Letra fría | Daniel González en la Calle Real
04/04/2025.- El Techo de la Ballena surge impulsado por la ebriedad, contaba nuestro querido amigo Edmundo Aray a Anita Tapias y Félix Suazu. El Techo nace en Salamanca con Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles y Alfonso Montilla; el primero estudiaba Medicina y los otros dos, Derecho. Nace de la ebriedad, pero también de la locura, del espíritu rimbaudiano, de Lautréamont. Las lecturas de Sade, Lautréamont y Rimbaud formaban parte del día a día de los muchachos de El Techo. Se trataba, fundamentalmente, de consumir la vida en el propio acto de la creación. Una concepción que luego va a ser parte de El Techo de la Ballena: consumir la existencia en el hecho poético, en la locura, en el humor, en la provocación y en la ebriedad. Fue tanta la travesura etílica que llegó un momento en que los bares lucían aquel letrero: "Se prohíbe la entrada a los señoritos Carlos Contramaestre, Caupolicán Ovalles y Alfonso Montilla". En ese magma surge El Techo de la Ballena.
A todas estas, ya en Caracas, con el regreso de los señoritos —que trajeron consigo aquel feto de arte libertario—, alrededor de la Ballena se alinearon artistas plásticos ya insertos en el movimiento del informalismo o del expresionismo, que rechazaban en particular la pintura del abstraccionismo geométrico. Se trata de Daniel González, Ángel Luque, Gabriel Morera, Fernando Irazábal, Juan Calzadilla, Perán Erminy, Manuel Quintana Castillo, Pedro Briceño, Dámaso Ogaz, Antonio Moya, Hugo Baptista, entre otros. De ellos, Daniel González quedó ungido como diseñador, ilustrador y fotógrafo de las travesuras del grupo. En suma, se convierte en hacedor de la imagen gráfica de aquel océano —como diría Jorge Luis Borges— que era El Techo de la Ballena.
Cuando entré en la sala 1 del Museo de Bellas Artes para acompañar a Esther, Danielita y Victoria en la expo de nuestro querido Daniel González, sentí lo más parecido a un mordiscón al subconsciente, aquel aguijonazo que sintió el rollizo Buck Mulligan en la primera página del Ulises de Joyce. Fue como estar en la Calle Real de Sabana Grande, en alguno de esos bares del "triángulo de las Bermudas" de la calle Solano López, como El Franco’s, El Vecchio Mulino o La Bajada, pero sin mesas, aunque pululaban por la sala Nelson Dávila, el catire Hernández D’Jesús, Esso Álvarez, Cesarino, Gandhi y unos cuantos visitantes asiduos más. En la neblina afectuosa del recuerdo, estaban las sombras fantasmales de Mary Ferrero, Miyó Vestrini, Ana Martínez e Ida Gramcko. Se desplazaban en silbos, como decía el Chino Valera, pero cuando vi al saltaplanetas del Mario Abreu recordando al Grupo Mugre, los condenados de los bares o, como escribió el propio Daniel: "Extraviados y perdidos en los senos prohibidos de una odalisca desnuda, profundamente abatida, sobre la eterna bondad del subconsciente", ¡ahí sí entendí que había caído en una dimensión encantada!
Daniel González participó en los grupos Sardio, El Techo de la Ballena, Tabla Redonda y otros que, luego de sus respectivas divisiones y/o separaciones, confluyeron con la izquierda guerrillera derrotada de los años sesenta en la Calle Real de Sabana Grande y sus alrededores, en lo que Caupolicán Ovalles denominaría mucho tiempo después "La República del Este", de la que él mismo era "el padre de la Patria".
Ciertamente, fue imaginaria, pero real. De realidad pura, y de realeza también, porque ocurrió en los predios de la Calle Real de Sabana Grande, un reino de poetas alucinados que no soportó la derrota por una república muy distante de la utopía soñada durante la lucha armada, y surgió en el imaginario poético una república creada a imagen y semejanza de quienes la conformaron.
En los años setenta, Daniel se diluía discretamente en aquella población trashumante que se desplazaba todas las tardes, con sus noches, por bares y cantinas de Sabana Grande, en particular los de la avenida Solano López. Pero el divino "vagavagar", como decía Denzil Romero, comenzaba en El Gato Pescador de Cachi, donde un húngaro alcoholizado preparaba un goulash delicioso. Luego seguía por El Tic-Tac de Susi, una cariñosa alemana que nos alcahueteaba todo, y El Chicken Bar BQ, La Vesubiana y El Viñedo. Sin embargo, la parranda activa, donde el periodismo y la literatura pululaban por las mesas y subían como el humo de los cigarrillos, era en el "triángulo de las Bermudas" formado por El Franco’s, El Vecchio Mulino y El Camilo’s, aunque, ciertamente, era un cuadrilátero, porque la Bajada era el llegadero, después que cerraban los demás.
De la vieja guardia estaban Daniel González, por supuesto, y Caupolicán Ovalles, Adriano González León, Salvador Garmendia, Orlando Araujo, Denzil Romero, Ludovico Silva, Baica Dávalos, Ángel Eduardo Acevedo, Pepe Barroeta, Marcelino Madriz, Enrique Hernández D’Jesus, el Chino Valera, Manuel Felipe Sierra, Mario Valdez, Capricornio, Andrés Salazar, Miyó Vestrini y Mary Ferrero. De los más jóvenes, Benito Mieses, Hermes Vargas, William Osuna, Julio Valderrey, Armando Contreras, Carlos Moros, Sael Ibáñez, Nelson Dávila, Pecos, Gabriel Jiménez Emán, Luis Sutherland, Orlando Pichardo y Álvaro Montero, cuando venían a Caracas. ¡Quién sabe a cuántos he dejado en el olvido!
Siempre he creído que los recuerdos se anuncian, como nebulosas intuiciones, del devenir más próximo. Así ocurrió dos días antes de la inauguración de la exposición "Daniel González, la creación necesaria", cuando llegué al museo con Esther Coviella, viuda de Daniel, y Amanda Abreu Catalá, hija de José Vicente Abreu y nieta de José Agustín Catalá. Uno de los vigilantes del estacionamiento me saludó muy afectuosamente: "Poeta, ¡qué bueno verlo por aquí! Era un compinche de Caupolicán en aquellas inolvidables noches de Sabana Grande. Era Carlos Lezama, el Negro Lezama. ¡Ahí caí en cuenta de que el pasado me estaba tocando la puerta, otra vez!
Humberto Márquez