La mujer comunera, orgullo de la Revolución

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Que en las comunas de Venezuela mandan las mujeres es una verdad que cualquiera puede comprobar. Y no es un dominio nacido de decisiones elitescas o imposiciones legales, sino que procede de las bases: de los consejos comunales, de las mesas técnicas, de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción y de cualquier otra célula del Poder Popular.

Sin las aguerridas mujeres de los barrios y los pueblos de todo el país, el aspecto más utópico de la Revolución Bolivariana, las comunas, no serían más que eso, otra utopía escrita en ensayos académicos o un proyecto convertido en chatarra por el abandono y la desidia.

Muchos dirán que la anterior es una visión demasiado optimista, que las comunas siguen estando muy lejos del sueño inicial: claro, es cierto, pero eso poco que se ha logrado (que en algunas comunidades es mucho, es todo) tiene por dentro un relleno de ovarios.
El arquetipo de la mujer comunera es raigalmente chavista. Nace de la desbordante energía feminista que el Comandante Hugo Chávez puso a circular desde su arribo al poder y que fue en él una conciencia creciente en el tiempo.

Algún componente de la génesis de este fenómeno ha de encontrarse en la Constitución Bolivariana de 1999, ese texto en el que se visibiliza lo femenino de una manera tenaz, en cada artículo, en cada numeral, en cada sustantivo, en cada adjetivo.

La mujer comunera encuentra caminos de realización en las primeras misiones sociales, en especial en las educativas –Robinson, Ribas y Sucre– mediante las cuales muchas de ellas (desde las muy jóvenes hasta las adultas mayores) comenzaron a emanciparse de sus hombres (padres, parejas, hijos, jefes, figuras de autoridad) y, sobre todo, de sus propias maneras patriarcales de estar en el mundo.

Las formas de organización comunitaria que surgieron al calor de esas y otras misiones (Barrio Adentro, Negra Hipólita, Madres del Barrio, Mercal) fueron el escenario propicio para que esas mujeres en proceso de emancipación asumieran roles protagónicos. ¡Y vaya si lo hicieron! La mayoría de quienes integraron originalmente estas estructuras medulares de la Revolución fueron mujeres y hoy en día siguen siendo ellas las que mandan.

Cuando tomó forma la idea de los consejos comunales y las comunas, esa participación mayoritaria femenina cobró una dimensión aún mayor, se aceleró, se multiplicó. Donde sea que surgió la idea de una de estas organizaciones de base, allí estaban las mujeres en primer plano.

El protagonismo de las mujeres en las actividades comunitarias se acentuó y se hizo más relevante aún luego del fallecimiento de Chávez, cuando salieron a flote todos los demonios antirrevolucionarios. En los tiempos más cruentos de la guerra económica, cuando se pretendió doblegar al pueblo con escasez, desabastecimiento, especulación y hambre, las mujeres se hicieron cargo de casi todos los CLAP, encabezando así la respuesta soberana en materia de alimentación del pueblo.

Durante los años de las medidas coercitivas unilaterales y el bloqueo imperial, el rol de la mujer comunera ha sido crucial para el país, ya no solo en materia de alimentación, sino también en la defensa propiamente dicha, porque muchas de ellas se han incorporado también a la Milicia Nacional Bolivariana. Así de echadas pa’ lante son ellas.

No es nada insólito, por cierto, pues la capacidad de la mujer venezolana para realizar actividades en diversos planos (hogar, educación de los hijos, trabajo asalariado) estaba más que probada desde tiempos inmemoriales. Esa versatilidad –lo que ahora se llama multitarea– había sido en buena medida subproducto del machismo imperante, de la paternidad irresponsable y otras rémoras de nuestra sociedad.
Con la integración a las formas de organización social, estas mujeres han alcanzado niveles más altos en esa facultad de multiplicarse. La mujer soltera que ha criado a sus hijos como “madre y padre a la vez” encontró en las células del Poder Popular la posibilidad de ejercer liderazgo, de interactuar con funcionarios de la burocracia regular, de valorarse más a sí misma y dar así el ejemplo tanto para su propia familia como para sus pares en la comunidad.

No es poca la influencia que estas renovadas formas de liderazgo femenino han tenido ya en el inconsciente colectivo. De nuevo, falta mucho por avanzar, pero no hay duda de que en una comunidad que cuente con el liderazgo de la mujer comunera ya no será hegemónico el imaginario de la miss o de la chica pobre que alcanza la felicidad al empatarse con un galán de telenovela o con un delincuente que ostenta el poder local a punta de terror.

La mujer comunera, como líder social de carne y hueso y parte de la comunidad, cumple entonces una hermosa función educativa, al demostrar con su ejemplo las potencialidades femeninas que han permanecido ocultas por años y años de dominio patriarcal.

Por supuesto que no todo es digno de elogio en lo que respecta a las mujeres que dirigen el Poder Popular. Sería muy poco objetivo negar que algunas de estas nuevas líderes se han corrompido del mismo modo que muchos hombres y han utilizado su poder para enriquecerse y hasta para “ascender socialmente”, en el sentido más capitalista salvaje de esta expresión.

Es natural, pues la igualdad no opera solo para lo bueno, sino también para las perversiones que nos menoscaban como sociedad. Por fortuna, se trata de minorías y el propio Poder Popular debe encontrar los mecanismos de depuración adecuados. La gran mayoría de las comuneras han sido y siguen siendo un legítimo orgullo para la Revolución.
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Doña Rosa, comunera originaria

El Comandante Chávez nunca ahorró palabras para referirse a su abuela Rosa Inés, su “mamá-vieja”. Y cuando se buscan las trazas de su pensamiento feminista, las primeras pueden encontrarse en la crianza que ella le prodigó.

En el libro Chávez en tinta de mujer (Ediciones Correo del Orinoco 2012, compilación de Asalia Venegas) pueden leerse sus reflexiones acerca de la matrona, en las que ella queda retratada como ese modelo de la mujer venezolana que se repite a lo largo de nuestra tierra y de nuestra historia y que constituye la esencia de la comunera del siglo XXI.

“Al lado de Rosa Inés conocí la humildad, la pobreza, el dolor, el no tener a veces para la comida; supe de las injusticias de este mundo. Aprendí con ella a trabajar y a cosechar. Conocí la solidaridad: ‘Huguito, vaya y llévele a doña Rosa Figueredo esta hallaca, este poquito de dulce’. Me tocaba ir, en su nombre, repartiendo platicos a las amigas y a los amigos que no tenían nada o casi nada, como nosotros. Y siempre venía también de vuelta con otras cositas que mandaban de allá: ‘Llévele a doña Rosa esto’, y era un dulce o una mazamorra o un bollito de maíz. Yo aprendí con ella los principios y los valores del venezolano humilde, de los que nunca tuvieron nada y construyen el alma de mi país”.

Si leemos con cuidado estas palabras, encontraremos mucho del espíritu de las comunas, en donde tantas Rosa Inés predican con el ejemplo.

Clodovaldo Hernández