Aquí les cuento | La viuda negra (II)

04/04/2025.- El cuarto y último entierro que acompañaría a Esmeralda sería el de su novio, quien la defendería de la muerte a cada paso, debido a que era policía y andaba armado con un Smith Wesson 38, cañón largo, enfundado a la altura de la rodilla derecha, con fornitura de balas recortadas Dum-Dum (esas que te arrancaban la pierna cuando te disparaban).

El joven gendarme llamado Franconero Riquelme habíase graduado en la academia de policía metropolitana que funcionaba en el Junquito, pero como todo migrante, proveniente del interior regresó al pueblo. Según él, a mí no me crean, estaba cansado de ir a echarle plomo a las manifestaciones de la Ucevé, donde muchos de sus compañeros se habían convertido en asesinos de sueños.

—¡No. Mejor me regreso al pueblo, allá, con el conocimiento que tengo en las artes policiales, seré el mejor. Una especie de Rambo con Robocot que todos respetarán!

En efecto al llegar al pueblo de una sola plaza, donde todo el mundo lo conocía, no tuvo problemas en recibir el nombramiento de comandante del cuerpo policial. Siendo entonces el líder de aquel grupo de policía, formado por siete agentes y un conductor de la jaula Chevrolet 150, que no tenía caucho de repuesto y que, cuando les tocaba hacer alguna comisión, debían solicitar al cauchero Ramonsote una llanta prestada, de las que los hacendados o comerciantes dejaban a reparar para retirarla más tarde.

 —¡Pero eso sí muchachos, lo regresan tan pronto vuelvan de la diligencia, no vaya a ser que vengan a buscarlo y el caucho no esté aquí! –decía el cauchero.

Las muchachas miraban con cierta envidia a Esmeralda Gómez, quien ya había cumplido veintiséis años. Claro, era razonable ya que Franconero Riquelme era joven, apuesto y dotado de una mediana inteligencia, suficiente para responder a la rutinaria actividad policial. El matrimonio se realizaría el día quince del mes de agosto y las amigas solidarias, todas madres, bien casadas y con hijos, habían organizado una fiesta en EL Caney de la Bandola, para acompañarla con cachapa y cochino frito el día de la boda.

El lunes primero de agosto, en horas de la mañana, exactamente a las diez y trece minutos, llegó el camión del dinero a la entidad bancaria, que está ubicada a media cuadra del comando policial.

El vigilante del banco puso un cartel en la puerta de vidrio que decía “Cerrado”. A la vez que del transporte descendió un hombre vestido de gris, con sombrero tejano y un pistolón, de las mismas que usaba la policía. El hombre golpeó una ventanilla del cofre móvil, y del blindado empezaron a entregarles bolsas de dinero.

Después de que el transportista ingresara al banco con una docena de valijas, abordó nuevamente el camión y arrancaron de regreso hacia la carretera nacional que los llevaría a la ciudad de origen.

El vigilante retiró el cartel y colocó el usual: Abierto y la gente que no había hecho cola, sino que se había replegado a los escaños y la acera de la plaza, se levantaron y empezaron a entrar al banco.

Entre los concurrentes estaban unos tipos, eran cinco, que sin mucha oposición cargaron con las doce bolsas fresquecitas que el banco había recibido minutos antes.

Franconero Riquelme estaba en ángulo recto tomándose un con leche en Linsolai de Flower cuando los vio salir hacia el puentecito que conduce a Caraquita, cruzando el río frente a la escuela Monseñor Crespo. Un litro de adrenalina le subió desde los tobillos al rostro, entró al banco y desató al vigilante quien le dijo:

—¡Se llevaron los riales!

A lo que Franconero contestó:

—¡Avisa a la policía! y empezó a correr en pos de los fugitivos.

Al cruzar el puentecito de hierro, desenfundó el Smith Wesson y siguió corriendo, alcanzando a avistarlos a unos ochenta metros. Hizo un disparo al aire alertando a los ladrones, quienes continuaban su trotecito hacia la troncal once en dirección a la bomba de gasolina donde tenían un vehículo sin identificación ni modelo conocido (que ni la omnisciencia del autor logró descifrar).

El policía siguió corriendo, la persecución en caliente era su más placentero recuerdo de la capital. Cuando avanzó los sesenta metros finales de su ser, se escuchó la explosión del cartucho doce tres en boca que apagó sus ímpetus…

El martes dos de agosto, todo el pueblo caminó, desde la iglesia, bajando por la calle Miranda, después cruzando dos cuadras a la derecha, entre el campo de pelota y el viejo aserradero, cuyo espacio lo ocupa hoy un CDI, hasta el cementerio; ahí llevaron al joven Franconero Riquelme.

Las amigas consolaban a Esmeralda, quien a sus veintiséis años recién cumplidos se quedaría sin su penúltimo amor y sin las cachapas con cochino del mes de agosto.

Las amigas le repetían: "¡Eres hermosa! ¡Debes seguir adelante!".

Ella las escuchaba en silencio mientras la trama negra de su blusa parecía no saciarse de tanta lágrima recibida.

Aquiles Silva

 

 

 


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