Al derecho y al revés | El Nobel busca enseriarse
Por Domingo Alberto Rangel
15/10/2026.- Personas e instituciones suelen equivocarse y, una vez metida la pata, pocas veces enderezamos el rumbo y menos aún se reconocen los errores.
Uno de los que reconoció tardíamente, pero lo hizo, los males que trajo a la humanidad uno de sus inventos fue Alfredo Nobel, el creador del premio homónimo.
A ese respecto, y me perdonan los lectores este pequeño paréntesis, recalco que las biografías de los poderosos y gente destacada por lo general salen podadas de esas zonas oscuras que todos los humanos tenemos, sin que ello les quite un átomo de grandeza, si ese fuese el caso.
Con Nobel sucedió algo similar y de él solo se menciona hoy el premio con el que se galardonan personalidades que se han destacado en el ámbito de las ciencias y las humanidades.
Otros notables también pasan a la historia como muy buenos y, por poner un ejemplo, recuerdo que quien fue jefe del gobierno británico durante la Segunda Guerra Mundial, sir Winston Churchill, en sus numerosas biografías siempre aparece como afecto a beber alcohol: ¡una botella de brandy diaria y una de champaña!
Pero sus biógrafos nunca lo califican como “borracho”.
Nobel, el inventor de la dinamita, gracias a su bélico invento ganó mucho más dinero del que pensaba gastar.
Luego, Alfredo Nobel, horrorizado por las muertes que su invento provocaba, creó el Premio Nobel de la Paz.
Ese premio, desde el principio, fue adversado por los grandes poderes, que son los que pueden jugar a la guerra.
No obstante, con el tiempo, imperios y países grandes aprendieron y comenzaron a influir en el Premio de la Paz cuando les afectaba.
Hubo galardonados que sufrieron las incomprensiones de parte del público, generalmente polarizado por la política, que irracionalmente no entiende las finuras de la diplomacia y que, en tiempos de internet e IA, piensa que todo lo sabe.
También ha habido e incluso se han conocido casos de personalidades que rechazaron el premio que, entre pitos y flautas, siempre ronda y supera el millón de dólares.
Al primer Roosevelt, quien recomendaba que los presidentes de los Estados Unidos deberían hablar con voz suave, pero siempre llevando un gran garrote en la mano, le otorgaron ese Nobel y hubo rechiflas.
A Obama también se le criticó por no haber parado más guerra que la de Afganistán, que ya estaba perdida.
Cuando se terminó la guerra de Vietnam, en la que los asiáticos tuvieron cerca de medio millón de bajas y los gringos unos cincuenta mil entre soldados y asesores, al Comité del Premio se le ocurrió entregar el galardón de la paz a dos ganadores: Henry Kissinger y Le Duc Tho.
Y se armó el zafarrancho, que terminó con que el vietnamita Le Duc Tho rechazó el premio, mientras que Kissinger no fue a recogerlo y más tarde devolvió el cheque de medio millón.
Pero nada en materia de rebajar un premio como la insólita bobería de entregarle el año pasado el Nobel de la Paz a la señora María Corina Machado.
El acto se consideró politiquero e inmerecido, a lo cual ella contribuyó al entregarle a Donald Trump, el mayor buscapleitos del planeta, la medalla; eso fue el colmo, que ahora se repara al declarar ganadora a una auténtica luchadora por los derechos humanos: la sudafricana Navathem Pillay, quien desde la ONU definió a Israel como Estado genocida por el tema de Gaza.
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