Caracas, 19 de junio 2026
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Xin chào | El gaitanismo va por la remontada

Por Ángel Miguel Bastidas G.

Echemos el miedo a la espalda y salvemos la patria.

Simón Bolívar


19/06/2026.- El próximo domingo 21 de junio no será un día cualquiera para el pueblo gaitanista, porque el candidato del Pacto Histórico tendrá la oportunidad de lograr la remontada. Se trata de un evento electoral histórico, en segunda vuelta, que busca derrotar a la derecha colombiana y elegir al nuevo inquilino de la Casa de Nariño —como es llamado el palacio presidencial de la República de Colombia—, donde a Gustavo Petro Urrego (2022-2026) le toca finalizar su mandato el próximo 7 de agosto. Los aspirantes son Abelardo de la Espriella, por el partido Defensores de la Patria, e Iván Cepeda, representante del Pacto Histórico. De la Espriella ocupó el primer lugar y Cepeda, la segunda casilla, durante la primera vuelta, efectuada el 31 de mayo del presente año 2026.

En la primera vuelta de las elecciones colombianas, el candidato de la derecha, De la Espriella, lideró con 670 mil votos de ventaja, consiguiendo el 43,74% del total de los electores, para superar al postulante del Pacto Histórico, quien sumó 40,9% de las tarjetas; un resultado sorpresivo, pues se esperaba a Cepeda como líder de esa primera votación.

Los pronósticos daban a Cepeda como seguro ganador para el primer intento debido a la exitosa gestión gubernamental de Gustavo Petro, quien logró mejoras sustanciales en el salario de los trabajadores, así como la redistribución de la tierra para los campesinos y el fortalecimiento de la protección laboral, entre otros avances.

Por el contrario, el representante derechista mostró una oferta que solo pronostica más violencia. Plantea el proyecto de construir supercárceles —tal vez al estilo de lo que ha hecho Nayib Bukele en El Salvador—, en lugar de ofrecer más centros educativos, incluyendo nuevas universidades, como lo hizo Petro durante su gestión gubernamental.

Ese programa del candidato De la Espriella nos traslada 78 años atrás en la historia, cuando fue asesinado, en la Carrera Séptima de Bogotá, el carismático dirigente Jorge Eliézer Gaitán, para entonces líder del Partido Liberal. Desde ese momento, Colombia no ha tenido respiro ante el narcotráfico y los grupos armados que en un momento se identificaron como militantes de la causa revolucionaria.

Los acontecimientos de hoy, a 78 años del llamado Bogotazo, construyen una panorámica del profundo mensaje rebelde y gaitanista, imposible de borrar, dirigido a los descamisados de siempre, que sigue animando las incansables contiendas por calles, avenidas, veredas y hasta en las montañas donde aún opera el Ejército de Liberación Nacional (ELN) y la disidencia de las FARC.

Petro Urrego considera que el mensaje gaitanista se proyectó en el libro Cien años de soledad, escrito por Gabriel García Márquez, quien una tarde leyó sus poemas rebeldes en la plaza de Zipaquirá, el pueblo de la Catedral de Sal, en Cundinamarca.

Unidas por la historia, en las batallas lideradas por el gigante Simón Bolívar, Venezuela y la Nueva Granada se mostraron aparejadas bajo la bandera de Colombia la grande, la misma que soñó el Libertador, pero contra la que conspiró la terca oligarquía santanderista. Hoy esa oligarquía sigue más viva que nunca, con sus intenciones de romper la unidad popular del pueblo trabajador y abonar la ruta a favor de aquellos que se consideran dueños de ríos, campos y montañas.

Chávez y la paz colombiana

Cuando el comandante Hugo Chávez irrumpió por el gran sendero de la historia patria, blandiendo el ideario bolivariano, lo dijo todo a favor de la hermandad de esa Colombia la grande en la cual creyó el Libertador.

La palabra dicha y la palabra escrita a favor de la paz en Colombia caracterizaron siempre el discurso chavista, porque el comandante sabía del peso que tendría para la región una renovada alianza venezolano-colombiana.

No era solo una simbología patriotera. Desde sus primeros días como presidente, el líder bolivariano abogó por la tranquilidad del importante vecino y en esa dirección intensificó relaciones con el mismísimo Álvaro Uribe y, luego, con Juan Manuel Santos. También invitó a Miraflores a los jefes guerrilleros para conversar sobre la paz.

Chávez insistió, y así lo planteó a propios y contrarios, que la salida de la crisis del hermano país no debía dilucidarse en el campo de la lucha guerrillera, sino en la sana y sincera diatriba política. De allí la activa presencia del gobierno bolivariano en los diálogos de paz de La Habana, que resultaron alentadores, pero que al final fueron minados por el uribismo, echado a los pies de los halcones del Pentágono.

La palabra dicha y la palabra escrita esta vez se habían confabulado entre el discurso encendido de Chávez y la pluma mágica de Gabriel García Márquez en un avión de la Armada venezolana, en el mes de febrero de 1999, sobre el mar Caribe.

El recién electo presidente venezolano había atrapado al Gabo en ese corto viaje La Habana-Caracas, según la página maravillosa del artículo El enigma de los dos Chávez, producto de la fina pluma de aquel escritor y periodista que, en su temprana juventud, fue impactado por la eufórica palabra gaitanista en la década de los cuarenta del siglo pasado.

Las relaciones fraternales con el vecino país no han quedado solo en el recuerdo de las batallas de Boyacá y Pantano de Vargas, o en la personalidad de Simón Bolívar y Antonio Ricaurte. La misma historia se ha encargado de refrescarla, por ejemplo, con la presencia del superbloque República de Venezuela, construido en enero de 1956 en la rebelde ciudad de Cali como expresión de solidaridad venezolana a raíz de una tragedia que produjo la muerte de cuatro mil personas. Además, hoy la patria de Bolívar alberga a más de seis millones de colombianos que han huido de la violencia y encontrado una mano amiga entre las venezolanas y los venezolanos.

Muchos de esos refugiados colombianos también retribuyeron ese cobijo, uniéndose a los movimientos revolucionarios que combatieron en ciudades y montañas durante el puntofijismo. Algunos pasaron años entre rejas, como el caso de Pavel Castillo, miembro de una familia colombiana de La Pastora, que se involucró totalmente en la lucha revolucionaria.

Otro caso emblemático es el del camarada Carlos Rey, quien formó parte de la unidad táctica de combate (UTC) Iván Barreto Miliani de las Fuerzas Armadas de Liberación Nacional (FALN), que el 9 de octubre de 1964 capturó, en la calle Soapure de Bello Monte, al sur de Caracas, al militar yanqui Michael Smolen, un piloto que había bombardeado aldeas vietnamitas. La acción de ese viernes 9 intentó evitar el fusilamiento, en Saigón, del joven combatiente Nguyễn Văn Trỗi.

En una conferencia, dada hace varios años en el Instituto de Altos Estudios Diplomáticos Pedro Gual (IAEDPG), Pavel Rondón, para entonces embajador de Venezuela en Bogotá (2006-2008), afirmó que la relación entre las y los venezolanos con inmigrantes del vecino país es más de lo que imaginamos y refleja la relación fraterna y sincera de ambos pueblos. Así, Rondón le salía al paso a la postura de que la presencia neogranadina en tierra bolivariana era una acción programada estratégicamente con fines militares.

Miles de familias, entre las que nos contamos, tenemos vínculos sanguíneos, sin traumas, con pueblos extranjeros. En nuestro caso, desde hace veinte años, gracias a tres nietas, una de ellas de nombre Hanói, que nació en Hà Nội, la capital de la República Socialista de Vietnam.