Nada está escrito | David Hockney, el destino de la línea
Por Jesús Ernesto Parra
17/06/2026.- La noticia de la muerte de un artista resulta siempre un reto para sus contemporáneos. Si este creador es, además, un maestro de talla universal, el mundo se encuentra ante el reto de analizarlo en retrospectiva para valorar el peso de su obra, y en prospectiva, comienza a tensar las líneas de trabajo para interpretarlo. Es una batalla con el tiempo; pasado y presente se confrontan para dibujar una eternidad. En ese momento que no deja de pasar —la definición canónica de lo eterno—, podemos darnos la oportunidad de comprender al autor en su dimensión universal, pero también recuperarlo en lo particular: en las señas circunstanciales —aunque claves en el mapa de lo que se cuenta— y en los hilos invisibles que hacen vinculante lo azaroso. Tal es el caso del pintor británico David Hockney, recientemente fallecido, a quien estas líneas traen a la lectura, no sin plenas y manifiestas intenciones.
En la colección del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas reposa una serie de aguafuertes de Hockney que lleva por tema y título La guitarra azul, en evidente referencia al poema de Wallace Stevens. A su vez, el conjunto hace salutación a la obra picassiana, específicamente al período azul del genio español de la pintura. Este cronista tuvo el privilegio de confeccionar el texto de sala de la última oportunidad en que estas piezas se encontraron con el público de Caracas. Es este, entonces, el bucle que nos encuentra a todos —lectores, autores, paseantes, espectadores, investigadores y caraqueños— con la producción ahora inmortal de este británico que vivió en California, pero con parte de su trabajo como patrimonio de Venezuela, y cuya singularidad nos vuelve eternos.
Para el público venezolano, la impronta de David Hockney no es una referencia lejana; es una vivencia física, resguardada en las salas y en el acervo del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Armando Reverón. Ser investigador de esa colección significó un careo directo con la materia, un ejercicio casi fenomenológico en el sentido heideggeriano: desvelar el ser de la obra de arte a través del lenguaje. Al redactar aquellas líneas que guiarían al espectador, mi propósito fue desarmar la mirada pasiva y forzar un encuentro íntimo con esas veintidós piezas que confrontan la herencia del cubismo con el desenfado de la sociedad industrial.
Frente a los ojos del investigador, los aguafuertes revelaban su secreto mejor guardado: la sutil osadía con la que su creador interviene el canon. Ver de cerca esa cabeza de mujer marcadamente picassiana, sumergida en una atmósfera doméstica donde una cortina de ducha y una planta cohabitan, nos recordaba la absoluta soberanía del espacio plástico. Sin embargo, lo más conmovedor para el espectador caraqueño fue descubrir cómo Hockney rompía el dramatismo del azul existencial mediante pinceladas vermiculares de acuarela verde, roja, amarilla y naranja. En nuestro contexto, una sociedad marcada por intensas búsquedas y contrastes, el magisterio del pintor se convirtió en un espejo vital. Al escribir el catálogo de la muestra, comprendí que la relación plástico-poética en el artista inglés opera como una ecuación perfecta entre palabra, imagen, color y sonido, lo que le recuerda al público venezolano que los límites de nuestro mundo son tan amplios como las fronteras de nuestra imaginación.
Escribió Alejandra Pizarnik, en un verso que corta como el cristal: "La poesía no es una carrera; es un destino". Ese destino es el que unió de forma indisoluble a Stevens, Picasso y Hockney en una misma trinchera creadora. El poema de Stevens, nacido en la bisagra asfixiante de la década de los treinta —bajo la sombra de la Gran Depresión y el avance herrumbrado de los totalitarismos—, denunciaba un mundo cínico y mecanizado, donde lo bello corría el riesgo de devenir en quimera. Frente a esa caída, el arte de Hockney surge como la respuesta exacta a la necesidad diaria de arreglar el mundo. Sus aguafuertes no ilustran el poema; interpretan visualmente su angustia y su triunfo, demostrando que la obra es un ente autosuficiente que no le rinde cuentas a la tiranía de lo real. Hockney contesta en sus piezas a Bacon, a Matisse, a Vermeer y a la propia mirada contemporánea. Nos desmarca del retrato burgués convencional para devolvernos el triunfo de lo trivial y lo subjetivo: una vasija, una alacena o una piscina se homologan con las más profundas metáforas existenciales.
Hoy, al despedir al maestro, y al evocar los días cuando sus estampas iluminaron las paredes del Museo de Arte Contemporáneo de Caracas, ratificamos su lección definitiva. La respuesta a la muerte de la imaginación es, invariablemente, la imaginación misma. Una imaginación que ya no aspira a ser absoluta, sino híbrida, derivada, invertebrada, pero encendida para siempre por pinceladas disolventes capaces de vencer cualquier invierno del espíritu. Las cosas cambian en la guitarra azul, y en ese cambio David Hockney ha encontrado su inmortalidad.
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