Templanza Económica | Venezuela Renace: el diálogo
Por Marcial Arenas
Es imperante resolver el conflicto que ha ocasionado las más crueles penurias y carencias a nuestro pueblo. No se trata de firmar una tregua. Ni siquiera de una especie de armisticio. No basta con sentarse a la misma mesa. Hay que consolidar un espacio de encuentro y disenso para vencer la dependencia de la renta petrolera y, por medio de fórmulas creativas, direccionar la incontenible fuerza del rentismo. Evitar la fugacidad intermitente de los ingresos por exportación de recursos energéticos y mineros, requiere su aplicación acertada al hecho productivo en función del Renacer de Venezuela. Si el diálogo y la apertura económica no rompen con la lógica rentista, el próximo ciclo de abundancia será un nuevo espejismo.
La recuperación tiene como requisito la convivencia y el respeto de todos y todas. Somos un pueblo diverso, amalgamado en el esfuerzo diario de habitantes originarios y los migrantes que se han sumado. Somos tolerantes en esencia. El conflicto a superar, internacionalizado por solicitud de la parte que ha demostrado carecer de apoyo interno, ha deteriorado los activos de una de las naciones con mayor potencial de prosperidad en este momento. Para activar las cuantiosas reservas de recursos naturales, se ha convocado la inversión extranjera directa IED.
La feroz confrontación, con la campaña de desprestigio político más costosa y prolongada, ha logrado fijar por medios virtuales la falsa matriz de que Venezuela es un pueblo partido en dos. Debe desmontarse la campaña de odio hacia los venezolanos. Los medios de comunicación deben recuperar la cordura informativa. La ética de los comunicadores debe renacer también. Las injuriosas premisas apoyadas por distintas acciones, muchas de ellas delictivas e inmorales, amplificadas por granjas de bots, que repiten y viralizan mensajes hasta hacer creer que son compartidos por amplios sectores de la población, tampoco se admiten en esta nueva etapa de la historia republicana.
Una nueva oportunidad que propicia el desarrollo de las fuerzas productivas, debe ser el final de una larga ruta de encuentros y desencuentros cuyo costo pagan con sufrimiento los sectores desfavorecidos del país. Así ha ocurrido desde la República nacida a orillas del majestuoso Orinoco, en Angostura, vigente entre 1821 y 1831. El sol se alzaba en la desembocadura del Esequibo, sobre el Atlántico, y se ponía en la costa del Pacífico. El mar Caribe la bañaba desde la isla de aves; al sur, se remontaba a la cordillera andina desde los llanos, pasando por la selva amazónica hasta el río Zarumilla. Cerca de 4 millones de kilómetros cuadrados, más que Europa Oriental. Dotada de recursos diversos, conteniendo la mejor ruta entre ambos océanos. Pero las diminutas apetencias caudillistas y el punzón azuzador de los acólitos de Monroe quebraron el destino de esa gran potencia. Con su derrumbe sucumbió también la iniciativa anfictiónica del Libertador: varias repúblicas blindadas ante toda amenaza externa.
Es así que la República de Venezuela nació del derrumbe de ese sueño continental. Su destino parece marcado por la lógica autodestructiva de la confrontación estéril. Somos un trozo de una potencia aminorada por la disputa entre próceres mantuanos y héroes de la guerra. Las figuras agigantadas en los campos de batalla contra la vieja España redujeron su talla al elegir ser cabeza de ratón antes que cola de león: cabezas sin brújula histórica ni trascendencia generacional, motivadas por el temporal disfrute material y la adulancia, temerosas siempre de los intereses del "coloso" del norte.
Cuatro han sido los períodos que, tras un bienestar efímero, terminaron en nueva inestabilidad. Primero, la separación de las repúblicas de la Gran Colombia, que atomizó el sueño anfictiónico y dejó a Venezuela a merced de sus caudillos. Segundo, la guerra federal, que izó banderas justas para luego postergar sus conquistas. Tercero, la caída del caudillismo territorial gracias a Gómez, que con su muerte dio paso a una modernización truncada. Cuarto, el período puntofijista, que maniató una vez más las aspiraciones populares con represión y demagogia. En cada uno de esos ciclos, el pueblo fue carne de cañón de mezquinas apetencias; en cada uno, la promesa de bienestar se disipó en detrimento de los eternos excluidos en cada disputa. Sólo el movimiento bolivariano, elevó al sujeto transformador: el pueblo.
El diálogo en el presente debe detener la exclusión y sabotaje mutuo que recorre nuestra historia. En el siglo XIX, fueron los mantuanos conservadores contra los caudillos liberales, disputándose aduanas, tierras y minas, y atomizando el proyecto grancolombiano. En el siglo XX, la alternancia entre un ideal de nación y las cúpulas puntofijistas con una visión de país como botín. Caudillos civiles, apoyados por las armas de la república, y una casta militar paradójicamente civilista. Unos, promoviendo el ideal nacional; la contraparte reduciendo todo a una identidad simple: Venezuela es igual a petróleo. Esa fórmula, impuesta por más de medio siglo, ha dejado de ser viable. Pero asoma peligrosamente su resurrección si dejamos que, una combinación de las desaforadas fuerzas del mercado y la condición rentística de la economía, impidan el surgimiento de la Venezuela productiva independiente.
Coincidiendo con el agotamiento de ese modelo excluyente, surgió un movimiento donde vastos grupos progresistas, anteriormente divididos, y una pequeña facción militar nacionalista, se aglutinaron bajo los preceptos bolivarianos. Un líder, la eterna esperanza y un pueblo hastiado de la represión y la demagogia. La dirección demagoga desplazada, apostó a la asfixia financiera del país y a las sanciones. Son dos maneras de entender Venezuela confrontadas a lo largo de 27 años: cambiar desde dentro en favor del pueblo o dejarse cambiar desde fuera, en favor de las vetustas élites.
La profecía cumplida de la amenaza de colapso, por intervención de una potencia extranjera a petición de políticos serviles, ha marcado la peor época republicana, comparable solo a los veinte años de la guerra de independencia. Uslar Pietri dijo que entonces perdimos la mitad de la economía y la mitad de la población. Hoy debemos contar la pérdida del 80% del PIB, la afectación de la salud de todo un pueblo y la migración de parte de nuestra población económicamente activa.
Todo conduce a una conclusión: el primer acuerdo nacional debe ser solicitar al unísono la restitución de bienes y recursos bloqueados como parte de la pugna. Ambos interlocutores aceptan que la mesa es el único terreno para expresarse, con respeto. El haberse sentado a negociar es, en sí mismo, un acto de desarme; más allá, se espera el abandono de la lógica de sabotaje mutuo. Cada parte debe asumir su corresponsabilidad. "Basta de extremismo", ha dicho la presidenta encargada.
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