Perfil | El dúo de Caracas y su montaña: sinónimo de Cabré

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Quienes han mirado, admirado y amado a lo largo de la historia al cerro Ávila o Waraira Repano coinciden en varias apreciaciones: la más notable es que la montaña surge como un telón de fondo tan espectacular de este enclave tropical que a menudo le roba el protagonismo a la obra que se está representando en este gran teatro que es Caracas.

Otros puntos en los que se unen los grandes artistas con la gente sencilla es que del cerro emana una energía grandiosa y mutante, que dota a la urbe de esa cualidad risueña y esperanzada, capaz de sobrevivir incluso a largas malas rachas y a momentos trágicos.

Cambiante es una palabra que también brota con frecuencia de los labios de los observadores de este monte que funge de muralla protectora de la capital venezolana ante las amenazas del Caribe, que no son tanto del mar en sí mismo, sino de quienes desde tiempos coloniales lo han transitado con perversas intenciones.

Esa virtud de ser distinto cada hora, cada día, cada época del año embrujó primero a los pintores, luego a los fotógrafos, siempre a los poetas y cronistas.

Por supuesto que, al tratarse de una montaña, tiene unas características permanentes, fijas (picos, laderas, pie de monte), pero la combinación de las condiciones atmosféricas, la luz, la ubicación del observador y una inexplicable magia, hacen que el cerro sea un marco tornadizo, caprichoso e irrepetible.

En muchas de las composiciones artísticas, el supuesto fondo pasa a ser el foco, y la ciudad, apenas la excusa para captarlo y plasmarlo.

El binomio formado por Caracas y su gran cerro ha sido el motivo de inspiración de muchos creadores de todas la categorías, desde pintores de gran jerarquía hasta modestos cultores de las artes plásticas. Destaca entre ellos uno cuyo apellido se ha hecho sinónimo del dúo ciudad-montaña: Manuel Cabré, un venezolano nacido en Catalunya, que supo representar los colores, las formas de las estribaciones, las temperaturas, las texturas de la vegetación y hasta los arañazos dejados por las torrenteras, todo ello con trazos y pinceladas magistrales.

Los biógrafos de Cabré afirman que para su gran colección de paisajes avileños hizo un recorrido a todo lo largo del valle, desde Catia y La Pastora hasta La Urbina, en la puerta de salida hacia el oriente. Comenzó en tiempos en que casi todo el actual este de la ciudad (y, con más razón, el “este del este”) era una sucesión de haciendas y casas solariegas y fue desarrollando su obra mientras la metrópoli se expandía incontenible.

El pintor, que no era muy dado a la interacción pública y tenía un carácter duro, en una de las pocas entrevistas que concedió fue crítico de ese alocado desarrollo. “El Valle de Caracas creció sin ningún plan, como Dios quiera y en ello tuvo una gran importancia el valor de la tierra, eso es todo. Caracas ha debido ser una ciudad muy bien planeada por un artista, por un arquitecto-artista. Hubiera sido una ciudad preciosa”, reseña un reportaje de la revista Clímax, suscrito por Andrea Tosta.

Uno de los lugares favoritos de Cabré para mirar el cerro Ávila y captar toda su preciosura era nada menos que los campos de golf del Caracas Country Club. Pero también lo observó y pintó desde Blandín, cerca de la vía hacia La Guaira, y desde San Bernardino, cuando todavía no había sido urbanizado y la casa Anauco Arriba era una intrusa solitaria en la falda de la montaña.

Alfredo Boulton, eximio historiador del arte venezolano, afirma que ese cerro que pintó el gran artista no es el que veía la mayoría, sino uno muy propio de sus virtudes técnicas y de su consolidada escuela pictórica. “Si uno va a analizar la obra de Cabré, sobre todo de sus últimos años, se da cuenta de que el paisaje para Cabré es un pretexto que él tiene para volcar en la tela toda su sensibilidad, que es a veces muchísimo más potente, imaginativa, que la propia escena del Valle de Caracas o de los Andes, o de cualquier otra parte. O sea, que el realismo de Cabré, yo podría emplear una frase que no viene al caso, sería un surrealismo verdadero”.

“En Cabré constantemente ha existido una actitud como de fuerza dormida que no suelta su presa, sino que la domina, la cubre y la exalta. Sus paisajes tienen un extraño sentido de fuerza emocional donde el tema alcanza ese mismo vigor en que el artista ha puesto su voluntad e inspiración en captarlo, en traducirlo, en presentarlo”, expresó Boulton en el catálogo de una exposición de Cabré por la galería Odalys.

Otro prominente historiador de la pintura, Juan Calzadilla, expresó: “Cabré es un naturalista no en relación con la realidad sino con el sentimiento objetivo de su experiencia visual de la realidad. Para él la naturaleza es un móvil más que un objeto tomado al pie de la letra como un tema. En sus paisajes él trata de con¬jugar un orden paralelo al de la naturaleza, y en esta medida obliga al espectador no a reconocer en su obra un fragmento recortado del paisaje natural, tal como podría verse a través de una ventana, sino a enfrentarse a su capacidad inventiva del espacio”.

Nacido en Barcelona el 25 de enero de 1890 y fallecido en Caracas en 1984, Cabré, de acuerdo con los expertos, no tuvo en la mayor parte de su vida el reconocimiento que caracterizó a otros grandes nombres de las artes plásticas venezolanas. Sin embargo, a partir de cierta época (tal vez hacia los años 70 del siglo XX) se convirtió en el gran pintor del Ávila (aclaremos que en su época aún no se había implantado la voz caribe Waraira Repano), a un punto tal que cuando usted, impresionado por algún guiño de belleza que le hace el cerro, toma su celular y saca una humilde foto, si le queda bien bonita no faltará quien le diga: “¡Caramba, parece un Cabré!”.
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Pintura musical

“A la sombra generada / por los verdes chaguaramos / lo vimos cuando pasamos / pintando a su hermosa amada; / la fiebre policromada / de la tarde caraqueña / me dijo en forma risueña / lo que siempre sospeché: / Los amores de Cabré / con la montaña avileña”, dice el tributo musical de Enrique Hidalgo.

Esta canción, que cuenta con una sublime interpretación de Cecilia Todd, explica con trazos de voz y coloridos acordes la relación amante del pintor con el cerro: “Con dulzura impresionista / sin buscar la vanagloria / Manuel vive en la memoria / de su pincel paisajista. / El Ávila lo conquista / pretendiendo ser su dueña / y el pintor mismo se empeña / en divulgar lo que sé: / los amores de Cabré / con la montaña avileña”.

El tenor Aquiles Machado –con Aquiles Báez en la guitarra– también ha cantado: “Desnudando el corazón / de la montaña de flores / le cuenta de sus amores / al amigo Reverón / quien sufre de una pasión, / de una pasión ribereña, / y mientras el pintor sueña / en décimas cantaré / los amores de Cabré / con la montaña avileña”.

El homenaje de Hidalgo (que además de músico es pintor) cierra con tinte nostálgico: “La belleza creadora / hizo el amor más intenso, / pero con tristeza pienso / que llegó la mala hora / cuando la mano pintora / dejó de hacer su reseña / y en la tarde caraqueña / por siempre recordaré / los amores de Cabré / con la montaña avileña”.

Clodovaldo Hernández