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Pluma acústica | Markolino Dimond: el enigmático verdugo de las teclas

Por Kike Gavilán

15/10/2026.- En la cartografía sonora de la salsa neoyorquina de los años sesenta y setenta, pocos nombres representan un misterio tan denso y una devoción tan brava como el de Mark Alexander Dimond, conocido en el ambiente rumbero con el apodo de Markolino Dimond. Mientras grandes pianistas de la época dorada de la salsa —como Eddie Palmieri, Larry Harlow, Richie Ray y Papo Lucca— construyeron imperios musicales con largas trayectorias y una gran cantidad de trabajos discográficos, Markolino atravesó la escena musical caribeña de la Gran Manzana como un cometa incandescente y fugaz.

Nació en Filadelfia cerca de 1950 y fue criado en los complejos habitacionales del Lower East Side de Manhattan. Era hijo de una trabajadora social afroamericana y, según contaba él mismo, de un padre cubano de apellido Dimond a quien casi nadie en su entorno musical llegó a conocer. Desde chamo, su vida estuvo marcada por el cruce cultural. Creció en la intersección viva donde el góspel, el rhythm & blues y el jazz de Harlem se mezclaban con los ritmos afrocaribeños llevados por las migraciones puertorriqueñas y cubanas.

Aunque recibió algunas lecciones formales de música durante su infancia, Mark era esencialmente un virtuoso empírico. A los 16 años, recomendado por su vecino y amigo Ismael Miranda, ingresó al circuito de los clubes neoyorquinos al unirse al sexteto de Andy Harlow. En los locales 3 en 1 de Brooklyn y el JJ Club de la calle 80, entre otros, el joven pianista afroamericano comenzó a sorprender a los músicos latinos por la fluidez natural con la que asimilaba la clave y la cadencia del montuno y el tumbao.

Su estilo de tocar piano se caracterizaba por tener un ataque rítmico preciso y violento, el uso de disonancias tomadas del bebop, acordes abiertos y una independencia de manos que le permitía sostener un tumbao sólido con la mano izquierda y soltar frases impresionantes con la derecha.

La explosión con Willie Colón

A finales de los años sesenta, el sello Fania Records comenzaba a moldear el sonido urbano de las calles de la Babel de Hierro. Uno de los involucrados era Willie Colón, un joven trombonista del Bronx de apenas 17 años. Willie buscaba un sonido crudo, violento y callejero que reflejara la realidad del barrio. La incorporación de Markolino Dimond a su agrupación fue fundamental para terminar de afianzar esa estética de chicos malos que andaba buscando.

En esta etapa junto a Willie Colón, fue el pianista y arreglista principal de discos que son verdaderas joyas de la música latina. Se destacó en The hustler, de 1968, donde el piano es la columna vertebral de aquella bestialidad. Para el tema Guajirón, creó un montuno en contracorriente con el bajo que rompió los esquemas tradicionales de la guajira, coronándolo con un solo de piano que hoy es pieza de estudio obligada para los pianistas de salsa.

También participó en el disco Guisando, de 1969, donde no solo aportó su agilidad con las teclas, sino también su vena de compositor. Para este álbum escribió la canción Te están buscando, un tema oscuro y denso, interpretado por Héctor Lavoe. La letra es un reflejo autobiográfico de las primeras sombras que acechaban a Dimond: su temprana adicción a las drogas y sus roces con la policía en el East Side.

Para 1971, cuando estaban a punto de grabar el disco Cosa nuestra, Richie Bonilla, quien era el productor ejecutivo del álbum, decidió sacar de la agrupación a Markolino por considerarlo un tipo problemático. El uso constante de drogas lo hacía tanto cometer grandes imprudencias como tocar increíblemente por igual.

Tres joyas de discos

A pesar de sus problemas de adicción, la primera mitad de la década de 1970 fue su época de mayor lucidez creativa. En este período grabó sus tres discos como solista. En 1971, bajo el sello Vaya Records, Markolino reunió a un grupo de músicos de primera línea y reclutó para las voces a un desconocido —hasta ese momento— cantante puertorriqueño: Ángel Canales. El resultado fue el disco Brujería. Este LP resultaría ser una obra maestra de valor incalculable de la época dorada de la salsa dura.

En 1975, junto al irreverente sonero Frankie Dante y al legendario Chivirico Dávila, Markolino grabó Beethoven’s V o El quinto de Beethoven, una de las propuestas más genuinas y poderosas de la salsa brava. En este trabajo, deconstruyó fragmentos de la Quinta sinfonía de Beethoven para mezclarlos con son montuno agresivo y jazz latino experimental. Los temas Por qué adoré y Los rumberos, entre otros, se convirtieron en coros del barrio y demostraron que su talento estaba en un nivel superior, a pesar de sus constantes problemas con las sustancias ilegales.

Ese mismo año de 1975, grabó el disco The Alexander review. En este álbum se fue por géneros afroamericanos como el soul, el funk y el R&B. Él mismo asumió la voz principal de letras en inglés. Es un LP muy interesante, poderoso y psicodélico, aunque no alcanzó jamás el nivel de popularidad y genialidad de sus hermanos mayores.

Declive, misterio y tragedia de un genio

A lo largo de los años setenta, la reputación de Dimond entre sus colegas era gigante. Pianistas como Larry Harlow y Gilberto "el Pulpo" Colón lo consideraban un genio avanzado a su tiempo. Su huella quedó impresa en participaciones maravillosas con otros duros de la salsa como Ismael Quintana y Héctor Lavoe, con quien grabó el emblemático solo de piano en el tema Rompe saragüey.

Hacia finales de la década, Markolino desapareció de los estudios de grabación y de la vida pública neoyorquina. Su figura se envolvió en una ola de mitos urbanos. Se hablaba de su vagabundeo por las calles de Manhattan, de crisis de salud mental y hasta de un retiro forzado.

El 15 de junio de 1986, con apenas 36 años de edad, Markolino Dimond falleció en Oakland, California. Su muerte estuvo relacionada con problemas neurológicos producto de una sífilis cerebral no tratada a tiempo, que le causó un cuadro agravado por el deterioro físico acumulado durante años de adicción.

Hoy en día, el culto a su figura no hace sino crecer entre melómanos, músicos e investigadores en todo el planeta. Sus montunos y sus solos en Guajirón, Rompe saragüey y todas las canciones de sus dos discos seguirán siendo monumentos al atrevimiento rítmico y armónico. Markolino dialogaba con la calle, los demonios urbanos y la belleza pura, dejándonos obras de arte inigualables que siguen retumbando en las cornetas de quienes saben de salsa de verdad.