Perfil | La espada nuestroamericana de José de San Martín

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No, el general San Martín jamás derramará la sangre de sus compatriotas y solo desenvainará la espada contra los enemigos de la Independencia de Suramérica”.

Estas palabras son la clave de la proclama que emitió José de San Martín, desde Chile, al rechazar la orden que había recibido del gobierno independentista con sede en Buenos Aires para que bajara de la cordillera andina y fuese a enfrentar a los federalistas, encabezados por José Gervasio Artigas, en la llamada Banda Oriental.

En su declaración, argumentó que si hubiese tomado parte activa en la guerra contra los federalistas habría tenido que renunciar a la empresa de libertar al Perú, “y suponiendo que la suerte de las armas me hubiera sido favorable en la guerra civil, yo habría tenido que llorar la victoria con los mismos vencidos”.

San Martín, con esta actitud, demostró de qué fibra estaba hecho y marcó pauta en la compleja realidad de la causa independentista del extremo sur del continente, un proceso paralelo pero bastante diferenciado del otro, el que ocurría en el norte del sur, con Simón Bolívar a la cabeza. Ambos hicieron histórico contacto en Guayaquil, para marcar la definitiva independencia del yugo español.

Hoy, dos siglos después de aquellos episodios, la postura nuestroamericanista de San Martín sigue teniendo insólitas resonancias, sobre todo cuando acaban de revelarse los planes que tuvo el gobierno neoliberal del empresario Mauricio Macri de participar en una agresión militar contra Venezuela en 2019.

Han pasado 200 años y sigue habiendo gobernantes que, en defensa de intereses de clase social –asociados indisolublemente a los imperiales– planean ataques contra otros pueblos del continente.

Negarse a utilizar sus tropas y talento militar contra Artigas le costó caro a San Martín, en términos personales. Pese a haber alcanzado la gloria de liberar a su propia tierra, a Chile y a Perú (en este último caso, con el concurso del Ejército de Bolívar), el gran bonaerense terminó desterrado y, en algunos tramos de su vida, sufriendo en la pobreza.

Para calibrar el tamaño de su decisión hay que entender el contexto histórico del Cono Sur. Pese a que la fama de belicistas y peleones la tenemos los caribeños, lo cierto es que en los territorios que habían sido del Virreinato del Río de la Plata, la guerra de independencia contra España fue a la vez una guerra civil entre centralistas y federalistas, es decir, un conflicto parecido al que Venezuela vivió en la segunda mitad del siglo XIX.

Según el historiador Felipe Pigna, esa conflagración intestina, con altos y bajos, puede considerarse una de las más prolongadas de la historia mundial, pues se inició en 1813 y duró casi hasta 1880. En regiones con rancias oligarquías terratenientes, el foco del conflicto siempre fue la propiedad y la posesión de las tierras.

San Martín no formaba parte de esas élites, aunque era hijo de españoles, vivió en la península desde niño y fue formado como militar en el Ejército de la Corona. Su vinculación a los altos círculos porteños se produjo mediante su matrimonio con María de los Remedios Escalada, quien sí pertenecía a una familia adinerada.

Visto con una óptica actual, el general podría ser considerado un depravado o, en el más benévolo de los casos, un “robacuna”, pues cuando se casaron, él tenía 34 y ella 15. Pero, de nuevo, no podemos incurrir en anacronismos históricos: eran otros tiempos y ese tipo de matrimonios no resultaban inusuales ni estaban mal vistos.

Más allá de este detalle, el punto es que San Martín logró ingresar a ese mundo debido a su meteórica carrera militar en España y a que tenía un acento andaluz que a alguna gente de alcurnia les parecía harto distinguido, valga el chisme.

Son varios los paralelismos entre las vidas de Bolívar y San Martín. Aparte del ya mencionado, de haber sido apartados y difamados por sus propios compatriotas, ambos quedaron viudos. Pero San Martín, a diferencia de Bolívar, tuvo una hija, Remedios, de cuya crianza se ocupó con una gran dedicación.

Una significativa diferencia entre los dos libertadores es que San Martín vivió hasta los 72 años (una ancianidad avanzada, para la época), mientras Bolívar, como bien se sabe, murió a los 47. En el largo tiempo que vivió en Europa disfrutó de las refinadas actividades culturales, en especial la música. Uno de sus buenos amigos, Alejandro Aguado, se dedicó a presentarle a grandes figuras del arte como Balzac, Donizetti, Rossini y Víctor Hugo. Cierta vez, San Martín le agradeció esa deferencia y Aguado le respondió: “Está equivocado: es esa gente famosa la que se moría por conocerlo a usted”.

Este 25 de febrero, cuando se celebra el 244° aniversario del natalicio del héroe argentino, es momento propicio para recordar su vocación irrenunciable por la independencia de nuestros pueblos. Para ello, valga rememorar la carta que envió a Artigas en 1819, en la que enfatizó: “Cada gota de sangre americana que se vierte por nuestros disgustos me llega al corazón. Paisano mío, hagamos un esfuerzo, transemos todo, y dediquémonos únicamente a la destrucción de los enemigos que quieran atacar nuestra libertad (…) No puedo ni debo analizar las causas de esta guerra entre hermanos, pero sean cuales fueren las causas creo que debemos cortar toda diferencia y dedicarnos a la destrucción de nuestros crueles enemigos, los españoles”.

Lástima que muchos de los actuales integrantes de las clases gobernantes de las naciones nuestroamericanas tienen tan poco de ese espíritu de los grandes libertadores.
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La Cumbre de Guayaquil

Igual que ocurrió con Bolívar, San Martín ha sido sometido a una operación de tergiversación de imagen a lo largo de la historia, de la cual surgió más como figura militar que como político. Pero ambos fueron una cosa y otra, inmensamente grandes en los dos campos.

Otra gran coincidencia fue que los dos generales estaban tan determinados a ganar la guerra contra España que fueron capaces de diseñar campañas militares que requirieron vencer el titánico obstáculo de la cordillera de Los Andes. Bolívar lo hizo para liberar a Colombia y, San Martín, a Chile.

El encuentro que ambos sostuvieron en Guayaquil también ha sido rodeado de muchas sombras: se ha dicho que fue una especie de batalla entre los dos liderazgos por el título de máximo libertador de América. Según esta visión, Bolívar se quedó con la distinción porque correspondió a su Ejército poner los broches definitivos a la emancipación con las batallas que liberaron al Perú.

En descargo de San Martín se asegura que él llegó a Guayaquil sin tener siquiera el respaldo inequívoco de las autoridades de su propia tierra ni tampoco el de los chilenos. Bolívar, en cambio, vivía su momento de máxima incandescencia.

Deliberaron sobre quién debería comandar las operaciones y San Martín concedió que debería ser Bolívar, pero éste expresó: “General, mi delicadeza no me permitiría jamás tener bajo mi mando a un jefe como usted”.

Clodovaldo Hernández