PUNTO Y SEGUIMOS | Sí, hemos migrado

Mariel Carrillo

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La migración venezolana ha sido nefasta. Y no en el modo en que el señor Julio Borges lo caracterizó, llamándonos plaga. No. Todo el fenómeno, desconocido en la Venezuela contemporánea acostumbrada a recibir migrantes en vez de exportarlos, ha sido de una tremenda dificultad y ha generado consecuencias que aún no terminamos de reconocer, estudiar o aceptar. 

Impulsada por la presión económica de los primeros tiempos de las sanciones (2014) y por una intensa campaña en medios, redes y hasta el viejo boca a boca, la migración de venezolanos es una realidad. Los números varían, y ninguno parece realmente confiable, ya que el gobierno aún no ofrece cifras oficiales y los medios e instituciones nacionales e internacionales se pliegan a un discurso político no respaldado con estudios, destinado a reforzar la idea de la “crisis humanitaria” y la “dictadura madurista” en el que se afirma que son 6 millones de nacionales los que han abandonado el territorio nacional.

Así las cosas, no existe un consenso acerca de cuántos venezolanos han salido del país desde el 2014, pero pocas estimaciones bajan del millón de personas, y lo cierto es que ahora, en pleno 2022, cualquier familia, de cualquier clase social afirma tener miembros o conocidos viviendo en el extranjero, o al menos, haberlo intentado (la cifra de retornados tampoco es clara). Probablemente, una vez se procesen los datos del XV Censo Nacional de Población y Vivienda, que, de hecho, incluye la pregunta de cuántos integrantes de la familia han migrado al exterior, podamos tener mayor claridad al respecto. 

Evidentemente, el asunto sufrió una suerte de negación por parte de las autoridades y exageración por parte de la oposición de derecha; generando mayores inconvenientes para las personas migrantes y para quienes se quedaron en el país sufriendo el desgarro familiar y social, pues no existió una política pública bien pensada ni la disposición a tratar un tema complejo del que sabíamos poco a nivel práctico. Miles de personas compraron el discurso del Apocalipsis y el fin del futuro en Venezuela, y salieron del país en condiciones sencillamente absurdas, cambiando muchas veces una situación difícil por una mucho peor. Los líderes opositores instaron al pueblo a huir, mientras pregonaban en los países receptores que los venezolanos constituíamos una plaga de difícil trato, siendo cómplices de un discurso de xenofobia y maltrato que caló hondamente, en especial en otras naciones del continente como Perú, Ecuador, Chile o Colombia. 

Los venezolanos, ahora despectivamente venecos, ya no éramos bien recibidos, pues no llegábamos a gastar los dólares de Cadivi ni a instalarnos como profesionales de alto nivel (que constituyeron una primera ola migratoria aún antes de las sanciones), sino a “robar los pocos puestos de trabajo” o a “cometer actos delictivos” y a ser los chivos expiatorios de problemas internos de esos países, en los que siempre somos nombrados como causantes de alteración del orden público, protesta social, delincuencia organizada, etc. 

La sociedad venezolana, migrante o no, se enfrentó y enfrenta no solo a las dificultades reales de la migración (económicas, políticas y emocionales), sino a un rechazo coordinado del que no teníamos conocimiento, ni consciencia, ni idea. El venezolano, que nunca había salido de su casa (por así decirlo) se descubrió poco conocido, poco querido y poco apreciado en pueblos a los que históricamente considerábamos hermanos. Fue salir del hogar y llegar a donde no te quieren. Y ha sido un shock que ha evidenciado lo peor de nosotros mismos (chovinismo, patriotismo barato, etc.), aunque, por supuesto, también ha traído otro tipo de consecuencias más amables como el conocimiento de nuestra gastronomía, formas de expresión cultural, remesas, etc. 

Al inicio dijimos que ha sido nefasto el éxodo fuera de nuestras fronteras, y lo ha sido por las condiciones reales y por las artificiales que han contribuido a que todo sea más difícil de lo que naturalmente es un fenómeno migratorio. Es nefasto el vacío que dejaron los que se fueron, las familias divididas, los círculos de amigos rotos, la sensación de pérdida, los barrios, urbanizaciones y espacios que humanamente cambiaron porque sus integrantes perdieron algo no material, sino personas, y el proceso de asimilación y readaptación lo vivimos sobre la marcha, sin mucha orientación y, sobre todo, sin experiencia. No contamos con una forma social que nos arrope y consuele, y quizá solo esperamos que algún día todos vuelvan, aunque sabemos que es solo una esperanza. Y ha sido terrible para muchos de los que se fueron y no logran adaptarse a la vida fuera de lo conocido, sin embargo, una vez se logra cierta estabilidad, plantearse el regreso a veces no es una opción. 

Y así estamos aquí y allá, un poco rotos y paralizados ante una realidad que nos es todavía nueva. Quizá ya sea hora de asumir, como país, que hemos migrado y que debemos buscar la manera de hacer frente a las consecuencias de lo que ya pasó. Estudiar la cuestión migratoria, preparar políticas de atención para los connacionales en el extranjero y, lo más importante, garantizar que no se caiga de nuevo en campañas de odio y desesperación que nos vuelvan a llevar a perder el recurso más relevante de una nación, que es su gente. 

Mariel Carrillo