Palabras... | Última carta a Valparaíso
(O golpe de Estado a un gran amor)
Por Carlos Angulo
A Yolanda Spinetti, Mayra Avilán, Felipe García y en memoria de Michelle Marguerite Peña Herreros.
En el fondo del poema que dirían las palabras que se ahogaron en el llanto.
En la línea azul de la página del cuaderno donde nunca te escribí por última vez.
03/09/2026.- Hace largo tiempo que no sé de usted, amor. Bajo un profundo cielo azul y una brisa que, de lenta, tarda en pasar, confieso que en ocasiones me posesiona la duda y la tristeza, la rabia y el no sé qué hacer, y un aire quejumbroso se conduele en las cortinas al comenzar de nuevo a escribirle siempre la misma carta, sin obtener respuesta alguna. Continúo confiado en que la convicción justa está de nuestro lado. Mas cuando es el amor lo que acribillan y queman, debe emerger, inevitable, las redes de manos a tiempo íntegro. Han de salir los picos y las palas para reconstruir el arcoíris que no ha vuelto y la fuerza necesaria para voltear la basura que nos cubre. De estos tiempos nuestros, vuelvo a decirle que, a pesar de disminuir las puestas de sol que nos han sido destinadas, se justifica por ser naturaleza. Pero no es el tiempo, en este caso. Son algunos hombres que se levantan de sus tumbas para disfrutar la muerte de los otros.
Insisto en que si algo puede ser necesario es la posibilidad de ser autores vivos de la historia urgente. Y si en cada noticia se está presente a corazón, y en cada acontecimiento se está allí a certidumbre, entonces se estará haciendo lo imprescindible hasta por quienes nos invade la impotencia. Pero ha de caer como un cristal de las alturas, indigno de ver las estrellas y la noche.
Aquí, le repito, espero, espero con afán, mas no llega el mensaje que alimenta las calles de Chile, los paisajes que rescata el ser nuevo, las tardes en los parques, la cena y el cine, los amigos de la universidad y la mina, ni la virgen canción. Nada sobre las tertulias en el café de la esquina, el último libro leído en plena madrugada, ni los poemas de amor que se hacían tan difíciles.
Sabe, la misma luna nos alumbra. Mírela. Clandestina, dice con cautela que en ningún momento he dejado de escribirle. Véala en las noches más hermosas e incluso en los momentos en que más pierda la fe. Por ella sabrá que el amor está intacto, que pienso en ustedes, que nada hemos olvidado, que este pueblo continúa solidario hasta el límite del límite si es preciso.
No sé si esta será la última carta que le escribo, pero, ábrala quien la abra, léala quien la lea, solo le ruego que se comunique con ella y, si no la encuentra por ningún lado, por favor, señor militar, envíeme aunque sea una carta en blanco, que yo me encargaré de llenarla con las palabras de amor que ella me escribía.
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