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Libros libres | Guzmán Blanco según Pedro Calzadilla


Por Gabriel Jiménez Emán

 

Luego de leer varios capítulos del libro de Pedro Calzadilla El siglo de la pólvora y otros escritos (Monte Ávila, Centro de Estudios Simón Bolívar, 2022) me parece curiosa la insistencia de su autor en indagar en la época de Antonio Guzmán Blanco para desarrollar a lo largo de sus páginas                –con una prosa precisa y elegante a un tiempo—un acercamiento que no deja dudas acerca del carácter representativo y simbólico que este presidente pretendió imprimirle al país: un sello de orden y progreso que adoptó un  cariz positivista de avanzada, afianzado en una serie de fiestas, celebraciones y ceremonias que pudieran llevar al país a sentirse en la vanguardia social de América, hábilmente manejada esta imagen mediante un elemento derivado de la propia personalidad de Guzmán: el narcisismo ególatra. Al tiempo de construir un sólido imaginario en el pueblo a través de estas fiestas, ceremonias y símbolos concentrados en edificaciones majestuosas, y en expresiones que se hizo dedicar por escritores, músicos y pintores, “El Ilustre Americano” construyó un monumento delirante a su propio ego, mediante un uso astuto de la figura de Simón Bolívar y de los demás héroes de la Independencia, manejando al país de modo muy astuto, haciendo de las fiestas patrias los fastos principales: la Exposición Nacional, el Museo Nacional, las fiestas del Centenario y las Fiestas del 28 de octubre de Villa de Cura, entre otras, a la vez que haciendo un uso oportuno de las imágenes del pasado en su discurso político.

Adicionalmente, Calzadilla expone una serie de ideas notables tanto en el prefacio del volumen (“Historia, identidad y nación”) como en el epílogo (“Reflexiones y pistas para seguir investigando”) donde desglosa una serie de puntos neurálgicos basado en los distintos discursos que componen nuestra historia: el eclesiástico, el legislativo, el diplomático, el discurso de viajeros y cronistas, el discurso “correctivo”, el discurso  judicial-policial, así como aquellos destinados a “civilizar” a la ciudadanía (discursos moralistas pueden llamarse), formando todos parte de este enjambre de relatos que componen la compleja estructura simbólica donde se cimienta nuestra historia heroica.

Yo creo que estos retos y estas invitaciones de Pedro Calzadilla a proseguir desentrañando nuestra modernidad --desde las apoyaturas de épocas pasadas-- pudieran lograr modos lúcidos de interpretar los estilos de gobernanza en el siglo XX, desde los tiempos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Marcos Pérez Jiménez y tantos otros gobernantes de distinto signo, todos acusando el fuerte influjo de Guzmán Blanco en determinados aspectos, y en este sentido creo que el libro de Calzadilla abre un compás de interpretación para proseguir en la justa valoración de nuestros modos de gobernanza.

 


Luego de leer varios capítulos del libro de Pedro Calzadilla El siglo de la pólvora y otros escritos (Monte Ávila, Centro de Estudios Simón Bolívar, 2022) me parece curiosa la insistencia de su autor en indagar en la época de Antonio Guzmán Blanco para desarrollar a lo largo de sus páginas –con una prosa precisa y elegante a un tiempo—un acercamiento que no deja dudas acerca del carácter representativo y simbólico que este presidente pretendió imprimirle al país: un sello de orden y progreso que adoptó un cariz positivista de avanzada, afianzado en una serie de fiestas, celebraciones y ceremonias que pudieran llevar al país a sentirse en la vanguardia social de América, hábilmente manejada esta imagen mediante un elemento derivado de la propia personalidad de Guzmán: el narcisismo ególatra. Al tiempo de construir un sólido imaginario en el pueblo a través de estas fiestas, ceremonias y símbolos concentrados en edificaciones majestuosas, y en expresiones que se hizo dedicar por escritores, músicos y pintores, “El Ilustre Americano” construyó un monumento delirante a su propio ego, mediante un uso astuto de la figura de Simón Bolívar y de los demás héroes de la Independencia, manejando al país de modo muy astuto, haciendo de las fiestas patrias los fastos principales: la Exposición Nacional, el Museo Nacional, las fiestas del Centenario y las Fiestas del 28 de octubre de Villa de Cura, entre otras, a la vez que haciendo un uso oportuno de las imágenes del pasado en su discurso político.

Adicionalmente, Calzadilla expone una serie de ideas notables tanto en el prefacio del volumen (“Historia, identidad y nación”) como en el epílogo (“Reflexiones y pistas para seguir investigando”) donde desglosa una serie de puntos neurálgicos basado en los distintos discursos que componen nuestra historia: el eclesiástico, el legislativo, el diplomático, el discurso de viajeros y cronistas, el discurso “correctivo”, el discurso judicial-policial, así como aquellos destinados a “civilizar” a la ciudadanía (discursos moralistas pueden llamarse), formando todos parte de este enjambre de relatos que componen la compleja estructura simbólica donde se cimienta nuestra historia heroica.

Yo creo que estos retos y estas invitaciones de Pedro Calzadilla a proseguir desentrañando nuestra modernidad --desde las apoyaturas de épocas pasadas-- pudieran lograr modos lúcidos de interpretar los estilos de gobernanza en el siglo XX, desde los tiempos de Juan Vicente Gómez, Eleazar López Contreras, Isaías Medina Angarita, Marcos Pérez Jiménez y tantos otros gobernantes de distinto signo, todos acusando el fuerte influjo de Guzmán Blanco en determinados aspectos, y en este sentido creo que el libro de Calzadilla abre un compás de interpretación para proseguir en la justa valoración de nuestros modos de gobernanza.