Perfil | ¡Qué momento para hablar de libertad de prensa!

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En materia de coacción a la libertad de prensa las cosas nunca están tan mal como para que no puedan ponerse peor.

El pasado 3 de mayo, Día Internacional de la Libertad de Prensa, encontró al mundo en medio de un conflicto bélico del que solo se difunde una óptica (la otra está ferozmente censurada a escala global); lo encontró con la más grosera plutocracia al mando de los grandes medios y plataformas de comunicación; lo encontró con Julian Assange a punto de ser extraditado a Estados Unidos, donde será silenciado para siempre por el delito de haber informado sobre aquello que la élite de ese país y sus aliados no querían que la gente supiera.

Y, para completar esta espiral de hipocresía, encontró al mundo con todo el poder hegemónico de Washington y la Unión Europea mintiendo sin contención alguna sobre el mismo tema del estado de la libertad de prensa, presentándose como víctima de las restricciones que esta sufre y acusando a su nuevo y oscuro enemigo, Rusia, de ser el verdugo del derecho de la humanidad a estar informada.

En rigor, no son nuevas las limitaciones a la libertad de prensa derivadas de los poderes políticos y fácticos del planeta. Pero hay bastantes señales de que estamos viviendo una acelerada retrogradación.

La idea de un Día Internacional de la Libertad de Expresión ha sido desde su génesis, a principios de los 90, una iniciativa de los países hegemónicos y de los dueños de medios para desviar el debate respecto a este tema y centrarlo en las acciones de dictaduras y gobiernos autoritarios. Pero el verdadero gran escollo para que la prensa sea libre es el régimen de propiedad de los medios de comunicación (convencionales o de nuevo tipo) y de las plataformas a través de las cuales se están desarrollando casi todas las interacciones humanas colectivas e individuales en este tiempo.

Los dueños de las grandes corporaciones de la guerra, la energía, la alimentación, la banca, la salud, los bienes raíces y el comercio por internet son, literalmente, los propietarios del mundo. Y también han comprado los medios de comunicación, las redes sociales y las plataformas digitales.

Los grandes medios convencionales (impresos y audiovisuales) están hace años en manos de grupos de inversionistas que, a la vez, son propietarios de todo lo que mueve dinero en el planeta. Con esos señores feudales, el espacio para el periodismo verdadero es casi nulo. Todo lo que trafica a través de esos medios es propaganda, publicidad y mercadeo.

El escritor español José Ovejero dice una verdad que parece obvia, pero que pasa inadvertida para muchos: “La gran mayoría de los periódicos son cercanos a la derecha, puesto que buena parte del capital que requiere fundarlos, mantenerlos y buena parte de la publicidad imprescindible para su subsistencia pertenece a empresas interesadas en que no gobierne la izquierda”.

Acabamos de ver como Elon Musk, uno de los hombres más adinerados del orbe, ha comprado la empresa Twitter, que canaliza buena parte de la “libre expresión” global. Sacó 44 mil millones de dólares de su bolsillo para darse este pequeño capricho de millonario seductor.

Algunos, de un modo un poco inocente, se alegraron porque Musk dijo que de ahora en adelante, Twitter será equilibrado, luego que en medio del conflicto OTAN-Rusia ha aplicado la censura a todo aquel que no apoye la versión de Estados Unidos y sus aliados.

Pero nadie debe olvidar que Musk se ufanó de que “podemos darle un golpe de Estado a quien queramos”, a propósito de cómo los agentes políticos y fácticos incidieron en el derrocamiento de Evo Morales, un asunto en el que este magnate participó, porque Bolivia es uno de los principales productores mundiales de litio, clave para la empresa de vehículos eléctricos Tesla, propiedad del ahora dueño del pájaro azul.

Assange: el peor ataque

a la libertad de información

Digan lo que digan los mismos medios, el caso más descarado de persecución al periodismo en los últimos tiempos en el planeta es el de Assange. En el Día Mundial de la Libertad de Prensa, si fuese una efemérides seria, Assange tendría que haber encabezado el clamor universal.

Si Assange estuviese siendo solicitado en extradición por China, Rusia, Irán o cualquier país no sometido a las órdenes de Washington, el escándalo sería mayúsculo. Tal vez hasta hubiera provocado una guerra, un bombardeo humanitario o una acción del tipo “rescatando al soldado Ryan”.

Pero como los afectados por la difusión de la información que él obtuvo y publicó son los integrantes de las poderosas élites globales, tanto las ONG defensoras de la libertad de expresión como la maquinaria mediática propiamente dicha, censuran el tema o de manera abierta se muestran de acuerdo con que a este hombre se le castigue, como planea hacerlo EEUU, con prisión de por vida.

EEUU y sus socios de la OTAN enfrentaron el Día de la Libertad de Prensa con la artillería pesada de la mentira, la tergiversación y la manipulación. En su narrativa, todas las violaciones a la libertad de prensa y al trabajo de los periodistas son cometidas por Rusia y por países estigmatizados como dictaduras comunistas, entre ellos Venezuela, Nicaragua y Cuba.

Según esa versión, en el conflicto ucraniano, los medios occidentales son las víctimas de toda clase de atropellos, incluyendo el asesinato de periodistas. La mayor parte de esas acusaciones carece de fundamento. Pero, adicionalmente, la libertad de prensa que se reclama es pisoteada por las potencias “occidentales” mediante el silencio total de las atrocidades cometidas por las fuerzas regulares e irregulares de Ucrania en contra de la población y de los medios que no respaldan a la OTAN. ¡Qué día este Día de la Libertad de Prensa!

Periodismo neocolonizado

Uno de los grandes trucos de los sectores archipoderosos propietarios de los grandes medios y plataformas para mantener la apariencia de que luchan por la libertad de prensa es haber colonizado también las ONG especializadas en el tema, los ámbitos académicos de la comunicación social y los órganos dedicados al periodismo de investigación.

Los financistas de muchas de estas organizaciones, de facultades y escuelas de comunicación y de investigaciones que son presentadas como fruto del trabajo de comunicadores independientes (como los integrantes del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación, ICIJ) son grandes magnates y corporaciones capitalistas, como George Soros y la Fundación Ford.

Esas ONG, universidades y grupos de periodistas investigadores tienen también el respaldo económico de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid), fachada de Agencia Central de Inteligencia (CIA); o de grupos de presión dedicados a la injerencia en muchos otros países, como la National Endowment for Democracy (NED).

Esta es la realidad: piezas del complejo industrial-militar-financiero-comunicacional sostienen con sus “aportes” a las ONG, a los centros académicos y a la prensa investigadora. Y, por supuesto, con sus contribuciones quedan fuera de toda sospecha porque nadie se atrevería a morder la mano del amo.

CIUDAD CCS / CLODOVALDO HERNÁNDEZ