CRÓNICAS Y DELIRIOS | Plagiarios eran fanáticos de su víctima

  Igor Delgado Senior

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Las cadenas del hombre brillan como garfios para azuzar a los otros. Son de oro y valen lo que pesan (o más, o no tienen precio, o se cambian por la misma vida).

Y su traje se vuelve de luces cuando recibe, directamente, los rayos del sol. Si no, semeja un corsé de sastrería de ocasión, ¡para quien no sabe, para quienes no saben!

Anda con unos zapatos negros que deben haberle costado cualquier ojo del rostro, aparte de las propinas que siempre cede a los limpiabotas. Total: un incalculable tesoro pedestre.

Y la camisa de pequeños rombos azules es de marca distante. Quizás vino en barco y se metió tras el armario de un centro comercial. De allí el vendedor la sacó para mentirle: “¡Ni hecha a la medida!”

Eusebio aprendió a cantar desde que abandonó el colegio por falta de ganas de entrarle a la aritmética, y luego se juntó con iguales compañeros de perseverante desidia escolástica y guitarras al borde del ocio. Pero el chico tenía sonoridades que le salían sin esfuerzo, ¡ahí nomás!, como si en las páginas de un desiderátum llamado destino estuviese escrito el consuelo (o la esperanza, o el alivio), y por eso inició sus triunfos de pequeño artista en pueblos fangosos que fueron creciendo como él. Vallenato típico, tenorino de públicos ascendentes, “orgullo mío” expresaba su mamá.

Después, un después que ya se hunde en lo remoto, creó el Trinomio de Plata para deleitar con perseverancia de canciones a miles y miles de almas enternecidas. Los contratos lo llevaron -al apego de cheques siderales- por toda la América popular, salió múltiples veces en la prensa vestido de oropeles, tuvo hembras dóciles que antes parecían indómitas, adquirió caballos de paso teatral y pedigrí árabe, y le compró una quinta a la vieja con saloncito ad-hoc para la colocación de sus vírgenes de yeso. Sin embargo, Eusebio Beltrán nunca dejó de ser el mismo tipo de antaño, y andaba íngrimo y deambulaba solitariamente como una persona más de las estadísticas del azar, aunque con prendas onerosas y camioneta de altísimo octanaje. Morada, invasiva a la vista, butacas muy reclinables.

Para precisar las señas particulares del cantante, debe aseverarse que poseía en un pretérito aún imperfecto, la flor de aquella verruga cercana a la pupila izquierda, y por otra parte la estatura estatuaria de un ídolo que no excedía del metro sesenta hacia el cielo (igual que los parangones chibchas de donde provenía). Su cédula de identidad puede confirmarlo.

Estaba pues Eusebio Beltrán surtiendo de gasolina su nave terrena en una estación de servicio, cuando dos jóvenes lo encañonan, “¡Cállate o te mueres!”. Entonces el número 1 toma el volante, mientras el número 2 pasa a Eusebio al puesto trasero y lo venda, “Estás secuestrado, viejo, ¿te diste(s) (de) cuenta?” Enseguida el ruleteo por la ciudad y el silencio que advierte próximos episodios: temor y equilibrio: turbaciones y control: extremos que se tocan.

Un rancho, similar a cualquier pobreza, los aguarda. Nadie en la vecindad ni en el sesgo de la carretera. El cantante, ya desprovisto de interferencias, observa la cocinilla para los menjurjes del café, el techo con huecos inalcanzables, la ventana obstruida y a los dos cacos que hablan (cacofónicamente y sin ninguna vergüenza humana) de un rescate milmillonario.

“Pon tus vainas sobre esa mesa, danos el número de teléfono de tu casa y te nos quedas como difunto”. El malandro 1 intenta comunicarse en diversas ocasiones, pero la línea aparece ocupada. El 2 hace lo mismo y, ante la frustración, escupe insolencias durante varios minutos. El 1 vuelve a insistir y cuelga. El 2 escucha otra vez el característico tono (y espeta un “nojoda”). El 1 bebe café casi por compromiso, café frío, amargo. El 2 empieza a limpiar su pistola. El 1 y el 2 se dicen unas palabras en miniatura que el testigo no logra entender. Eusebio, segregando aguas parecidas al miedo, sugiere que llamen al teléfono del tío Macario. Perrísima suerte: también suena ocupado. El silencio se alarga como un reptil urbano y triste, Eusebio llora.

La mano del que actúa como jefe, agarra la pistola. Sin rescate se acaba el juego de valores y abalorios, es el inicio del confín y la verificación de un cadáver presencial (todavía vivo) que se atraganta de recuerdos, “¿Quieres morir de pie o sentado?” Eusebio calla.

La mano afinca el arma, y un ojo detrás de la mira distingue al hombre que tiembla. “¡Un momento, pana!, yo a ti te conozco. Sí, estoy seguro ¿Tú no eres Eusebio Beltrán, el del Trinomio de Plata?” Eusebio afirma con la cabeza porque en la lengua se le enreda el pánico.

“¡Coño!, panadería, perdónanos el error, somos fans tuyos, tenemos todos tus discos, nuestras jevas te aman, coño, perdónanos de verdad la equivocación. Estás libre, pero antes debes tomarte una foto con nosotros para mostrársela a las chamas y a la familia; si no, nadie nos va a creer”.

La misma mano empuña el celular de cámara incorporada, y toma la fotografía. Luego, Eusebio da pasos lentos hacia su propia existencia.

 

Igor Delgado Senior