PUNTO Y SEGUIMOS | El precio de la traición 

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Con los enemigos declarados existe una suerte de honorabilidad o, más bien, de sinceridad; aplica para mucho en la vida, pero también en la política. Nadie puede sentirse engañado si vota por un banquero, es decir, por alguien que -por definición-  es enemigo y antagonista de las clases populares, pues solo le importa el lucro y la acumulación, y ve al Estado como un medio para facilitar dicha acumulación.

Entonces, si le doy mi “confianza” al empresario sin visión de patria, lógicamente no puedo esperar medidas a favor de las mayorías, nacionalizaciones, distribución de la tierra, impuestos y reformas a grandes fortunas, etc., pero sí que puedo estar segura de contratos para los amigos, leyes para el sector privado, toma de deuda para unos pocos, pero que paguen todos, y ese tipo de actividades “tradicionales” del neoliberalismo. 

Así las cosas, la verdad es que la derecha más rancia es bastante coherente, siempre predican lo mismo en campañas, apuntan a la caridad y fingen querer a los pobres porque estos son la mayoría de los votos, prometen cambio, libertad y progreso sin explicar nunca como lo harán y se aseguran -cuando llegan al poder- de acabar con lo público para engrosar lo privado. Ahí no hay secretos. Medios de comunicación e industria cultural podrán lavarles la cara, pero la realidad es esa: la derecha no gobierna para el pueblo, sino para ella misma. La otra cara de la moneda, es la izquierda o centro moderado que supuestamente se desmarca de esta concepción del mundo y apunta a otros valores, más humanos y colectivos, pero que al llegar a la “cima” de nuestra ilustre democracia burguesa la hace igual o peor que las oligarquías. Juntas hacen unidad para la salvación del capitalismo. Y vaya que son eficientes en eso. 

Miremos el caso del Ecuador, gobernado hace casi un año por el banquero Guillermo Lasso. El país sufre de desempleo, carestía en el costo de vida, aumento de la pobreza (y en consecuencia delincuencia), desmejora de los servicios públicos, etc., y se preguntarán: ¿en un año y ya acabaron con todos los logros de la Revolución Ciudadana? Y la respuesta es sí y no, porque efectivamente se ha gobernado para cierta clase social y política, pero quien destruyó el país y sentó las bases institucionales para acabar con cualquier vestigio de avance de los gobiernos de Rafael Correa fue su correligionario del movimiento Alianza País, Lenin Moreno. 

La traición de Moreno a su tolda política y al pueblo que lo eligió debería sistematizarse y usarse como el ejemplo de la perfecta “volteada”, jugada maestra que dejó en evidencia las debilidades ideológicas y de formación de un movimiento, pero que, sobre todo, demostró descarnadamente el elevado y doloroso costo de perder un proceso desde adentro. En apenas cuatro años, Moreno se las arregló para desmantelar lo que pudo: promulgó una consulta anticonstitucional que le permitió institucionalizar la persecución política; entregó a Julián Assange; sacó al Ecuador de la Unasur; despidió a miles de trabajadores de la Administración Pública; hizo recortes en educación y salud; dividió y aniquiló a Alianza País como opción política; pactó con los gringos y las oligarquías; fugó millones de dólares con los “Ina Papers”, empresas offshore donde figuran él y sus familiares cercanos; y aumentó el precio de los combustibles, lo que generó una revuelta popular en octubre de 2019, a la que respondió con una fuerte represión y una oferta de diálogo barata que logró terminar la protesta en las calles, pero sin cumplir efectivamente con nada de lo pactado. Además, fue cínico y descarado en sus alocuciones, insultó a la población y se les río en la cara todas las veces que pudo, con expresiones desgraciadas del tipo: “Ya hubiera querido yo tener un mejor pueblo” y ni hablar de la crisis al inicio de la pandemia de covid-19, de la que el mundo aún recuerda las dantescas imágenes de muertos en las calles de Guayaquil y las urnas de cartón dispuestas para las víctimas. 

Para cualquier proceso político que se haya propuesto realmente cambiar el sistema e intentar un nuevo modo de hacer las cosas, la traición es siempre el peligro mortal , pues no solo destruye lo construido en términos reales, sino que mina y acaba la moral de la militancia y del pueblo, y a veces es eso de lo que más cuesta recuperarse, si es que se puede. Ninguna derecha será nunca tan peligrosa como la que habita en nuestros espacios. Solo la formación político-ideológica real, teórica y práctica, practicada, ejercida y siempre vigilada por el Poder Popular, puede minimizar el riesgo siempre latente de que nos destruyan desde adentro. Ojo pelado y acción popular, que ciertas cacerías de brujas también se leen en términos de peligro. 

Mariel Carrillo