Punto y seguimos | El derecho a la salud
26/05/2026.- Muchas asociaciones médicas, centros de salud y universidades coinciden en señalar al estrés crónico como desencadenante de problemas de salud severos, siendo el sistema nervioso, el sistema digestivo y el cardiovascular los más afectados por la presencia de preocupaciones constantes en los individuos. El sistema capitalista que nos obliga a vender nuestra fuerza de trabajo para sobrevivir, entregando nuestro tiempo útil y el de descanso a cambio de la posibilidad de adquirir bienes y servicios dentro de un esquema diseñado para que unos pocos acumulen la mayor parte del fruto de ese trabajo masivo, es simplemente incompatible con la sanidad del cuerpo, la mente y el espíritu.
Cuando el mundo en el que vivimos exige dinero para resolver la vida cotidiana, en cantidades groseramente superiores a las que se reciben como pago en el trabajo, especialmente en áreas que las luchas sociales trataron de proteger de la privatización total, como la educación y la salud, los cuadros de empeoramiento del bienestar general aumentan. Aun en países como el nuestro, en el que el acceso y la gratuidad de ambos ejemplos señalados están garantizados en la Constitución, la realidad indica un desfase entre la letra del derecho y la cruda economía.
Los servicios de salud pública nacionales son insuficientes para cubrir la demanda social de atención. Más allá de los esfuerzos dentro de una situación de bloqueo por más de diez años, lo cierto es que el sistema de salud enfrenta una crisis estructural. Según datos de la Organización Panamericana de la Salud, en el año 2021 el gasto público en salud en Venezuela representó el 5,46% del total del gasto del Estado, mientras que el gasto de bolsillo (individual en salud) fue del 28,06%. La brecha es evidente, aun en esos números de hace cinco años.
Las principales causas de muerte en el país corresponden a enfermedades cardiovasculares, cáncer y diabetes. Todas las afecciones en las que el estrés crónico es un factor de gran incidencia. Una población sometida a la presión constante del “no alcanza”, a la necesidad de estar siempre alerta y en movimiento para “resolver”, a la incertidumbre de llegar a vieja sin sistema de soporte o a llegar a edad de retiro sin garantía de acceso a cuidados y medicinas, es una población condenada a enfermarse aún más, cayendo en un círculo vicioso que lleva directo al escenario más temido: enfermar sin posibilidad de costear tratamientos. El miedo a un final de vida agotador, traumático e indigno es una realidad para muchos venezolanos que, en carne propia o en la de aquellos que aman, viven sosteniendo una ilusión de salud mental y física, a costa de ella misma. Porque la salud es un derecho, sí, pero en nuestras circunstancias, para quien pueda pagarlo.
Mariel Carrillo García
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