CRÓNICAS Y DELIRIOS | Anecdotario

Igor Delgado Senior

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Hoy, amigos lectores, continuamos con nuestro fervor por las anécdotas de personajes célebres, que nos motivan las reflexiones o el deleite vital.

—Nelson Mandela refiere que ya siendo presidente de Sudáfrica, acudió con sus escoltas a un módico restaurant, y cada uno solicitó al camarero la comida de su preferencia. Mientras aguardaban, Mandela observó que en mesa cercana se hallaba un señor esperando ser atendido; y cuando a éste  le trajeron su plato, el presidente pidió a uno de los escoltas que le invitara  para que los acompañase.

Al recibir la invitación, el hombre tomó el plato y se sentó  junto al grupo sin decir palabra. Comía mientras temblaba y no levantaba la vista. Al finalizar se despidió, apenas mirando a Mandela que le extendía la mano, y partió.

El escolta, sorprendido, dijo: “Madiva, ese hombre debe estar muy enfermo, no paraba de temblar”.

Y Mandela le respondió: “¡No es esa la razón! Tal sujeto era el guardián de la cárcel donde estuve preso. A menudo, después de las torturas a las que me sometían, yo gritaba pidiendo un poco de agua. Entonces, él iba y me humillaba, se reía de mí y en vez de darme agua, orinaba sobre mi cabeza. Quizás esperaba que yo hiciese lo mismo con él ahora que soy presidente, pero no es ésa mi conducta ni mi ética, pues las personas deseosas de venganza sólo destruyen los estados, mientras aquellas que buscan la reconciliación construyen naciones”.

—Frank Sinatra era, según algunas de sus amantes, “sexo, sexo y más sexo”. Esta opinión coincidiría con la de Ava Gardner, años después, durante el rodaje de Mogambo (1953),  cuando su director, el también famoso John Ford, interpeló a Ava con un “¿Por qué no le cuentas a mi amigo diplomático aquí presente lo que ves en ese renacuajo de 50 kilos con el que te has casado?”.

Y Ava Gardner, que no tenía ningún freno para expresar lo que pensaba, le respondió: “Por supuesto, señor Ford, 3 kilos son de Frankie y 47 kilos de materia libidinosa”. ¡Su compañera Lana Turner no había exagerado sobre lo bien dotado que estaba Frank Sinatra!

—Charles Chaplin  invitó a Albert Einstein al estreno de su film Luces de la Ciudad (Los Angeles, California, 1931). Al saludarlo, Einstein elogió al insigne actor y humorista de la siguiente manera: “Lo que he admirado siempre de usted es que su arte es universal; todo el mundo le comprende y admira”.

–Lo suyo es mucho más digno de respeto –respondió Chaplin–, todo el mundo le admira y prácticamente nadie le comprende.

—Reseñan que Einstein estaba siempre ensimismado, con el  pensamiento puesto en la formulación de sus teorías, y por ello muchos equivocaban criterios acerca de esa conducta.

Una vez en que el sabio se hallaba acostado sobre una silla de extensión en el patio de su casa de Princeton, un vecino pasó y le dijo: “¡Ahhh, descansando, mister Einsten!”

–No, trabajando –repuso Einstein.

Al día siguiente, el científico se encontraba podando la grama con un máquina y el mismo vecino pasó y le dijo: “¡Ahhh, trabajando, mister!”

–No, descansando –contestó Einstein

—El gran novelista Alejandro Dumas, padre, tenía una vida privada muy disoluta. Muestra de ello fue que en el momento de reconocer como hijo suyo a un niño cuya madre formaba parte de sus numerosas amantes, le expresó al notario:

-¡Su señoría!, reconozco al niño, pero le doy mi palabra de honor que me sería imposible reconocer a la madre.

—Cuentan que en cierta oportunidad, un marchand de obras de arte visitó a Picasso en su residencia, y al fijarse en las paredes desnudas le preguntó:

-Maestro, ¿por qué usted no tiene cuadros suyos en la casa?

-¡Porque son muy caros! –replicó Picasso.

Por otra parte, comentaban las malas lenguas de la época que el genial pintor siempre pagaba sus compras mediante cheques, pues sabía que ningún acreedor los cobraba para así guardar su firma.

—Como bien se ha evocado recientemente, a mediados de octubre de 1825 Bolívar arribó a la Villa Real del Potosí, y ahí firmó un decreto prolongando la permanencia hasta el día de San Simón, fecha de su cumpleaños. La ciudad entera se engalanó a fin de celebrarlo, y aquella noche se le ofreció un banquete en el edificio de las Arcas Reales.

Durante el baile que culminó la elegante cena, Bolívar, notando que las damas de la aristocracia peruana no querían bailar con el General José Laurencio Silva por su piel oscura, mandó a parar la música y dirigiéndose a él, en alta voz le dijo: “General José Laurencio Silva, héroe de mil batallas y Salvador de la Patria, permítame el altísimo honor de bailar con usted”.

De seguidas, lo tomó por el brazo, lo llevó al centro de la sala y ambos empezaron a danzar como los dos buenos bailadores y amigos que eran. Luego, todo el grupo de damas presentes decidió bailar con José Laurencio.

—Lo que cuenta Luis Buñuel sobre Salvador Dalí, en su libro de memorias Mi último suspiro:

“La vida sexual de Dalí fue prácticamente inexistente. Era un imaginativo, de tendencias ligeramente sádicas. Por completo asexuado, de joven se burlaba sin cesar de los amigos que amaban y buscaban a las mujeres, hasta el día en que violado por su esposa Gala, me escribió una carta de seis páginas para explicarme las maravillas del amor físico. Gala es la única mujer con la que ha hecho realmente el amor. Llegó a seducir a otras mujeres, sobre todo multimillonarias americanas, pero se conformaba, por ejemplo, con desnudarlas en su apartamento, freír un par de huevos, colocárselos a las mujeres sobre los hombros y despedirlas sin decir palabra…”

—El diálogo entre Alejandro Magno y el filósofo Diógenes de Sinope es una de las anécdotas más universalmente conocidas, y en esta ocasión la reproducimos para el consumo de los noveles lectores:

Viviendo en Corinto, Diógenes peroraba desde un tonel y dormía en una tinaja. Al arribar Alejandro Magno con su ejército a la ciudad, toda la población corrió a recibirlo, pero Diógenes se mantuvo indiferente al fastos y boato del emperador. Entonces fue el propio Alejandro Magno quien, conocedor de la fama del filósofo, buscó a Diógenes y le dijo: “Quería demostrarte mi admiración. Pídeme lo que tú quieras, puedo darte cualquier cosa que desees”, ante lo que Diógenes respondió: “Por supuesto, no seré yo quien te impida demostrar tu afecto. Querría pedirte que te apartes del sol, pues mi más grande deseo es que sus rayos me toquen”.

Igor Delgado Senior