Perfil | Día de la Infancia… en un mundo hostil a los niños

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No son buenos tiempos, en general, para los niños y las niñas del mundo. En los países pobres está más que claro por qué no lo son: guerras, tráfico y explotación hasta los niveles de esclavitud, enfermedades, falta de acceso a la educación, reclutamiento forzado por bandas delictivas, embarazo temprano, entre otras muchas barbaridades.

En los países “desarrollados”, donde todo debería ir mejor, el panorama se oscurece con varios de esos mismos males a los que se agregan formas de violencia muy particulares de las sociedades industrializadas, redes de pedofilia, acoso escolar, desintegración familiar, altos índices de depresión y otros malestares psicológicos.

No es fácil ser niño o niña hoy, en ninguna parte del planeta. Y es así como se celebra o conmemora (según como se le vea) el Día Mundial de la Infancia en este 2022.

Tan lejos como en 1956, la Asamblea General de las Naciones Unidas decidió que el 1° de junio sería el Día Mundial de la Infancia. Con el correr del tiempo surgió la propuesta de mudar la efeméride al 20 de noviembre. Luego, el foro global resolvió que cada país es libre de fijar la conmemoración en cualquiera de las dos fechas o en otra, según les parezca a sus autoridades.

Como es habitual en estos asuntos de la ONU, el objetivo luce muy loable: consagrar la fraternidad y la comprensión entre los niños y las niñas del mundo entero e invitar a todos los países a promover actividades que involucren de manera directa a los niños y niñas como sujetos de derecho.

Pero, como suele pasar, hay un gran trecho entre los dichos y los hechos. Esas declaraciones no han ayudado mucho, si se juzga por las frías cifras que dan cuenta de que unos 600 millones de niñas y niños viven en la pobreza y cada día se estima que mueren 27 mil por causas que deberían ser evitables.

Otro dato: se calcula que 250 millones de criaturas entre 5 y 14 años trabajan en jornadas laborales de hasta 18 horas diarias, más del doble del tope por el que la clase obrera luchó a finales del siglo XIX.

En cuanto a las posibilidades de superar situaciones críticas mediante la educación, los datos varían mucho, pero una cifra promedio sería de unos 130 millones que no están recibiendo ni siquiera una educación elemental.

Y no es todo. Los estudios realizados sobre los llamados niños-soldados indican que son unos 300 mil niños y adolescentes (menores de 18 años) los que combaten en las muchas guerras actuales que no tienen tanta prensa como la de Ucrania. Esa cifra implica que 1 de cada 10 combatientes en las conflagraciones bélicas del siglo XXI es un niño o adolescente. De allí que no sea extraño que unos seis millones padezcan lesiones derivadas de conflictos armados o hayan fallecido en medio de estos, ya sea como soldados o como víctimas no combatientes.

Nadie crea que estos chicos son solo guerrilleros, terroristas o mercenarios. Muchos de ellos prestan servicios en fuerzas armadas regulares.

De hecho, alrededor de medio millón de niños forman filas en entes militares de países que actualmente no están en conflicto. Pero, obviamente, ya han sido entrenados para la guerra.

Los números marean a cualquiera y le dan al Día de la Infancia una connotación casi cínica. Otra pequeña muestra: cada día 8 mil 500 menores de edad contraen HIV-sida, convirtiéndose en multiplicadores de este mal.

No son datos emitidos por alguna mente malévola, interesada en escandalizar. Según el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), grandes industrias criminales succionan de sus años inocentes a millones de muchachos, en particular a los que son abandonados y se encuentran en situación de calle. Se trata del narcotráfico, la prostitución y la pornografía y el tráfico de órganos.

Las películas distópicas se quedan cortas en cuanto a la forma como las organizaciones delictivas que viven de estos negocios ilícitos captan o secuestran a niñas y niños.

Estas actividades se nutren de muchachas y muchachos que se encuentran en condiciones aceptables de salud. Pero en numerosos países hay gravísimos problemas de desnutrición, acceso al agua, higiene, saneamiento, vacunación contra enfermedades como el sarampión y otras que se creían ya superadas.

Muchas de estas calamidades las sufren también los hijos y las hijas de los más pobres en los países del Norte hegemónico.

En esas naciones se registran vergonzosas situaciones con niñas y niños migrantes, que son separados de sus familiares adultos y (en el caso de Estados Unidos) procesados judicialmente y encarcelados.

EEUU tiene, además, el triste liderazgo de la violencia indiscriminada, perpetrada con armas de fuego dentro de institutos educativos, por niños y jóvenes contra sus compañeros y docentes. Es la expresión natural de una sociedad que le rinde culto a las armas y en la que los dirigentes políticos de todos los niveles son financiados por la industria armamentista.

El país que pretende dar clases a todos los otros sobre los más diversos derechos tenía en la década pasada más de 15 millones de niños en situación de pobreza, una cifra con una clara diferencia por grupo étnico, pues los afrodescendientes registran una tasa de pobreza de 43% frente al 20% de media nacional.

Estadísticas ya un poco antiguas indicaban que unos 2 mil 500 presos estaban condenados a cadena perpetua por delitos cometidos antes de alcanzar la mayoría de edad, mientras la pena de muerte es aplicable a niños, niñas y adolescentes en varios de estados. No por casualidad, EEUU es el único país que no ha ratificado la Convención de los Derechos del Niño, que fue aprobada hace 33 años. El país al que muchos pugnan por entrar para cumplir un sueño, termina siendo una pesadilla para los más pequeños.
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Víctimas del bloqueo y la corrupción

En Venezuela, los extraordinarios avances que se habían logrado en materia de salud, educación, vivienda y recreación, que favorecen especialmente a los niños, niñas y adolescentes, han tropezado en los últimos años con dos pestes de nuestra historia reciente: las agresiones externas (medidas coercitivas unilaterales, bloqueo, robo de activos, xenofobia contra los migrantes) y la corrupción de funcionarios que han traicionado su compromiso con el pueblo.

La camarilla que ha intentado tomar el poder mediante acciones violentas y con apoyo extranjero ha cometido crímenes muy severos contra la infancia y la juventud al propiciar la ruina nacional y sabotear los programas de asistencia social.

Deplorable hasta niveles grotescos ha sido la conducta de quienes se apoderaron de los fondos que la empresa Citgo destinaba a apoyar a menores con enfermedades catastróficas. Desviaron ese dinero para la conspiración y para sus placeres y lujos personales, condenando a muerte a varios niños y niñas.

Por otro lado están los que han cometido actos de corrupción dentro de las filas del Gobierno, en especial aquellos que han afectado con su proceder criminal a los sectores más vulnerables, como lo son los enfermos, los adultos mayores y la infancia, en campos vitales como la alimentación, la asistencia médica y la educación.

Ni los unos ni los otros –como suele decirse– tienen perdón de Dios.

Clodovaldo Hernández