Perfil | Quinta Crespo, un crisol de la ciudad y el país

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El mercado de Quinta Crespo es otra de esas obras por las cuales tanta gente dice que a Caracas la construyó Marcos Pérez Jiménez, reverdeciendo así interminables polémicas acerca de si aquella dictadura fue “buena para los que no se metían en política ni eran ladrones”.

Y es que el icónico lugar del centro de la ciudad capital fue inaugurado el 8 de junio de 1951, es decir, cuando el general tachirense estaba en los primeros tramos de su travesía como presidente impuesto por la fuerza.

Quinta Crespo fue uno de los varios mercados que Pérez Jiménez puso en marcha en la capital. Los otros fueron Guaicaipuro y el de Coche, que comenzó a operar como centro de acopio y distribución al mayor para los dos primeros y para la ciudad toda.

Las reseñas históricas dicen que la idea de establecer un mercado en ese terreno, de unas veinte hectáreas, estuvo dormida durante décadas, pues había sido donado por el expresidente Joaquín Crespo (de allí su nombre), quien murió en 1898. Pasaron los gobiernos de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (este último con una duración de 27 años) y el lugar no fue utilizado para los fines previstos. En la época de Eleazar López Contreras (finales de los 30) se iniciaron los trabajos, pero no fue sino hasta 1951 cuando se hizo realidad el mercado.

Según los conocedores del tema, Quinta Crespo fue el primer gran mercado capitalino luego del cese de las funciones de San Jacinto, que había sido el lugar de intercambio comercial desde 1809, cuando se decidió permitir la instalación de puestos de venta que ya no cabían en la Plaza Mayor (hoy Plaza Bolívar). San Jacinto había dejado de servir como mercado en los años 40.

Para el momento de su inauguración, Quinta Crespo trajo un concepto distinto al de los mercados previos, con su diseño arquitectónico moderno y gran espacio para el estacionamiento de los vehículos, tanto los de carga que traían los productos, como los de los usuarios.

Buena parte de ese aire de los años 50 se preserva en la estructura actual, pese al paso de los años y algunas remodelaciones bizarras.

La estructura original se componía de amplios espacios internos, dispuestos en dos plantas; en la fachada de formas onduladas, los locales presentaban grandes vidrieras. En la esquina, se ubicó una especie de torre de control con un reloj, que le daba un aire de catedral.

En las fotos de la época se observa el lugar en plena actividad, rodeado de los grandes y barrigudos carros de esos años. Al fondo, una ciudad en la que todavía no habían crecido, como hongos, los edificios de gran altura.

Como buen mercado, Quinta Crespo ha sido, a lo largo de sus 71 años, una muestra del acontecer local y nacional, un crisol de la ciudad y el país. Así, fue testigo de la adulación que recibía Pérez Jiménez en sus años de esplendor, y lugar para el trasiego de rumores sobre su derrocamiento, cuando cayó en desgracia. Fue centro popular para el debate cotidiano durante los albores de la democracia bipartidista y punto de encuentro furtivo para conspiradores de la guerrilla urbana.

Fue también un espacio para el derroche generalizado durante los años de la Venezuela saudita, la de la opulencia petrolera y el gastar plata como si no hubiera mañana. Y fue el lugar apropiado para observar la decadencia de ese período, expresada en turbamultas de buhoneros que colmaron los espacios exteriores, incluso a todo lo largo de la avenida Baralt.

Ya en tiempos más recientes, Quinta Crespo ha vivido un poco de todo eso. Ha pasado por etapas de gran caos social, de especulación desbocada, de mafias pescando en ríos revueltos de falta de dinero efectivo, hiperinflación y dolarización, de confrontaciones y entendimientos entre agentes de la ley y bachaqueros, así como escenas de pobreza extrema que parten el alma, como la de los pichaqueros, que rebuscan algo comible entre los restos que botan los comerciantes. Pero también ha pasado en estos años por sus períodos de “ta barato, dame dos” como el que parece estar resurgiendo ahora mismo.

Como parte de la ciudad, el mercado ha sido objeto de las angustias y los dolores de cabeza de las autoridades municipales. Varias veces a lo largo de estas siete décadas se ha intentado frenar la anarquía que parece carcomerlo. Algunas veces esto ha tenido que ver con asuntos propios de cualquier mercado, como los precios, la escasez y el acaparamiento. Otras veces el foco se ha puesto en las inspecciones sanitarias, y otras más en los efectos que la operación del mercado causa en el entorno.

Remodelaciones, remozamientos, ampliaciones, mejoras en el área de estacionamiento y espacios adicionales para reubicar a trabajadores informales han mantenido a Quinta Crespo en los periódicos y otros medios cada cierto tiempo.

Tal como sucede con el resto de la actividad comercial, Quinta Crespo tiene sus temporadas-pico durante el año. Destaca entre ellas la época decembrina, cuando se convierte en proveedor privilegiado para los que quieren hacer sus hallacas con ingredientes frescos y de gran calidad. Es un tiempo muy especial, incluso para el derroche olfativo típico de los mercados, pues a los olores de las frutas, legumbres y carnes del resto del año, se incorporan otros muy especiales: aceitunas, alcaparras, encurtidos y otros ingredientes no tan secretos de los platos navideños.

No por casualidad, Quinta Crespo ha sido el lugar favorito para surtirse de grandes cocineros caraqueños y hasta de matronas de alta sociedad que –¡fin de mundo!– se atreven a codearse los sábados con el populacho a cambio de los productos más sabrosos para sus exquisitas mesas.
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Sobrevivientes de dos guerras

En el mercado de Quinta Crespo son muchos los que se consideran sobrevivientes. No es para menos, pues los años precedentes han sido realmente difíciles: tiempos de escasez de productos con sus consiguientes colas para comprarlos y precios elevados de los que el consumidor siempre culpa al que le vende.

También fueron tiempos de falta de dinero en efectivo en medio de una por entonces todavía insuficiente e inestable red de pagos electrónicos. Y tiempos en los que miles de personas habían asumido el rol de “emprendedores” comprando en el mercado a un precio y vendiendo a pocas cuadras, multiplicado por dos, tres, cinco, diez, cien, mil o lo que quepa imaginar.

Y luego fueron tiempos de grandes restricciones al ingreso y permanencia de la clientela por causa de la pandemia.

En estos últimos meses, la leve mejoría económica y la normalización del flujo de gente han traído esperanzas de reactivación y buenas energías para vendedores y compradores.

Como en todas partes, en Quinta Crespo no faltan los que rechazan la idea de que las cosas se están enderezando e invitan al que ose contradecirlos a ver el triste espectáculo de las amas de casa tratando de estirar sus escasos ingresos para comprar lo mínimo; o ir a mirar cómo se revenden zapatos viejos (y toda clase de trastos) en la sección de mercado de corotos.
Bueno, así es el género humano: cada quien ve lo que quiere ver.

Clodovaldo Hernández