cada doliente. Bastantes se sacrificaron, sobre todo del pueblo, y, el país siguió en las mismas manos.

Fueron más de cinco décadas ininterrumpidas de conflicto armado, donde la desinformación, la degradación de la guerra, y otra cantidad de factores, terminaron, no solo haciendo cada vez más lejanos los objetivos, sino generando un profundo hastío; porque la gente, como dicen en Colombia, está mamada de la violencia, de ver morir a sus seres queridos; de ser presa de la zozobra y de vivir paralizada de miedo.

El pasado estallido social, que aún retumba en el cemento de los barrios, reflejó el hartazgo popular de la guerra, la corrupción y la exclusión social. Cada discurso, mural, canción, baile, olla comunitaria, asamblea popular, colecta, etc., reflejó el salto cualitativo de la conciencia; un descorrer el velo, propiciado, entre otros, por el nefasto gobierno de Duque y el Sistema de Verdad, Justicia y Reparación surgido en el Acuerdo de Paz con las FARC.

Hoy en Colombia se desarrolla un debate electoral, en el que la gente reconoce más allá de la retórica antiterrorista o de la llamada amenaza “castro chavista” los problemas del país; la misma derecha se ha visto obligada a moderar sus discursos porque hay cosas que ya no se toleran, como el abuso policial. El despliegue en todo el territorio nacional del Pacto Histórico, que congrega buena parte de la izquierda y el progresismo, ha encontrado las plazas llenas y el trabajo previo en unidad de ciudadanía y partidos.

El ambiente preelectoral, a pesar del nubarrón de Arauca, y otras uribistas amenazas, constituye en sí mismo un ejercicio novedoso de democracia, en el que las comunidades en un proceso de politización creciente se convocan, hacen eventos, circulan información, para que quienes participan no vendan su voto por un tamal o cincuenta mil pesos; para que Colombia, venciendo el miedo y/o la indiferencia, por fin cambie.

Mónica Delgado