LETRA VEGUERA | La «estética» se fue con la renta petrolera

Federico Ruiz Tirado

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El hombre y la mujer de la llamada clase media se vienen comportando como peces en las aguas que han sentido crujir los puentes de este tiempo por dónde cursan guerras híbridas, pandemias, metaversos, experimentos de la NASA, insólitos cambios climáticos, inclasificables fenómenos políticos; se comportan, digo, como los toletes de queso que rellenan el sándwich (sea este fresco, feta o de origen francés, «de año» aliñado con vainitas muy simples), que los hacen lucir como raras exquisiteces propias de la cultura burguesa, no por otra razón que por cumplir con la tendencia impuesta por la «estética» del momento, convertida en una pseudonecesidad: la de parecer potable y ser aceptada, además, con echonerías.

Cuanto más parezca fitness, blanca(o), lampiña(o), la camisa esté acorde a la estación respectiva (europea o gringa): de cuadritos simétricos, equiláteros, que no se note ser pobre, entallada y sin muchos miriñaques, mucho mejor, convirtiendo así a la persona en voraz consumidor del fashion del año siguiente o de la próxima temporada, sin percatarse del fraude que asimila la estafa de las «temporadas» en un país sin estaciones, por más dolarizado que esté.

Es como si la cigüeña se hubiera dormitado en el reino de las nubes y lo hubiera zumbado(a) aquí mismito, cuando lo único que debió hacer era fruncir sus glúteos, inhalar, exhalar, aguantar y depositarlo(a) unas horas más tarde allá donde hoy estaría pensando en el abrigo, la bufanda, la bota, el peinado, el celular 2022, o la mejor falsificación de la marca de moda.

El mercado sabe vender ese parecerse al estereotipo que pasa por categorías étnico-raciales, de clase social y de género. Asunto que aparenta trascender clases sociales, cuando en realidad las reafirma.

Otro signo de la violencia simbólica de este tiempo es el  acoso estético. Se reproduce en lo cotidiano a través de la valoración o desvalorización, halago o burla, calificación o descalificación y sublimación del modo de producción cultural. A un candidato(a) deben buscarle esposa o esposo, preferiblemente rubio o rubia, preferiblemente delgado o delgada, preferiblemente muda o mudo. Lo demás puede arreglarse cirugía mediante, hasta lograr que la parejita se exhiba en la valla publicitaria o cercana a ello.

Espejito, espejito, dime que los pelos están en su sitio, dime quién es la más linda de la Asamblea, no me cuentes que sumé más kilos, regálame la ilusión de quitarme esta mancha marrón que cubre mi piel desde el talón (mío y no el de Aquiles), rodea mi tronco, base y extremidades, y se desliza por la encía hasta la raíz de la nuca (Michael Jackson mediante).

En fin, espejito, no hagas que sufra por ser lo que no soy. El acoso estético es profundamente excluyente y autoexcluyente. Mientras los modos de producción cultural producen y reproducen sus lógicas de capital, la composición de sus públicos es de clase. No es igual una camisa de cuadros de un dueño de emporio (Lorenzo, por ejemplo), a del gerente que cae en la emboscada de intentar los mismos anteojos, el mismo color de cabello, la misma onda despreocupada del rey de la harina precocida.

Lorenzo es dueño del capital y de su fuerza de trabajo, como también lo es del modo de producción cultural consciente o inconscientemente, es garante de perpetuar el orden de las cosas en la distribución inequitativa, es decir, la distribución injusta y desigual de los bienes simbólicos y materiales. El trabajador que quiere y cree que parecerse estéticamente a él lo iguala, es muy probable que llegue a consumir el mismo bien y lo dice con un orgullo que solo a él le da satisfacción, de hecho pueden almorzar en la misma mesa, pero eso no los iguala ni en el hambre ni en la saciedad.

El bien de consumo está accesible cuanto más cree el espejismo de alcanzarlo. Con la estética surge una mezcla de sinsabores que es banalizada por la propia industria de la publicidad, cuando insiste en ubicar al país como el de las mises, previa compra de servicios masivos de operaciones, de la delgadez a juro, en la disyuntiva del hacerse las tetas o pagar las deudas, en comprar el último calzado de moda o usar la camisa y el cabello planchado.

Esto me recuerda a la leche Klim. Es un problema de clase, de origen, de la mano que mece la cuna: la señora María Corina Machado aprieta su mandíbula, frunce los cachetes como si tuviera un pitillo minúsculo en su boca y sonríe de soslayo mientras saluda a Delsa, por ejemplo, o a otra «dirigente» de la MUD, que finge la casualidad de que ambas coincidieran con una camisa blanca. Ah, pero en realidad para María Corina Machado esta otra no la alcanza, la del gusto es ella misma por sí misma y el don divino que le concedió el Gran Poder de Dios del Capital y sus apellidos, y no estas improvisadas que corrieron a Zara y compraron algo que no se viera tan barato. Machado sabe que la de ella no tiene precio, no es ese el problema, la original, la única, la que debe callarse su desprecio por las reconstruidas tetas de bajo presupuesto en la buhonería de Chacaíto, por ese tatuaje de las cejas que segurito usó de molde el trasero de una taza de café; en fin, de la falta de buen gusto de su interlocutora.

Irremediable y agotada de tanta tolerancia, MariCori le confesaría a su madre atribulada su dosis de sacrificio: «Las cosas que debo hacer por mi país, por la política: tolerar el mal gusto y la imitadora barata, chica, ¡qué atroz!». Al fin y al cabo ni el chicharrón con pelos se salva como bien de consumo diferenciado por la clase social.

La derecha y la izquierda y, la estética y los reales

La estética de la clase media, pretenciosa y autoengañada busca parecerse a lo que no es y se subordina a un modo de uso de los bienes que pretende cumplir con los códigos que interpreta como propios de la clase social a la que no pertenece, pero que le quita el sueño. Cuántas Delsa no duermen por querer parecerse a MariCori o a la Tintori. Muy a su pesar, de derecha o de izquierda, es presa de la estética burguesa que deslumbra haciendo creer que las diferencias culturales son dadas por el don concedido más allá del poder adquisitivo, un orden irremediablemente armónico para sí mismo, natural y necesario en la perpetuación de las cosas.

Este modo de usar los bienes, tal como lo dice Pierre Bordieu, expresa tres estéticas desiguales: la estética burguesa, la de los sectores medios, que se constituye fundamentalmente por la industria cultural y por la asimilación de ciertas prácticas; y, la tercera, la estética popular, que se representa como pragmática y funcional.

Manuela y Hugo Chávez

¿Acaso ya Manuelita reconocía de forma implícita las relaciones de poder dadas las diferencias de clase, etnicidad-raza y género? En 1822 apuntó: «Los señores generales del ejército patriota no nos permitieron unirnos a ellos: mi Jonathan y Nathan sienten como yo el mismo interés de hacer la lucha; porque somos criollas y mulatas a las que nos pertenece la libertad de este suelo».

A decir (o a según), Vanessa Ortiz Piedrahíta, las categorías etnia, clase social y género sirven para normar las relaciones entre los individuos y los modelos estéticos: «El orden étnico-racial, el género y la clase social, producen formas de clasificación social arbitrarias a partir de las apariencias físicas de las personas, afectando, de esta manera, la construcción subjetiva de la propia corporalidad».

¿Eliges? Hay un ejercicio del escoger que se parece mucho al regaño condicionado, al interrogatorio cuaimatizado en ciernes, cuando irrumpe con preguntas como: «¿Tomaste caña con soda o con agua?» o «¿fumaste con filtro o sin filtro?», ante lo cual, la única opción aparente es contestar una de las dos sentencias ofrecidas y no el fondo de la pregunta. Con lo aparente, con la estética sucede otro tanto: la tendencia es un espejismo que perpetúa las inequidades, anula el sentido pragmático y funcional que ubique al ser humano por encima de la enajenación engañosa de pretender ser aceptado por la apariencia y descalificado por ser como es en su realidad concreta.

¿Eliges? El gusto no es una manifestación libre, sino que «es el modo en que la vida de cada uno se adapta a las posibilidades estilísticas ofrecidas por su condición de clase», dice Bordieu. En el caso del hábitus, «los sujetos seleccionan, cuando simulan el teatro de las preferencias, en rigor están representando los papeles que les fijó el sistema de clases».

Acaso desde el chavismo originario podríamos revisar el peso hegemónico de la violencia simbólica. Chávez reía a mandíbula suelta con su diastema. Habló de la diarrea que lo atacó y de los perros que no lo dejaban defecar. ¿Cuántos odontólogos no le ofrecerían brakers y liguitas y soluciones exprés para sus dientes separados? Bromeaba con su cabello. Cantaba a capela y de la verruga hizo un show. Descalificó su aspecto, su origen campesino y veguero como una contraofensiva, ubicando la banalidad lejos de él, confiado en lo que era y no en lo que pretendían que fuera. Se declaró tres veces más feo que Aristóbulo, pero pasaba a lo concreto, a la urgencia de disminuir desigualdades sociales, a la contrahegemonía.

Chávez iba en un contrapunto vertiginoso, inagotable, donde lo superficial ocupaba el puesto que le toca, ni una fracción más. Y reivindicaba las «rarezas», las discapacidades, los cambios, las diferencias naturales, mientras iba contundente a desenmarañar las múltiples modalidades que ha adquirido la inequidad.

Ahora, cuando parecieran estar bajo amenaza las contradicciones que puso sobre el tapete Hugo Chávez, hay muchos zombis monocromáticos que pretenden un brinco aeróbico al saltarse las medidas políticas, sociales, económicas o culturales. Me pregunto, ¿es la Venezuela sin Chávez, sin la verruga? Volver atrás, a aquella Venezuela «full» de petróleo, mises y beisboleros, whisky. Yo me resisto.

¿Qué somos y qué parecemos? ¿Existe una estética del chavismo y del antichavismo?

Federico Ruiz Tirado