RETINA | Ética y comuna

Freddy Fernández

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Era alguna tasca de Caracas, Sabana Grande o La Candelaria, poco importa, algún amigo llegó a la mesa acompañado por un profesor dedicado a la filosofía quien respondió a una pregunta diciendo que trabajaba en un libro en el que abordaría el tema de ética y felicidad.

¿Es eso compatible?, se escuchó antes de las carcajadas. Seguro que el profesor respondió, pero no recuerdo qué dijo y, además, la tertulia volvió a los temas que masticaban antes de la interrupción de la filosofía.

Lo recuerdo estos días porque me puse a leer una breve historia de la ética. Supongo que no es necesario aclarar que es una historia en la que solo se toma en cuenta a Europa, la filosofía desarrollada fuera de la región de las potencias coloniales no es admitida en las cátedras, porque son de una cultura que mira el mundo desde las capitales de Europa, sin importar si uno está cursando estudios en Chacopata.

En el libro, si algo sobresale, es la preocupación, desde la época de Sócrates, por establecer la cercanía, compatibilidad, convivencia y hasta divorcio entre ética y felicidad. Nuestra carcajada en la tasca, la gozamos, pero ahora lamento haber perdido la explicación que desarrolló el amigo sobre este tema que ahora me parece tan cercano.

Al borde de la blasfemia y con excusas adelantadas a quienes sí saben de filosofía, he entendido que la virtud, o la ética, tienen una relación, y hasta pueden depender de los objetivos que se consideran como capaces de darnos felicidad.

Se puede agregar la dificultad de que no siempre es sencillo determinar qué se considera “bueno” o “malo”. Ese debate lleva ya milenios. Tampoco determinar hasta qué punto se puede hacer coincidir lo “bueno” personal con lo “bueno” colectivo, pero justo es éste el punto que más llama mi atención.

La filosofía que nos enseñan dicen que comenzó a desarrollarse en las ciudades estado de la antigua Grecia. Se ocuparon de ella fundamentalmente sujetos privilegiados, ciudadanos libres, no sometidos a esclavitud, al trabajo agrícola o militar. Aun así, se trata de personas formadas en una sociedad con espíritu colectivo que entendían a la ciudad como obra conjunta. En esta etapa, virtud y felicidad estaban muy cerca y lo que se consideraba bueno valía para todos.

Hay quien sostiene qué ética y felicidad comienzan a no coincidir cuando este espíritu de la ciudad estado, de la Polis, desaparece y la conducción, el poder y el bienestar colectivo comienzan a depender de centros que están lejos. Lo individual irrumpe entonces como vía para obtener felicidad, que ha dejado de ser un objetivo colectivo. Bajo estas nuevas formas, parece que deja de ser importante cómo se consigue lo que se supone brinda felicidad. Para cualquiera, todo puede ser “bueno” si sus consecuencias le favorecen en lo personal.

Comprender estas ideas reafirman mi compromiso con la construcción de una sociedad comunal. Si la felicidad a la que aspiramos es la paz, la seguridad, la educación, la vivienda, el ocio y la salud, si lo procuramos en colectivo, si lo transformamos en el objetivo de nuestra comunidad y lo relacionamos con la misma necesidad de las comunidades que tenemos alrededor, entonces resulta claro que ética y felicidad pueden y deben estar juntas.

Freddy Fernández