LA MISS CELÁNEA | Paradoja no binaria

Malú Rengifo

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Un proyecto de ley que garantiza los derechos de las “personas menstruantes” fue aprobado en Chile. La noticia dio la vuelta al continente y con ello se avivó la discusión en torno a los temas de género e inclusión ante los que, por cierto, esta servidora es una interesada y casi siempre anonadada observadora.

Hay cosas que me cuesta un poco entender, no por falta de acuerdo en aquello de que más derechos y garantías para las minorías es siempre un motivo de celebración, sino porque, en ocasiones los avances que se hacen en estos aspectos se perfilan ante mis ojos enmarañados y turbios, casi como si fueran una nueva forma de opresión hacia la mujer, o como si las mujeres fuéramos el nuevo sujeto opresor.

La lógica de un feminismo consciente de las necesidades de la comunidad no binaria me invita como mujer a identificarme de otro modo: ahora soy una persona menstruante. Usar la palabra mujer como algo relacionado a la menstruación a estas alturas del siglo XXI es una construcción anticuada, limitante, excluyente y lacerante para dos tipos de personas: las mujeres trans y los hombres trans.

Para las mujeres trans, porque si existe una ley que hable de menstruación como algo asociado a las mujeres, entonces ellas se considerarían discriminadas puesto que no menstrúan. Para los hombres trans, porque si la ley se redacta como dirigida a las mujeres, ellos se van a sentir discriminados porque, aunque son hombres, sí menstrúan. Todo esto es verdad, no lo cuestiono.

Pero una extraña sensación me palpita en el pecho: en este caso, como en muchísimos otros, la obligatoriedad de hacer la concesión y desaparecer, dejar de ser nombradas y convertirnos en unos entes casi fantasmales, recae exclusivamente sobre nosotras, las mujeres que tuvimos ya no sé si la fortuna o la desgracia de haber nacido mujeres y sentirnos conformes con ello, independientemente de con quién nos guste acostarnos —no sé si sea necesario explicarlo, pero una mujer puede ser lesbiana sin estar en desacuerdo con su condición femenina—. Digamos lo que digamos, estemos a favor o en contra, somos las mujeres las que corremos con los gastos del nuevo avance, para el bienestar de mujeres trans y hombres trans, la protección de la frágil masculinidad de algunos hombres cis que ni de chiripa hubieran votado por la aprobación de esa ley si se asociara la palabra hombre a la condición menstruante, y la satisfacción de un feminismo al que no se le ocurrió que la inclusión verdadera podría darse al hablar de “hombres y mujeres menstruantes”, para que las no menstruantes no se sintieran menos mujeres por ello, y para que los hombres no menstruantes comenzaran a entender que a los ojos de la ley existen también otros hombres.

El consuelo ante tal desasosiego lo conseguí gracias a una afortunada reflexión de mi compañera María Eugenia Colomine cuando dijo, resignada, “al final se agradece que nos sigan considerando personas”.

Malú Rengifo