CÍVICAMENTE | ¿En qué caso te ubicas?

Carlos Manrique

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Una discusión —absurda para los dos años que llevamos con el uso obligatorio de la mascarilla en lugares públicos— entre el trabajador encargado de la seguridad de un establecimiento comercial y uno de los clientes que no la llevaba puesto el tapabocas, esgrimiendo a su favor razones como que él ya estaba vacunado y que los contagios ya no eran tantos. En espera de entrar, me tocó antes ser espectador de la breve disputa, donde al final salió vencedor el joven de la seguridad, quien con ánimos de victoria, mientras higienizaba mis manos, me decía: “No quieren entender que es una norma”. Acto seguido la señora que me seguía en la cola, visiblemente fastidiada por la espera, dijo: «Tanto lío por esa broma (a decir verdad no fue broma lo que dijo, pero digamos que “broma” es más adecuado para el caso escrito).

El imperio de la ley no da lugar a cuestionamientos ni a razonamientos previos de los ciudadanos, por muy lógicos que estos puedan ser para cumplir las normas, no es un acto discrecional: la ley debe cumplirse, sin excepción, pues es necesaria para la pacífica convivencia humana.

Entonces, aunque parezca banal la negativa a usar el tapabocas, el incidente pone de manifiesto la resistencia de algunos, muchos, al cumplimiento de las normas; deja en evidencia el talante transgresor del ciudadano, que es el mismo que incumple esta norma de bioseguridad como el que va en la vía con su vehículo e infringe una del tránsito; en su comunidad, una de convivencia vecinal o en su hacer comercial, una tributaria; y así en cualquier ámbito social donde todo está normado.

Pero me quedo con el “no quieren entender…”, que al final esbozó el joven, y resalto con ello la importancia del conocimiento de las normas, que no es solo del dominio de los que administran justicia, legisladores y abogados, sino que es intrínseco de la ciudadanía, de ser ciudadano. Entender la ley, parte al menos de saber su existencia, luego de su objeto y razón, eso hace una sociedad proclive a su cumplimiento.

Recalco igual el obstinado empeño del cliente en exponer sus razones para no llevar el tapabocas, y aunque transgresor igual, rescato la necesidad, además del conocimiento de la norma,  de participar en su formación, desde escoger a nuestros legisladores hasta la formulación de propuestas. Estamos llamados no solo a cumplirlas, también a cambiarlas según nos marque el ritmo social.

Pero no me olvido tampoco de la señora fastidiada por la espera y menos de su comentario, aquí seré breve: típico de quienes no les importa y que reaccionan solo cuando el cumplimiento o no de una norma lesiona sus intereses.

Es así como ese breve lapso, más que una discusión, fue la puesta en escena de nuestra sociedad y su relación con la ley: los que cumplen, los que no y los que depende de cómo me vaya.

Carlos Manrique