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Letra fría | La República se batió por Garmendia y el Anacobero

Por Humberto Márquez

02/10/2026.- Me da la impresión de que la única vez que la República del Este mostró un carácter literario —salvo algunos acticos culturales esporádicos organizados por Mary Ferrero— fue cuando se batió por Garmendia y el Anacobero, e hizo un acto de desagravio al gran escritor de La mala vida.

El sexto capítulo de La patria bohemia que nació derrotada. Semblanza de grupo de la República del Este, tesis de grado de Lissy de Abreu Gallego y Aline Dos Reis Albuja presentada en la Escuela de Comunicación Social de la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB), se titula "Me doy tan poca esperanza para otro porvenir". Aunque no entendí mucho el título, el verdadero tema es todo el revuelo que levantó un polémico cuento de Salvador. Al releerlo hoy, me cuesta entender el escándalo que armaron los puritanos por un sencillo cuento de putas. Y no podía ser de otra manera, porque Daniel Santos era eso: un putañero insigne. Hasta los militares protestaron porque el personaje Cucurucho era un militar borracho y putañero, también. Le gustaba tanto vivir en burdeles —García Márquez decía que los burdeles son perfectos para escribir porque de día las putas duermen— que aquí en Caracas Daniel se hospedaba en el burdel La Gata, en Catia.

Por cierto, al releer el cuento me enteré de que la Gata se llamaba María Luisa Saavedra.

Era una mujer que tú la veías salir de la tienda Ketty Myriam y creías que era una tipa de "la jai". Cuando Louis Jouvet llegó a Caracas, Papillon le dio un banquete en La Pastora con las mujeres más bellas de la ciudad. La cocaína la servían en platicos de dulce y la Gata era la mujer más elegante. Nadie supo quién era; toda la alta sociedad se comió el trazo.

Pero volviendo a nuestro tema, la trama se inicia con Salvador y Luis Alberto Crespo en el Chicken Bar, tomándose un trago y evaluando la conveniencia o no de publicar el cuento en el Papel Literario de El Nacional, que Crespito dirigía. El propio Garmendia estaba consciente de que el relato le podría traer problemas, ¡y vaya que los trajo! Aunque el filólogo Ángel Rosenblat, autor del libro Buenas y malas palabras, señaló que ninguna palabra está mal dicha, el Bloque de Prensa Venezolano no lo creyó así y presentó una denuncia contra Garmendia ante el Juzgado Segundo de Primera Instancia en lo Penal "por el delito de ultraje al pudor público, lesionador de los principios morales de la sociedad venezolana".

Jorge Olavarría e Isaac Pardo también cerraron filas con Garmendia, pero creo que la intervención de mi profesor Rosenblat fue la más contundente por ser una eminencia de la filología, sin dejar de reconocer que las declaraciones de Isaac Pardo en el juicio dieron al traste con la intención del Bloque de Prensa Venezolano de meter presos a Salvador y a Olavarría —quien también se jugaba lo suyo por republicar el polémico cuento en su revista Resumen.

Un par de años más tarde, en El Sádico Ilustrado, como sacándose el clavo, escribió:

No sé si algún filólogo simpático se habrá detenido a calcular, en cifras, la cantidad de vocablos, provenientes del lenguaje común o pretencioso, que se han desintegrado, podrido o muerto, simplemente, a lo largo del tiempo, mientras las malas palabras, manteniéndose frescas y rosadas, siguen su camino, muertas de la risa.

Sus amigos —casi todos artistas, poetas, narradores, pintores y cultivadores de otras disciplinas—, como decía la Negra Maggi, de no haber existido la República del Este, igual habrían hecho el acto de desagravio en la Galería Durban del Loro Segnini, y habrían intervenido los mismos personajes. Sin embargo, no todo fue a favor o en contra del escritor laureado: hubo una tercera postura desde la ultraizquierda, representada por figuras como Álvaro Carrera, quien escribió "La República del Este: nido de ratas" para criticar que salieran a defender sus “groserías” en lugar de protestar por el cierre de publicaciones izquierdistas como Al Margen y Qué Hacer, declarándolos enemigos del pueblo y de la revolución.

Según cuentan las tesistas, la censura no era nada nueva para Garmendia. Día de ceniza se publicó por entregas en la revista CAL, dirigida por Guillermo Meneses, a quien amenazaron con retirarle el financiamiento; no obstante, él no se amilanó y la siguió publicando, derrotando la censura. No pasó lo mismo con Los pies de barro, que fue prohibida en España por la dictadura franquista. Incluso en la obra póstuma Tías y putas hubo objeciones por el título procaz, según cuenta la escritora y crítica literaria Silda Cordoliani, quien fue nombrada curadora de los trabajos de Garmendia por María Elena Maggi, hermana de la Negra Garmendia (ambas compañeras nuestras de curso en la Escuela de Letras de la UCV).

Como corolario de este capítulo de la tesis, las muchachas son categóricas al afirmar que la República del Este no fue propiamente un grupo literario, a pesar de haber tenido una revista. Lo mismo pensaba nuestro profesor Óscar Sambrano Urdaneta: no se trataba de un colectivo formal, sino de una peña de amigos que se reunían a conversar y a tomar unos tragos. La tesis incluye también unas afectuosas palabras del poeta Pepe Barroeta sobre el Chino Valera Mora.