Caracas, 21 de julio 2026
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Psicosoma | El silencio cómplice

Por Rosa Anca

Cuando una sociedad niega su sombra, su devastación es inminente.

K. G. Jung

O inventamos o erramos.

Simón Rodríguez

21/07/2026.- En este mundo globalizado, de interacciones continuas y monólogos internos, es casi imposible cultivar el silencio, apartar el ruido exterior e interior, porque siempre se trama una "película" que se monta en el barrio, en las redes, en la familia, en la pareja y siempre bajo ese tejemaneje de la agenda del poder unívoco: el "ojo de Dios".

Trabajar de forma disciplinada para sentir y conocer la voz o las voces interiores se concibe como "una pérdida de tiempo", y menos agrada estudiar la mente, la psiquis, el alma o la energía. Cuesta dedicar tiempo a vernos. ¿Qué somos cuando nos quitamos las máscaras? Olvidamos mirar "el espejo del alma" y preferimos vivir sin percibirnos, aupando agendas y sueños de otros, mientras la sombra nos dirige con sus proyecciones y "amamos" a líderes mesiánicos, artistas, políticos y narcisos que aparentan tener la llave de la supuesta felicidad.

Mientras tanto, se teme estar en silencio consigo mismo, conocer los miedos y entender cómo ese proceso de autoconocimiento es un eureka cotidiano, de curiosidad, escucha y atención plena al observar las proyecciones de nuestros deseos o carencias en los demás. Siempre "la noche oscura del alma" abre nuevos umbrales ante situaciones borderline, de catástrofes extremas o imprevistas, ¡y cuánta ayuda psicoemocional aportan los simulacros ante situaciones de desastres ecológicos! La sociedad sería menos violenta si conectara con el silencio como una forma de respirar lenta y profundamente, de apagar los ruidos y así transitar las tormentas anímicas, el dolor y la plenitud en un estado consciente.

Sin embargo, la dependencia a cualquier medio de comunicación —redes sociales, radio, televisión, computadoras, libros—, que nos somete y nos atrapa en sus narrativas o comercialización, lo hace cada vez más difícil. Pareciera que la desconexión social es imposible y que vivir en soledad se complica porque se la percibe como peligro, desprotección o abandono. No hablo de ir a buscar el silencio a la montaña, la playa o las islas para activar la desconexión, porque casi siempre internet nos atrapa con un "selfi único" (nos encanta la voz narcisista y egoica), pero la decisión de cultivar el silencio siempre parte de un acto responsable.

Me da tanta alegría la espera del felino en medio de la biblioteca al regresar de un fin de semana, y pienso en mi amiga invidente, que es pura luz interna: pasea con sus perros y conversamos sin encender la luz, pues conozco en la oscuridad los espacios de su casa. Al compartir con personas migrantes y refugiadas nos reconfiguramos en retroalimentación, y así confrontamos los mitos, creencias y verdades del poder, que buscan someter mediante el miedo, la culpa o la vergüenza internalizada que nace con la pérdida de identidad con el pasado cultural.

Tras ser colonizados, nos siembran la idea de que somos seres inferiores, una "raza inferior" que necesita "guías o maestros", porque para el invasor el mestizaje es una mezcla de sangres esclavas e inferiores. Todavía se practica una especie de esclavitud con los migrantes en las bananeras, en las fincas de café, en el servicio doméstico y en el trabajo sexual; por eso da coraje la resistencia de campesinos e indígenas en defensa de la Madre Tierra. Familias de Centroamérica, con mujeres que huyen tras ser expulsadas de sus tierras en busca del "sueño americano", residen en la zona norte mexicana y son "devueltas" a sus países; pero resisten, continúan en ese deambular y algunas ingresan a Costa Rica. Me llaman la atención las madres de lengua misquita de la costa de Nicaragua, que llevan a sus hijas e hijos a los espacios comunitarios de encuentro.

Conocí a muchas que trabajan en la cocina, en el servicio doméstico, y a otras que estudian y trabajan al mismo tiempo. Aun así, se sienten "malas madres", culpables por no poder darles una vida digna a sus familias, acusadas de ser "malas madres". Es difícil ser madre migrante sin documentos, sin casa ni trabajo: cada proceso de legalización es largo y costoso y, a la par, el estrés las va deteriorando. Algunas intentan suicidarse o se ven torturadas por ideas suicidas. El sistema condena a los seres vulnerables y esta cosificación imposibilita reconocer las redes de alienación, mientras las mafias perversas explotan a jóvenes en el turismo sexual.

Recuperar y reconstruir en medio de un mundo kafkiano es un proceso arduo y traumático, "rumbo al tercer milenio". Decía al inicio que tomar conciencia de la necesidad del silencio para oírse es casi una "misión imposible", y parece más cómodo vivir hacia afuera, con agendas u órdenes externas, a expensas del reconocimiento, de reacciones agradables y aplausos múltiples, sin asumir la responsabilidad de reconstruir la psiquis, de conocer sus reacciones, emociones, el inconsciente colectivo, los sueños y las esperanzas. El proceso kafkiano avanza con más laberintos, con leyes justas en apariencia para todas y todos, aunque sabemos que en realidad la justicia tarda años y casi toda una vida entre trámites burocráticos. Realmente, el procedimiento mismo es el castigo para los seres atrapados en las cacerías del ICE o de cualquier aparato represivo que casi nunca persigue a los de "cuello blanco".

En medio de Frankenstein o los algoritmos, la inteligencia artificial, Los condenados de la tierra y Los miserables de Victor Hugo, crecen más parias en el mundo. El sistema liberal salvaje fagocita continentes y quizás estemos en un proceso de involución hacia el "eterno retorno", pero parto de la esperanza en resistencia, al amparo de las diosas y dioses ancestrales de pueblos milenarios que "vencen las sombras" y nos ayudan a comprender nuevos procesos, a construir leyes humanistas que destejan laberintos desalmados, a no cansarnos en la rebeldía apasionada del renacer diario en medio del silencio. Sentimos que, a la par de las guerras y las miserias, nacen en la invisibilidad otras posibles formas de entendimiento.

Se agotan los imperios y arrastran con más ferocidad. Es algo inevitable, mas siempre persiste una flor en el pantano, un recién nacido en los escombros, un gato ciego muerto de miedo que todavía araña, y el sol, Taita Inti, que sale y nos levanta. Es cierto que la apatía y las fiebres distractoras revientan los sentidos, tejen laberintos de micropoderes y el sistema nos quiere doblegar, sometiéndonos todos los días a través de los medios de comunicación con la pretensión de robar o sustituir los sueños y la esperanza. Nos sobreponemos con alegrías, llantos y duelos al doble terremoto; dejemos a los muertos en paz y abracemos la vida. Solo el amor salva, y vamos a salir de esta doble pesadilla que azotó a mi amada Venezuela. Alquimicemos las emociones, conociendo las sombras que nos permiten renacer. El cultivo del silencio nos sana.