XIN CHÀO | Tic tac de la historia

Ángel Miguel Bastidas G

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Los alzamientos militares en Venezuela no siempre han estado en sintonía con los intereses del sector mayoritario de la población. Las montoneras de principio del siglo XX, que terminaron por doblegarse ante las estratagemas durante los 27 años de dictadura de Juan Vicente Gómez, perdieron las perspectivas caudillesca y no pasaron de meros intentos personalistas muy distantes de liderar cambios transformadores. Ante estos pasajes históricos se fueron abriendo espacios, militares con excepciones hartas conocidas, formados en las academias con una bien definida visión de cambios sociales profundos, revolucionarios y progresistas.

Como la historia no es una ocurrencia social, aislada de la dinámica sociológica marxista, podría pensarse que existe una suerte de reloj que determina el momento preciso en el cual deben dispararse las alarmas del devenir de grandes acontecimientos como los “10 días que estremecieron el mundo”, cuyo relato nos lo revela magistralmente el comunista estadounidense John Reed (1887-1920), quien descifró los últimos momentos del gobierno transitorio de Alexander Kerenski (1881-1970) en la Rusia zarista y los primeros momentos de la Revolución Bolchevique (1917).

A pocos minutos del chispazo inicial, al calor de los acontecimientos, el alto mando bolchevique debatía sobre el momento preciso de la insurrección armada: un día antes sería muy temprano y uno después muy tarde, el hoy se imponía en el discurso de Lenin. Algunos, como Trotsky, no estuvieron de acuerdo, pero la mayoría apoyó el inmediato alzamiento armado. La Revolución Bolchevique triunfó y Lenin pasó a la historia como uno de los genios del marxismo.

Venezuela ha sido testigo de varios alzamientos verde oliva, comprometidos con la causa de los humildes: la insurrección del coronel Moncada Vidal en Caracas (1959), el Barcelonazo (1961), el Carupanazo (mayo 1962), el Porteñazo (junio 1962), el 4F (febrero 1992), y el 27 de noviembre (1992), que de acuerdo con ese reloj histórico no parecían predestinados a franquear los portones de Miraflores.

El derrocamiento de la dictadura perejimenista, el 23 de enero de 1958, fue el resultado de un estrecho y sostenido pacto de lucha clandestina entre organizaciones de izquierda, cohesionadas en la Junta Patriótica, y unidades castrenses bajo la dirección del coronel revolucionario Hugo Trejo.

No sucedió lo mismo el 4 de febrero de 1998, cuando el Movimiento Revolucionario Bolivariano-200 (MRB-200), bajo el mando del teniente coronel Hugo Chávez Frías,  tuvo el respaldo de una izquierda desgastada y golpeada durante una larga resistencia de casi 40 años, sin una dirigencia sólida, tras la masiva claudicación de importantes líderes históricos, mucho de los cuales prefirieron convertirse en ministros y en funcionarios de los gobiernos de Carlos Andrés Pérez (1989/92) y Rafael Caldera (93/99).

El 27 de febrero de 1989, el Caracazo había corrido el telón de la verdadera Venezuela, para decirle al mundo que algo serio estaba sucediendo en la Patria de Bolívar, para gritar que el 80% de la población vivía en situación de pobreza, que la corrupción tocaba estadios inaceptables, que la inseguridad era galopante, que la educación estaba a la puerta de la privatización, igual que importantes empresas estadales, como PDVSA.

Tal vez, las masas empobrecidas que salieron a la calle el 27F a saquear y apoderarse de lo que durante años le había negado el sistema, no entendían el significado FMI y su neoliberalismo salvaje, pero ciertamente el país había llegado al abismo de la crisis total. La burguesía había preferido colocarse vendas en los ojos y calificar despectivamente la clarinada como poblada lumpen proletaria…o delincuencia organizada.

El “Por ahora” del teniente coronel detenido, de boina roja y traje camuflado, despejó la incógnita de las masas. Se constituyó en el mensaje clave para un pueblo que parecía desganado, rendido, pero que en pocas semanas visualizó el calabozo del llanero de Sabaneta, como el reflector que iluminaba la ruta hacia la otra Venezuela, de la mano del MRB-200.

Hugo Chávez había descubierto que el 4F sí había contado con el apoyo espiritual de los olvidados de siempre, quienes luego transformarían esa lealtad en realidad tangente, el 2 de diciembre de l998, con el 56.20 % de los votos.

Ese amor de la gran mayoría fue correspondido inmediatamente por el líder del 4F, con el nacimiento de una nueva Carta Magna, paso previo a una agresiva y urgente política social, garantizada por una riqueza petrolera, que los gobiernos de la Cuarta Republica servían al imperio del norte en bandeja de plata, por apenas el 7% de las ganancias por barril.

Así se dio la consolidación de una alianza cívico-militar, tal vez sembrada en la clandestinidad de la década de los 50, puesta de manifiesto en varias contiendas, como el Porteñazo, y solidificada el 18 de noviembre 1998 (elecciones parlamentarias) y el 2 de febrero de 1999, cuando la banda presidencial cruzó el pecho de quien, en un momento, pensó en ser pitcher del Magallanes.

Se había cumplido aquella sincronía entre la condiciones objetivas y subjetivas, de lo cual debatíamos en los círculos de estudios entre rejas, en la Digepol o en el pabellón nuevo de la Cárcel Modelo de Caracas, al calor de los cuadernos de Marx, Lenin o Fidel.

“El que vence a los demás es fuerte. El que se vence a sí mismo es poderoso”. Hồ Chí Minh

Ángel Miguel Bastidas G