Perfil | La derrota del nazismo (versión no hollywoodense)

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La Unión Soviética puso en la lucha contra el nazi-fascismo 27 millones de vidas, algo cercano a la población completa de Venezuela hoy en día. Fueron las tropas de la Unión Soviética las que resistieron tenazmente, durante años, la arremetida de Hitler, mientras Europa casi entera ya estaba bajo su dominio. Fueron los soldados del Ejército Rojo los que tomaron Berlín, es decir, el centro de mando del Tercer Reich.

Pero en buena parte del mundo se cree otra versión de la historia, según la cual Hitler fue derrotado principalmente gracias a la valentía y el esfuerzo militar de Estados Unidos, Reino Unido y Francia. En ese relato, la URSS es apenas un figurante.

Y es que, si bien es cierto que la historia la cuentan los vencedores, la cuestión no siempre es tan sencilla. Cuando hay varios vencedores, entre ellos algunos que son antagonistas entre sí, la historia termina contándola el que tenga más astucia.

En el caso de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos fue el vencedor más astuto: puso su industria cultural-comercial completa al servicio de una versión de la historia en la que ellos (los gringos) son los héroes absolutos, literalmente, los muchachos de la película.

Esto ha sido así desde el principio, pero en estos últimos años el esfuerzo por tener el monopolio del heroísmo se ha redoblado, como parte de la estrategia de convertir a Rusia en el nuevo enemigo común de esa construcción llamada “civilización occidental”.

Este clima de exacerbación fue evidente los días 8 y 9 de mayo pasados, fechas que corresponden al Día de la Victoria sobre la Alemania nazi, una efeméride en la que los méritos se disputan centímetro a centímetro.

EEUU y sus aliados capitalistas europeos nunca han podido asumir el hecho de que la URSS haya tenido el protagonismo en Berlín, que era, después de todo, la joya de la corona. Por eso han tenido que inventarse una épica, principalmente cinematográfica, en la que son ellos y no los soviéticos quienes enarbolan la bandera en los lugares emblemáticos de la capital germana.

De hecho, la pugna por apoderarse de la victoria comienza con la firma del tratado de rendición de Alemania, entre el alto oficial nazi Wilhelm Keitel y los comandantes de las fuerzas aliadas, con el mariscal de la Unión Soviética Gueorgui Zhúkov en rol estelar.

La capitulación incondicional se suscribió el 8 de mayo de 1945 a las 11:43 de la noche, hora central europea, es decir que ya eran a las 12:43 de la madrugada del 9 de mayo en la URSS y otras naciones de Europa Oriental. Eso explica por qué se celebra en días diferentes.
José Stalin consideró que los aliados occidentales apresuraron la firma para evitar que la URSS se les adelantara, aunque en rigor le correspondía al Ejército Rojo el mayor mérito, pues fue el que quebró la resistencia nazi en Berlín, el 2 de mayo de 1945.

Esa desavenencia fue apenas el comienzo de una imperecedera controversia que, como se dijo antes, EEUU ha sabido ganar mediante el aparataje cultural y mediático. Incluso hay quien opina que el no haber podido llegar al puesto de mando de Hitler antes que la URSS influyó en la decisión de Washington de lanzar sus bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945, pues de esa manera, con esa innecesaria y criminal matanza de civiles, se le puso cierre simbólico definitivo a una Segunda Guerra Mundial que de hecho ya había terminado. Sin las bombas contra Japón, el ícono de la victoria de esa conflagración habría sido la toma de Berlín por las fuerzas soviéticas.

La URSS y otros países de su órbita comenzaron a conmemorar el 9 de mayo como una fecha fundamental, con grandes desfiles, honras a los caídos y reconocimientos a los héroes y sobrevivientes. Así ocurrió hasta los años 90, cuando una Rusia totalmente extraviada, dirigida por una élite entregada en cuerpo y alma a los mandatos del mundo unipolar, puso fin a la tradición. Fue otra de las tantas maneras de complacer a EEUU y de “integrarse” a Europa.

Fue con el arribo al poder de Vladímir Putin cuando se restableció la conmemoración. No porque Putin sea comunista ni nostálgico de la URSS, sino porque para Rusia (y para varias de las repúblicas exsoviéticas), la Segunda Guerra Mundial es la Gran Guerra Patria y su final victorioso es un motivo legítimo y general de celebración.

No es para menos, pues la URSS resistió el ataque nazi desde que en 1941 Hitler anunció la Operación Barbarroja, que pretendía el extermino y la esclavización de los pueblos eslavos (incluyendo Ucrania) y la germanización de todo el extenso territorio soviético para establecer el Lebensraum, el espacio vital alemán.

Numerosas ciudades rusas aportaron su sacrificio en la lucha contra el fascismo. 27 llevan el título de Ciudad Héroe y 30 el de Ciudades de Gloria Militar. En todas ellas se organizan desfiles militares con la presencia de veteranos, se colocan coronas en la tumba del Soldado Desconocido y se festeja con fuegos artificiales.

En 2022, las distorsiones que vienen desde el origen de la efeméride se han agudizado hasta límites caricaturescos. Por ejemplo, las autoridades alemanas prohibieron que en las actividades conmemorativas se presentaran símbolos y uniformes soviéticos.
El periodista español Pascual Serrano lo presentó así: “El país que provocó el nazismo prohíbe la bandera del país que lo derrotó”.

En Francia, por su parte, invitaron a los actos del 8 de mayo a representantes de gobiernos filonazis y no a los del país cuyo ejército dio el puntillazo final a Hitler. El embajador ruso en París, Alexéi Meshkov, lo expresó de esta manera: “Esta vez Rusia no estará en las tribunas, aunque estarán los embajadores de los países que pelearon del lado de la Alemania nazi”.
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El mariscal Zhúkov

Una de las figuras militares fundamentales de la Unión Soviética en el resultado de la Segunda Guerra Mundial es el mariscal Gueorgui Zhúkov, firmante del Acuerdo de Rendición de Alemania el 8 (o 9) de mayo de 1945.

Zhúkov había sido, según los historiadores bélicos, uno de los oficiales que logró la legendaria resistencia de Leningrado al asedio nazi hasta romper el cerco en 1943; participó en las batallas de Rzhev, de Stalingrado, de Kursk; y dirigió la operación de liberación de Bielorrusia, las repúblicas bálticas y Polonia. Finalmente, estuvo entre los jefes de la contraofensiva que llevó al Ejército Rojo hasta Berlín antes que los aliados occidentales.

Los detractores lo acusaron de haber obtenido varias de sus victorias a costa del sacrificio de un elevado número de efectivos de tropa. Se afirma que el jaque mate a Hitler le costó a la URSS más de 30 mil soldados.

Algunos expertos afirman que no le quedaba otra alternativa, porque siempre le asignaban situaciones desesperadas. Una versión taquigráfica de sus palabras en la batalla de Stalingrado parece confirmarlo: “No podemos contar con el puro patriotismo, la bravura y la valentía de nuestros soldados y mandarlos a combatir contra un enemigo desconocido con la única orden de ‘¡Adelante, contra el enemigo!’.

No tenemos derecho a condenarlos en vano, pero debemos hacer todo lo posible”.

Clodovaldo Hernández