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Psicosoma | Comunidad Magdala

Por Rosa Anca

Aquí no hay viejos, / solo nos llegó la tarde. / Viejo es el mar y se agiganta. / Viejo es el sol y nos calienta. / Vieja es la luna y nos alumbra. / Vieja es la tierra y nos da vida. / Viejo es el amor y nos alienta. / Aquí no hay viejos, / solo nos llegó la tarde.
Mario Benedetti

No te rindas, por favor no cedas, / aunque el frío queme, / aunque el miedo muerda, / aunque el sol se esconda y se calle el viento, / aún hay fuego en tu alma, / aún hay vida en tus sueños...
Mario Benedetti

27/10/2026.- Magdala deriva de la palabra hebrea y aramea Migdal, que significa torre, fortaleza o lugar elevado. De ese sitio procedía María Magdalena, cuyo nombre significa "María de Magdala"; ella vivió en el puerto pesquero y comercial ubicado en la costa occidental del mar de Galilea. Los Evangelios mencionan que ella y otras mujeres adineradas ayudaban a financiar el ministerio de Jesús. María Magdalena vivía en un puerto comercial tan rico que apoyó a Jesús al conocerlo y dejó su vida acomodada para ser su discípula y compañera.

Desde que escuché el nombre Magdala, quedé prendada de su sonido extraño, antiguo, profundo y pétreo.

La primera vez que fuimos al Hogar Magdala con el grupo teatral a presentar la obra Única mirando al mar, del escritor costarricense Fernando Contreras Castro, fue en el pasado mes de mayo, al sector de Bello Horizonte, un espacio a 1.100 m s. n. m. habitado por residentes de la tercera edad. Se respiraba calma y serenidad en el ambiente fresco de la mañana.

Luego, durante nuestra presentación, el lugar se tornó cálido y lleno de bullicio por las intervenciones del público residente. Sus atenciones, risas y alegrías avivaron mi curiosidad de acudir en otra ocasión y volver a compartir a través de las artes.

Recordaba mis actividades en las comunidades geriátricas en Venezuela y en el centro geriátrico Emma de Costa Rica.

Estos centros comunitarios de la tecera edad poseen un halo particular de mundos invisibles e interactuantes, con una porosidad imperceptible en el tránsito diario hacia la desaparición física, una muerte lenta que se visibiliza en enfermedades crónicas, deterioro cognitivo y memorias estancadas. En ellas hay residentes encamados, otros en sillas de ruedas, tratamientos médicos rigurosos pero, sobre todo, también lo que más los anima: las actividades recreativas, los ejercicios físicos adecuados y de respiración, así como la terapia ocupacional y psicológica.

El cultivo de momentos de esparcimiento los motiva a prestar atención, desde el festejo de sus cumpleaños y los abrazos afectuosos durante los cuales se repiten sus nombres hasta la lectura de cuentos y poesía, sesiones de pintura y baile, con el objetivo de mantenerlos activos, celebrando mes a mes las fechas festivas del calendario.

Actualmente, estamos en pleno desarrollo del taller de lectura de cuentos y poesía "Estimulación creativa para los residentes del Hogar Magdala", dirigido por las psicólogas y artistas Jenny Zúñiga Madrigal y Rosa Anca Huamani, con el objetivo principal de ofrecer un espacio terapéutico, cultural y de socialización que promueva el bienestar emocional de estos adultos mayores mediante la lectura y la creación poética colectiva.

Pretendemos estimular la memoria cognitiva y afectiva a través de detonantes sensoriales como la música, los aromas, los aceites sutiles y diversos materiales.

Fomentamos la autoestima, la empatía, la importancia y la validación de sus historias de vida y experiencias individuales, además de mejorar la motivación, la motricidad y la expresión verbal y escrita en un entorno seguro y libre de frustraciones.

El poeta T. S. Eliot nos ofrece una de las reflexiones más crudas, lúcidas y espirituales sobre el envejecimiento, en la que detalla lo que él llama “los dones reservados a la vejez”:

- La fricción fría del sentido que expira (la pérdida gradual de los sentidos físicos y de la ilusión del mundo).

- La impotencia consciente de la rabia (la frustración de ver la necedad humana sin poder hacer nada por cambiarla).

- El dolor desgarrador del remordimiento (el peso de revivir el pasado y descubrir motivos ocultos o daños causados a otros).

Es inevitable el paso del tiempo en el cuerpo, la mente y el espíritu, tanto a nivel individual como en la sociedad. Esto se nota más cuando nuestra cultura occidental valora solo la juventud productiva y su belleza, mientras desprecia la vejez, la experiencia y la sabiduría, arrinconando y recluyendo a los mayores, "olvidándolos" en una habitación o comunidad geriátrica. El denominador común, aparte del desgaste físico en la vejez, es la soledad y el abandono.

La metamorfosis de ser productivo e autónomo a convertirse en dependiente es abismal y traumática. Con frecuencia repiten que no quieren molestar ni estorbar a la familia; callan cuando son ninguneados y muchos prefieren “dormir”, rápido y sin sufrimiento.

Al estar en contacto con las personas mayores recluidas en estos centros, aprendemos que la vida es hoy, sin tantos planes ni proyectos, y que la existencia es única. En el buen sentido, deberíamos ser egoístas para preservar la salud física y mental, partiendo del principio de la estima personal y del amor propio, que son el motor y la pasión para vivir y amar la vida.

Las distintas fases de la existencia las transitamos en una especie de metamorfosis. Es el amor al ser humano un logro que nos trasciende, y en esa convivencia con uno mismo y con los seres que nos rodean logramos conectar para atravesar nuestra historia personal hasta una senectud sensible y amorosa.

Padecemos una especie de subdesarrollo emocional que nos impulsa a ciertas conductas autodestructivas, tanto en nuestra vida pública como en la privada.

Nos urge encontrar un camino que nos permita hallar una manera de ser más sanos, y ese sendero está íntimamente relacionado con el amor y la espiritualidad. “El amor es el mejor símbolo de la salud del hombre; es todo lo opuesto a la agresión, al miedo y a la paranoia, que a su vez representan la patología que nos desune”, como señalaba Claudio Naranjo.