HISTORIA VIVA | Esclavos o esclavizados

Aldemaro Barrios Romero

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A propósito de la conmemoración del Decreto de José Gregorio Monagas sobre la abolición del esclavitud el 24 de marzo de 1854, no fue ninguna abolición sino un formidable negocio cuando los “amos”, algunos ex realistas o patriotas recibieron abundantes sumas de dinero o bienes a cambio de liberar a seres humanos sometidos a las arbitrariedades de sus “dueños”.

Páez fue uno de ellos, pero hubo otros que en ese tiempo histórico se aprovecharon de esta decisión del gobierno para cesarse de los gastos que implicaba mantener a seres humanos esclavizados que ya no resultaba un lujo sino un “problema” para los “propietarios” como si tratara de carretas viejas cuyas piezas ya no funcionaban, con la diferencia que tales “objetos” comían, había que asistirlos y gastar dinero en su manutención.

Bolívar con intuición histórico-política lo había dicho en el discurso ante la Sociedad Patriótica la noche del 3 de junio de 1811, cuando se deslindaba lógicamente de la intervención de Napoleón en España: “¿Qué nos importa que España venda a Bonaparte sus esclavos o que los conserve, si estamos resultados a ser libres? Esas dudas son tristes efectos de las antiguas cadenas”. Luego dio el ejemplo en San Mateo, cuando liberó a los esclavizados de su hacienda en San Mateo y cuando decretó la libertad absoluta a todos los esclavizados que se alistaron en las filas del Ejército Patriota el 2 de junio de 1816.

Una sinrazón que siempre “puentearon” los propietarios convertidos en legisladores desde el Congreso de Angostura hasta los días finales de la existencia de Bolívar y más allá de 1854.

Hay suficientes documentos que registran las luchas de esclavizadas y esclavizados por defender lo decretado por Bolívar en 1816, como lo hizo Juana Andrea Solórzano, esposa del teniente de caballería Pedro Camejo, “El Negro Primero”, ella tenía 18 años cuando se casó con el épico negro, tanto Camejo como “la incomparable Bizarra”, como solía llamarla su esposo, eran miembros del Ejército Libertador, acompañaron a Páez en las campañas emprendidas por los Bravos de Apure, estuvieron en Carabobo en 1821.

En 1846 vivía en San Fernando cuando hizo su solicitud de montepío al gobierno nacional, mostró los documentos probatorios firmados por el general Páez y otras constancias que dieron fe de sus faenas guerreras al lado de su marido “Negro Primero”. Pero tuvo que defenderse ante un tribunal en Calabozo porque sus antiguos “dueños” reclamaron los “derechos” sobre la negra Juana Andrea Solórzano, y ganó una segunda batalla por su libertad.

Esa historia no ha terminado en el sentido que aún viven entre nosotros “esclavizados mentales” de todo tipo, que no son capaces de zafarse los amarres neocoloniales, sembrados desde niños a través de los medios de comunicación, desde la cultura neocolonial televisada o proyectada a través de las redes o en la misma escuela.

Las mentes esclavizadas de hoy, incapaces de pensar, todavía cavilan si es mejor que nos piense un inglés, un norteamericano, un francés o un alemán, cuando aquí quienes conocemos mejor nuestra situación somos nosotros mismos. No digo tampoco que nos cerremos como ostras y que lo expuesto por pensadores como el argentino-mexicano Enrique Dusell, el argentino Atilio Borón, el boliviano Fernando Huanacuni Mamani o el peruano Aníbal Qujano, entre otros, resultan lecturas necesarias para compartir experiencias como la que vive Venezuela en tiempos de Revolución Bolivariana.

Hay que formar las nuevas generaciones de pensadores para revolucionar nuestra experiencia vital, tal cual lo señaló Dusell en su trabajo Las 20 razones políticas:“lo que viene es una nueva civilización transmoderna y por ello transcapitalista. El siglo XXI exige una gran creatividad. Es la hora de los pueblos, de los originarios, de los excluidos, la política consiste en tener cada mañana oído de discípulo para que los que mandan, manden obedeciendo” al pueblo y sus grandes mayorías como acto supremo de democracia.

Todavía y ahora más que nunca tiene pertinencia aquella idea de crear el Instituto Nacional para la Descolonización, anunciado por el presidente Nicolás Maduro en 2018, una propuesta que resulta tan necesaria para la proyección política, no solo del bolivarianismo en Venezuela, sino para América Latina como movimiento descolonizador.

Muchas preguntas se hacen sobre que ocurrió con ello, cuando el propio Dussell señaló que “hasta la estrategia militar hay que pensarla descolonizadamente”. En tiempos de la recuperación del Sambil de La Candelaria, también es necesario recuperar esa extraordinaria idea del Instituto Nacional para la Descolonización en Caracas.

Aldemaro Barrios Romero | venezuelared@gmail.com