VITRINA DE NIMIEDADES | La extraña aventura de (re)leerse

Rosa Elena Pellegrino

0

Escribir es hacer un mal borrador
y luego corregirlo hasta desentrañar
lo que uno realmente piensa
Adolfo Bioy Casares

Dedicarse a la escritura parece chévere, pero puede ser el camino para pagar los karmas de siete vidas. Leer también luce genial… cuando el texto no es el tuyo. Y si hablamos de releernos, pues, entramos en un territorio de diálogo y tensión con nuestras ideas, expresiones y principios. Sea de la vergüenza al orgullo, o de la alegría a la recriminación, solo hay unas líneas de diferencia.

Cada cierto tiempo recuerdo a una preparadora de mi época de estudiante universitaria. Tratando de orientarnos, hizo una confesión con matiz de advertencia: volver a leer los primeros textos de nuestra carrera sería vergonzoso. Nos diríamos: “¿Cómo fue que yo escribí eso?”. Y ahí está uno de los primeros estados de ánimo frente al teclado, la pena del principiante.

Ese desaliento puede atraparnos más de una vez, no solo cuando comenzamos en los oficios que exigen escribir. Sentiremos que nuestra expresión es frágil, no somos lo suficientemente capaces, erramos al escoger las palabras precisas o fracasamos en la tarea de hacernos entender.

Otras veces, cuando se está más curtido en darle forma a las palabras (o eso se cree), la vergüenza le da espacio al espíritu de editor verdugo. Tomamos nuestras cuartillas, comenzamos a escudriñar y nos sumergimos en un monólogo lacerante: “Esa idea se repite demasiado”, “Eso no debería estar escrito así”, “¿Qué carajo pretendía decir yo aquí?”, “Ese teclado estaba piche” y otras expresiones totalmente beligerantes con nuestras capacidades. Para desgracia de nuestro lado más fustigador, el objeto de nuestra frustración ya vio luz.

No todo será castigo, también será postergación. Comenzaremos esa historia o análisis que tanto nos prometimos convertir en palabra escrita. Estaremos impulsados por una emoción que paulatinamente le dará un chance al tedio, la procrastinación, la indecisión y, por último, la parálisis. Será un ciclo que repetiremos tantas veces como nuestra voluntad o urgencia así lo convoque, siempre releyendo esas primeras cuartillas. Volver a ellas, aunque no nos convenzan del todo. A veces, esta empresa llegará a buen término.

En otros momentos, escribir no será un ejercicio de inspiración, sino una obligación. Periodistas, guionistas y afines saben de eso. En esos casos, suele apelarse a fórmulas y convenciones para responder con rapidez al apremio de sacar a tiempo un producto escrito. Parece fácil, pero siempre estará el riesgo de errar o de convertir la cotidianidad en un loop de estructuras repetidas con datos diferentes. Siempre será un desafío reinventarse, seguir con rapidez y no perderse, un reto que podremos asumir únicamente con la relectura de nuestros escritos, interpelándonos.

Escribir, al final, es darnos la oportunidad de ser nuestros más agudos lectores en muchos sentidos: escrutamos nuestras ideas, medimos nuestra capacidad creativa y construimos método, así sea la propensión al caos. Como dice Bioy Casares, desentrañamos lo que pensamos, una aventura no exenta de sorpresa y frustración aun después de terminados nuestros escritos. Así funciona la extraña aventura de (re)leerse).

Rosa Elena Pellegrino