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Aquí les cuento | Campamento 1 (2)

Por Aquiles Silva 


Todos sumamos

                 Para el renacer de la patria. 

 Dos de nuestros amados artesanos

Permanecen secuestrados.

 Nos hacen falta al lado de nuestro surco.



22/10/2026.- Es verdad que hemos atravesado unos tiempos tormentosos. ¡Y pensar que la vida nos cambió en un instante! Todos los que nos reunimos aquí y otros, inmensamente más numerosos, seguro están buscando la forma de encontrar una ventana por donde echar a volar los recuerdos tristes y los dolores.

Hoy hablamos con soltura, a diferencia de las exposiciones de la escuela donde nos cuesta vencer los temores para que los demás no se rían de nosotros. Aquí, en cambio, nos expresamos con la libertad de haber crecido en un minuto que se extendió por años. 

Los escucho hablar y me animo a compartir con ustedes ese pedacito de historia que les traigo esta tarde.

Aquí les muestro, este tambor de bordado que usaba mi abuelita. Miren el paisaje que estaba creando. Un jardín con margaritas, a la orilla de la playa y a lo lejos un barco que se pierde en el horizonte, y en lugar de humo bota gaviotas por la chimenea.

Ella, hace tres meses, me había ofrecido enseñarme las primeras puntadas, tan pronto llegara el período de vacaciones. Pero todo se nos revolvió y ya saben ustedes…

Nuestra casa, en ese apartamento que fue, era el lugar más hermoso de La Guaira. Y saben por qué, por el amor que sentía nuestra abuela por las plantas. Por eso, mi abuelita, convirtió el balcón de la casa en un verdadero jardín. Ahí ella llenó de macetas todo el espacio.

Mi mamá trabaja todo el día en la calle y llega en las noches. A ella no le importó que la abuela empezara a tener su propia hacienda en un lugar tan pequeño. ¡Ah, pero! ¿de quién es la culpa? ¡De mi mamá claro!

Porque mi abuela vivía feliz allá en su casa de Chuspa, donde tenía un patio, tan grande como una chacha de baloncesto y ahí había sembrado todo tipo de plantas: cambures, parchitas, aguacates, lechosas, mango, ocumo, topocho, limón, guanábana y naranjas. 

Y al frente de la casa, una cantidad de rosas, suculentas y otras plantas ornamentales. Pero mi mamá se trajo a la abuela porque, por razones de trabajo, no le quedaba tiempo de ir a visitarla. 

Yo feliz de tenerla con nosotros. Y ella regando todas las tardes su jardín y dándole agüita de azúcar a los colibríes que, la viejita asegura, vienen a visitarla desde su casa de la costa.

¡Ah!, se me olvidaba. Mi nombre es Emily y vengo de Caraballeda. Tengo doce años.

***

Esta es la primera vez que me reúno con ustedes. Apenas llegué ayer al campamento del César Nieves. Miren qué casualidad. Aquí jugó pelota el abuelo de Luis. Y acabo de escuchar su relato, muy bonito, por cierto.

Afortunadamente, en mi caso no perdí a ningún familiar y en el sector de Marapa, donde vivía, no se cayeron edificios, porque ahí no había. Y de las casas, muy pocas resultaron dañadas. Solamente la de nosotros sufrió el derrumbe de dos paredes. Y aunque les dé risa, mi papá es albañil y se lo pasa trabajando en otras construcciones. Y el cuarto que estaba haciendo en la azotea de nuestra casa, ya que somos dos hermanitas y, de paso, morochas de paso, nunca tuvo tiempo de terminarlo.

Ah, mi nombre es Lluvia y mi hermana se llama Rocío. Ya la conocerán estos días, lo que pasa es que se quedó con mi mamá aprendiendo unos puntos de tejido con aguja. Yo hice mi tarea rapidito y me acerqué hasta aquí. Ella, mi hermana, es muy lenta. Y yo hago las cosas rapidito. Pero bueno a ella le quedan siempre más bonitas las cosas que hace. 

Tenemos diez años. Y de haber sabido que uno tenía que traer algo para hablar aquí, yo me hubiera traído a mi muñeca. Para ver si entre ustedes hay un doctor. Porque a mi muñeca le falta el brazo derecho. Y es que, precisamente, quedó debajo de una de las paredes de la casa. Yo le dije a mi papá que cuando volviera a la casa lo buscara. Pero creo que no se acordó. 

"Tengo que ir al hospital de las muñecas", me dije, tan pronto llegué al campamento, porque segura estoy de que aquí hay uno atendido por los niños y niñas que van a ser los doctores, cuando sean grandes y que también cuidarán de los otros niños del campamento cuando sean adultos.

Habrá muchos que se dedicarán a otros oficios y profesiones, porque en la vida todos somos necesarios; y nosotros, todos, en estos momentos que nos han tocado vivir, lo hemos visto. 

Cuánta utilidad tienen las personas cuando se dedican a servirle a los demás.

Por ahí me hablaron de un señor llamado Moisés que es un artesano y sabe hacer de todo. Pero yo prefiero que sea un doctor que atienda a Lucía; ellos son los que saben de eso; mi muñeca tiene apenas cinco años de vida y no quiero que crezca sin su bracito derecho.



Caracas 21 de julio 2026.